Lamento lo ocurrido, nuevo libro de Richard Ford

Agridulce vida que nos ha tocado

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Nº2056 - al de Enero de 2020
Eduardo Alvariza

Cuando se trata de recuerdos o cuestiones personales, del hotel que tenía su familia y de sus pasos de pequeño resonando en los corredores, o de sus padres y sus primeras experiencias de vida, Richard Ford es irregular o sus libros pueden excederse. Pero, si hablamos de relatos, de historias que deben concentrarse en unas cuantas páginas y destilar la mayor cantidad de significados y sugerencias posibles, es un maestro. No es exagerado calificarlo como uno de los mejores cuentistas actuales de los Estados Unidos, y perfectamente puede integrar la lista de los más destacados de la literatura mundial contemporánea. El hombre estudia las palabras, sabe elegirlas adecuadamente y despegarse de las más comunes para definir la noche, la soledad o un matrimonio en crisis.

Lamento lo ocurrido (Anagrama, 2019, 270 páginas, $ 890) reúne 10 historias, no todas de sostenida calidad pero al menos cinco de ellas excepcionales. Para empezar, hay que decir que Ford exhibe una tremenda habilidad para dar vida a un detalle, cualquier detalle, y a partir de allí extender el cuento como si lo hiciese sobre un lienzo, de modo que las palabras se van convirtiendo en pinceladas y las pinceladas en las arterias de los personajes. El texto se arma poco a poco con notas medidas y observaciones precisas, que finalmente alcanzan el centro de la vida emocional, pero nunca, como en la vida misma, ese centro trasluce claridad ni certezas. Sus cuentos buenos se pueden leer varias veces. Tienen la cualidad de variar, de rehacerse, de producir una pequeña metamorfosis cuando el libro está cerrado. Y con una nueva lectura renacen.

Por lo general se trata de parejas en crisis, de hombres y mujeres que deben encarar la salida de un matrimonio fallido, la soledad que inexorablemente será la última parada antes del fin de sus vidas (y de las nuestras). Para destilar esa voz interior de vaguedad existencial es necesario hilar muy fino, como lo hace Richard Ford. Ser exacto para hablar de falta de certidumbres. Exacto para describir esa niebla que son los estados de ánimo. Exacto para todo lo que es equívoco, inexacto. Hombres y mujeres que ven sus vidas pasar por delante de sus narices y hacen lo que pueden, que no es mucho.

Otra de las notorias virtudes de Ford es ser elusivo con la psicología de los personajes, que pueden ir de la miseria, la inoperancia y la más rayana estupidez, al afecto genuino y el gesto tierno. Es como si no tuviesen más remedio que seguir una especie de inercia, así ocurre en el cuento En coche. La protagonista está arrojada en el mundo, y más allá de valores o culpas, más allá de la visita que realizará a un viejo novio moribundo, porque se lo prometió, más allá de entender o no lo que ocurre en su vida —muy posiblemente no lo entienda—, igual se sentará en la barra de un bar desierto en el lobby de un hotel-casino y hablará con el barman, que es indio y dice unos chistes sin gracia. Y en su habitación tendrá una colcha estampada con cupidos con arcos y flechas, una colcha algo gastada. Escribe Ford: “Muchos y variados actos humanos habían tenido lugar sobre esa colcha en nombre del matrimonio”. La frase tiene una concentración de uranio enriquecido. Y abundan muchas así en la narrativa de este escritor responsable de las novelas Canadá, Incendios, El periodista deportivo y Un trozo de mi corazón, entre otras, y de los libros de cuentos Rock Springs, Pecados sin cuento y Francamente Frank, todos editados en Anagrama. Alguna vez se lo llamó discípulo de Raymond Carver. A estas alturas, es muy posible que lo haya superado.

Una travesía, por ejemplo, tiene en el centro a un médico que vuelve a Irlanda para encarar los papeles de su divorcio y en el ferry se cruza con un grupo de mujeres estadounidenses, alegres turistas de paseo que preguntan por el “canal irlandés” y no paran de reírse. En pocas páginas y focalizando detalles, Ford es capaz de describir el insondable estado de ánimo del protagonista al mismo tiempo que pasa revista a la actitud ligera, juguetona y desprejuiciada de las mujeres y a los olores del ferry (“café quemado, desinfectante, patatas fritas y algo dulzón: basura”).

Desplazado trata de los recuerdos de un adolescente que ha perdido a su padre a los 16 años y vive con su madre. Tiene prohibido socializar con los vecinos que habitan en el edificio de enfrente, “las secretarias pechugonas que te guiñan el ojo, los músicos de medio pelo y los dos maricas”. Pero en ese edificio también está Niall McDermott, un muchacho “alto, de pelo pajizo, ojos azules y educado” que es taxista y un día invita al adolescente a un autocine. Ford navega con maestría en aguas profundas en materia de inocencia y sexualidad, al tiempo que reconstruye con finísimo acierto el clima del autocine, las camareras tomando los pedidos, la vida parcial dentro de los coches, la pantalla con los anuncios de comercios locales, el audio de la película que se filtra fragmentado y esa incómoda sensación que también late en otros cuentos de que “todo podría haber sido de otra manera”. Sabemos que las cosas podrían haber sido de otro modo, que si nos diesen otra oportunidad serían distintas, pero no tenemos más remedio que hacernos cargo de la mochila que nos han puesto encima. No hay segundas oportunidades, no hay plazos de gracia. La vida es agridulce, más agria que dulce, pero también única, de instantes irrepetibles. Ford describe como nadie esa sensación de magia y pérdida al mismo tiempo.

El segundo cuento del libro, Feliz, remite al nombre de una viuda que llegará en instantes a la casa de unos viejos amigos para cenar, recordar a su marido y tal vez pasar la noche. Cae ligeramente borracha, con dos grandes perros que destrozan las plantas del jardín, y en esa jornada de penosa sobremesa recriminará al dueño de casa una vieja seducción que tal vez nunca existió. En ese tal vez gira toda la artesanía del relato, la elongación de los recuerdos y las posibilidades de la ficción.

El lector desprevenido puede sentir que allí nada sucede, porque lo mismo ocurre en Perder los papeles, el último cuento y el más largo, sobre un abogado también viudo que alquila una casa en Maine, una casa que él y su esposa siempre admiraban cuando pasaban de camino a la playa. Hay personajes extraños y extravagantes, como un vendedor de bienes raíces o una chica solitaria que duerme en un auto y piensa instalar una academia de yoga para animales. Pero nada de estallidos ni gritos. Mantener ese tono de grises emocionales, donde se dibuja tanto el perfil de la esposa del abogado, la neblinosa Maine —que huele a cedro y océano— con sus barcos langosteros en la bahía o la imposibilidad de leer o comprender La señora Dalloway, de Virginia Woolf, es otra de las virtudes que Richard Ford, nacido en Jackson, Mississippi, en 1944, nos tiene acostumbrados libro tras libro.

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