Foto: Leo Barizzoni.

Mil de fiebre, la primera novela del periodista Juan Andrés Ferreira, un debut sorprendente

“A algunos personajes les suceden cosas que hubiese preferido evitar”

9min
Nº1998 - al de Diciembre de 2018
Bernardo Wolloch.

Para algunos es el libro de ficción del año. Un conocido crítico ya escribió que es una pieza “de culto” y hay quienes afirman que es la novela uruguaya de la década. Aunque debió esperar cerca de cuatro años para que una editorial quisiera publicarla, desde que salió a la luz en setiembre, Mil de fiebre, la primera novela de Juan Andrés Ferreira, despertó el interés de varias figuras de la literatura, pero también del público en general por su manera de contar, la construcción de los personajes y a los lugares poco asequibles que llega.

Ferreira nació en Montevideo. Tiene 40 años. Pasó su infancia y adolescencia en Salto. A los 18 volvió a Montevideo para estudiar Producción Audiovisual. Se dedica al periodismo desde 1999. Trabajó como cronista, editor y crítico cinematográfico en diferentes diarios y revistas. Actualmente escribe en la sección Cultura de Búsqueda. Integró la antología El descontento y la promesa. Nueva/joven narrativa uruguaya (Trilce, 2008) y Género oriental (Irrupciones, 2017).

En Mil de fiebre dos historias de Salto se intercalan y comprometen al lector en forma física y casi psíquica. Lo que sigue es una entrevista al autor.

No es un libro budista, pero sin embargo la tapa encarna un personaje del budismo. También tiene algunos guiños a esa filosofía. ¿Por qué?

La tapa es una representación de Mahakala, una entidad importante dentro de la mitología del budismo tibetano. Simboliza la capacidad de transmutación. Creo que Mil de fiebre trata, en buena medida, acerca de eso. A la vez, esa imagen refiere a la portada del único disco de una agrupación ficticia, Los Muertos, una banda de hard rock que solo existe en el universo de la novela y que tiene una canción que se llama, justamente, Mil de fiebre.

¿A cuántas editoriales llevaste Mil de fiebre antes de publicarlo?

A cuatro editoriales. Con algunas conversamos mucho. La extensión resultaba intimidante. Al final, después de varias vueltas, se dio. Y se dio de la mejor manera posible.

¿Cuánto tiempo estuvo durmiendo Mil de fiebre en formato .doc en tu computadora?

Cuatro años. Aunque no sé si diría que estuvo durmiendo. Durante ese tiempo hice correcciones y, sobre todo, una generosa y muy cuidada poda.

¿Qué te sugiere la extensión? Imagino que tuviste que sacar partes o te lo sugirieron. Hoy el lector se puede apabullar por la cantidad de páginas.

Sé perfectamente que la extensión es una de las razones por las que requiere atención y esfuerzo por parte del lector, pero todo ese esfuerzo y esa atención redundan pura y exclusivamente en su beneficio. La primera versión era más larga, tenía más de 900 páginas. Incluía algunos de los dibujos que hace uno de los personajes y muchos textos que escribe otro de los protagonistas, con fragmentos de su diario que indagaban en ese descubrimiento que lo tiene horrorizado y fascinado. Durante el proceso de escritura se produce muchísimo material que queda fuera de cuadro, digamos. Que no está pero está. Escribí pila sobre personajes como Haydeé, la vidente, sobre la Fundación Génesis y el grupo de autoayuda para suicidas. Todo eso se fue, pero, de alguna manera, quedó. 

¿Cuándo te diste cuenta de que estabas construyendo una novela?

Cuando empecé a prestar más atención a los personajes y ver lo que sucedía en su interior. Me di cuenta de que quería seguir un poco más, dedicarle más tiempo y más trabajo a lo que estaba haciendo. Creo que cualquier cosa, si uno le presta la atención suficiente, puede ser interesante. El tema es que no estamos acostumbrados a prestar atención.

Hay un guiño cuando en el texto se lee “la gran novela salteña” en referencia a la gran novela americana. ¿Qué significa?

Es algo que obsesiona a Werner, uno de los personajes. Es algo que solo existe en su cabeza. Mientras está obsesionado con cazar la gran ballena blanca se pierde la oportunidad de ver que la vida no se agita en las páginas de los libros.

¿Es un libro de ficción por ficción que le escapa a la literatura del yo o la autoficción?

Me fascina la ficción. La posibilidad de crear algo donde antes no había nada. En realidad, a lo que le escapo, como lector y como escritor, es a la literatura Facebook, a la escritura hecha desde el mero convencimiento de que mi vida es tan interesante y tan copada que con enumerar mis apetencias alcanza para venderla como literatura. Esa narrativa escrita para los de la misma tribu, los que escuchan los mismos discos y que van a los mismos boliches que yo y que por lo tanto son los que me importan. 

Hay un pasaje poco amigable sobre quienes estudian Ciencias de la Comunicación y se dedican al humor. Incluso les adjudica a esas personas el síndrome de Zetchner. ¿Podrías ampliar?

Cuando se habla del síndrome de Zetchner se refiere a un trastorno que afecta a muchos. Una de las razones por las que incluí ese tramo sobre ese síndrome es porque hoy todo, cualquier cosa, es una enfermedad, un síndrome, una afección, parece que todas las personas, cualquier persona, tiene alguna enfermedad. Hay enfermedades como para coleccionar. Ese síndrome afecta a uno de los personajes de la novela, un problema neurológico que lo lleva a hacer asociaciones y juegos de palabras un poco precarios. El tipo se lo agarró, dice alguien, cuando trabajaba en una agencia de publicidad y al parecer es muy común en personas que se dedican a actividades relacionadas con las ciencias de la comunicación y con el humor. 

Parte de la acción transcurre en redacciones donde los periodistas que aparecen son mediocres.

En la novela hay de todo. Hay gente infumable, algún impresentable, hay excelentes profesionales, gente con vocación, que lo deja todo en cada edición. El personaje de Exigido representa al viejo sabueso que está de vuelta de todo; está inspirado en periodistas veteranos muy inteligentes que conocí, y es el más crítico con el oficio, del que también está un pocodesencantado. Él dice que lo único que hacemos los que trabajamos en la prensa es llenar los espacios que no tienen publicidad y listo. Y dice que los periodistas se creen tan importantes como las personas que entrevistan y las fuentes con las que tratan, y que no, no lo son en absoluto. Claro que hay personajes así en las redacciones, pero también hay más, muchos más, de los otros. Igualmente, ninguno de ellos es tan importante.

Incluso, en un momento, Luis, uno de los protagonistas, se pregunta: “¿Por qué los periodistas tienen un aliento tan desagradable?”.

Yo también, como periodista, me lo pregunto. Pero es un chiste. Con una amiga decíamos, en broma, que ocho de cada 10 periodistas tienen mal aliento. Debe ser porque comen mal y siempre andan tan apurados que no encuentran tiempo para cepillarse los dientes correctamente.

Foto: Adrián Echeverriaga.

Recibiste elogios de parte de autores como Mercedes Estramil o Roberto Appratto. Incluso hay quienes dicen que Mil de fiebre es la mejor novela del año o de la década. ¿Qué significa eso para vos?

Mil de fiebre se construye sobre los cimientos de un cuento que escribí hace tiempo, precisamente, en un taller de Appratto. Su novela, Íntima, que es autoficción, es una maravilla. Estramil es una de las personas más inteligentes que conozco. Es enormemente talentosa, una autora exquisita, con un humor, a veces negro y retorcido, que me parece alucinante. El reconocimiento de dos autores que admiro me emociona mucho.

 ¿En el texto hay algo librado al azar o todo tiene una intención?

El azar aparece. Hay un plan, pero en el camino suceden cosas, a veces buenísimas, a veces no tan buenas. En ocasiones, la escritura presenta dificultades que solo se solucionan escribiendo. Al final, escribir es solucionar problemas.

Werner Gómez, el bloguero de Salto, y el periodista deportivo Luis Bruno son los dos personajes principales. ¿Cómo hiciste para crear a ambos o meterte dentro de ellos teniendo en cuenta la personalidad que tienen?

Me metí como un actor se mete en un papel y traté de sentir y ver el mundo como supongo que lo harían ellos. Recurrí a la memoria emotiva, busqué dentro y fuera de mí, exploré cuáles podrían ser sus fortalezas, debilidades y aspiraciones. Ponerse a escribir una novela no es solo escribir. También hay que leer mucho. Para trabajar en Luis leí bastante sobre trastornos borderline. Leí sobre depresión, medicamentos y tratamientos psiquiátricos. Para trabajar en Werner y la organización Los Libres, con sus orgías escatológicas, vi mucho material que me revolvió las tripas.

De estar tan profundamente compenetrado con los personajes, ¿cómo hacías para guardar el archivo, salir a la calle y vivir tu vida cotidiana?

A veces era fácil. Otras, no tanto. Iba por la calle y pensaba en cómo Werner miraría lo que miraba yo y así. O veía a alguien con una remera determinada y pensaba que sería el tipo de remera que usaría el Peluche, ponele. Observaba gestos, atendía a sonidos, a formas de hablar. Era un poco adictivo.

Mil de fiebre requiere una compenetración física, que implica un desafío para el lector donde lo abyecto se hace presente. ¿Por qué traer eso a colación?

Supongo que quería experimentar, ver hasta dónde se podía llegar, presentar lo que puede ser desagradable de una manera agradable, que te den ganas de seguir leyendo. Creo que había una intención de hacer algo que decía David Foster Wallace sobre la narrativa con cierto compromiso: calmar al perturbado y perturbar al que está calmado.

¿Qué simboliza la página en negro?

Prefiero no explicarlo.

El estilo de Mil de fiebre fue catalogado por algunos críticos literarios como novedoso y poco corriente de ver en textos, menos aun uruguayos. ¿En qué autores literarios te inspiraste?

Hay autores que me fascinan y me provocan asombro. Shakespeare, Wallace, China Miéville, Christopher Priest y Alan Moore. Pessoa, Bolaño, Pynchon, Fernando Peña y David Lynch. Arrancaba escuchando Buenos Muchachos. Me ayudaba a entrar en calor, a encontrar cierto ritmo, cierta musicalidad. En la nada y ¿Qué hacés Joâo? las escuché trescientas mil veces. También Dead can dance y Arcade Fire. Cuando me metía en Werner escuchaba bandas de black metal que ni siquiera me gustan pero que me ponían en clima.

Hablás de los personajes y de la historia como si tomasen vida propia, como si vos fueses solamente el escritor de lo que les ocurre, sin una intención. ¿Por qué?

Uno puede hacer esquemas, trazar un mapa, intentar ir hacia algún lado. Pero hay una parte que implica navegar en la oscuridad, ir a tientas, buscando fósiles, sin saber bien qué puede encontrar o qué puede pasar. Muchas circunstancias y condiciones secundarias determinan y afectan la manera en que algo se produce y uno no siempre es consciente de eso. Sabía que Werner iba a hacer esto o aquello, que Luis iba a pasar por determinada situación, que Agelina iba para tal lado, trabajaba en función de eso, salía hacia allí, pero a veces la propia naturaleza de los personajes y sus circunstancias me llevaban a otra parte o a lugares que no había imaginado inicialmente. A algunos personajes les suceden cosas que hubiese preferido evitar.

Esta es tu primera novela. ¿Pensás seguir escribiendo?

Espero continuar trabajando en lo que empecé hace un tiempo y que va a demandar mucho esfuerzo, porque es la historia de una familia, una familia grande. 

Luis

Trata de recordar cómo empezó, si es que puede hacerse, si es que algo así puede determinarse y ser identificado como un punto en un mapa o si en realidad simplemente sucede: un día Luis nace, se babea y llora y empieza a caminar, al día siguiente manipula plastilina grasienta en el jardín de infantes, luego va a la escuela, al día siguiente se accidenta en la costanera, en la moto del Peluche, después va al liceo, al rato se cae del árbol de guayabos, se quiebra el brazo, duerme, coge con Sandra la tardecita del sábado, el domingo juega la final entre Deportivo Artigas y el Club Remeros de Salto, sale quince minutos antes de que termine el partido, al mediodía, y un día, un lunes, un martes, de repente un martes a la noche, tarde, descubre que ya lleva dos años viviendo en Montevideo. 

Luis llega a Montevideo desde Salto con la intención de estudiar Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Católica. El primer año comparte junto a otros dos amigos, también de Salto, un apartamento en Pocitos. Los otros dos llevan más tiempo viviendo allí, Luis es el menor, y le corresponde la habitación más chica, una habitación que en los planos era el cuarto de servicio pero que a Rodrigo y Marcelo —estudiante de Ingeniería uno, de Química el otro— les viene bien arrendar. Así vive durante el primer año, hasta que encuentra un apartamento pequeño, de dos ambientes, ubicado muy cerca del Plaza Amistad Shopping, y se instala allí. Debido a que el apartamento se halla a una distancia muy larga de la universidad, una distancia verdaderamente grande según sus parámetros, y como, intelectualmente hablando, las mañanas no son su fuerte —detesta madrugar, le cuesta mucho trabajo encender las luces de su cerebro—, decide cambiarse al horario nocturno, el preferido por la gente que trabaja durante el día. 

Pero Luis no trabaja. La mayor parte del día se dedica a dormir, beber cerveza o vino y mirar fútbol por televisión. 

(Extractado de Mil de fiebre). 

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