Antonio Mercader

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Nº2007 - al de Febrero de 2019

Sr. Director:

Desde su fallecimiento el pasado 29 de enero, la figura del Dr. Antonio Mercader ha sido evocada y justificadamente elogiada por muchos que lo conocieron. Sus virtudes como periodista, escritor, diplomático, ministro de Estado, político, publicitario y, por supuesto, abogado han sido destacadas como Manino lo merecía. No obstante desde estas líneas quisiera aludir de manera especial a una condición que distinguía a Manino y que cada vez es más escasa en nuestra sociedad en general y en muchos hombres públicos en particular: su caballerosidad y elegancia y esa manera afable y directa con que siempre te trataba. No había poses ni actitudes para la tribuna o desatenciones a lo que se denomina urbanidad —un hábito que hoy parece olvidarse azotado por esa tormenta de vulgaridad que aflige al discurso público—. Manino jamás se permitía un lenguaje chabacano o una reflexión superficial sobre nada y a la vez era llano y directo en su charla, siempre adornada por esas referencias exactas que su condición de periodista lúcido y hombre informado le permitían.

Conocí a Manino en La Mañana y El Diario, cuando allá por 1980 ingresé a su departamento de publicidad y promoción. Él era secretario de redacción y como mi hermano Jorge la integraba, rápidamente nos presentó y desde ese momento mantuvimos una relación que más que en la amistad se asentó en el respeto mutuo y la afinidad en muchos temas que nos vincularon a partir de entonces: el periodismo, la política, la publicidad y el intercambio cultural.

Recuerdo que en los últimos años solíamos encontrarnos en la confitería Oro del Rhin, por la mañana y luego de la tertulia en la que Manino participaba en radio El Espectador. No lo hacíamos muy seguido, pero esas ocasiones eran para mí disfrutables por el solo hecho de poder hablar con alguien que conocía e interpretaba la realidad —social, política, cultural— con un rico e interesante acervo de datos y una mirada inteligente que relativizaba las pasiones y era capaz de estar por encima de lo accesorio para centrarse en lo esencial. Hablábamos mucho sobre cine y literatura y era asombrosa su memoria y la pertinencia de su análisis sobre tal o cual obra. También era un placer escuchar sus reflexiones sobre historia, en especial la nuestra y nunca le agradecí lo suficiente los jugosos datos que una vez me suministró cuando estaba escribiendo mi novela Los inmortales, a propósito del desencuentro entre José Batlle y Ordóñez y Aparicio Saravia.

Voy a extrañar esas charlas esporádicas pero fermentales con alguien que fue capaz de hacer de la galanura en el trato un sello de su personalidad. Esa manera de ser también va a extrañarse porque los moldes que la acuñaron se van perdiendo —al menos por aquí— y la caballerosidad y el trato amable ha dejado de ser una virtud en un país que por momentos se entrega a ensalzar lo ordinario bajo el pretexto mediocre de que “es lo que hay”. Sin dudas que él no compartía esa resignación y desde el trato personal y desde la frontalidad de sus escritos periodísticos, combatía el inmovilismo de un estado de cosas afincado en una cultura hemipléjica y autocomplaciente.

Hasta siempre, Manino.

Hugo Burel

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