Danilo Astori. Foto: Nicolás Der Agopián

El ministro de Economía cree que el electorado dio “una señal” a favor de cambios y opina que el Frente Amplio perdió votos por algunas de sus decisiones políticas y de gobierno, por falta de negociación con la oposición y “sin duda” por casos de corrupción como el de Sendic

Comienza “nueva era” con un presidente más débil y el Parlamento en el centro; Astori reclama “mesa de diálogo”, gane quien gane

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Nº2046 - al de Noviembre de 2019
entrevista de Andrés Danza y Guillermo Draper

Una “nueva era” en la historia política uruguaya. Un cambio muy significativo que llevará a que los integrantes del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo tengan que actuar de una forma muy diferente a la actual, gane quien gane la segunda vuelta electoral del próximo domingo 24. Un punto de quiebre que genera incertidumbre y que puede sacudir hasta los cimientos del sistema de gobierno vigente.

Ese es el panorama que describe el ministro de Economía, Danilo Astori, luego de conocidos los resultados de las elecciones nacionales del domingo 27 de octubre. Ahora hay cuatro partidos políticos importantes, varios más pequeños pero con peso, y el Parlamento pasa a ser igual o más importante que la Torre Ejecutiva, según su análisis.

Más allá de si se concreta o no un cambio de partido político a cargo del gobierno, la realidad impone mucho más “diálogo” y “negociación” para lograr “caminos de avance”, asegura, porque nadie podrá ejercer la autoridad en solitario, como sí lo pudo hacer el Frente Amplio durante los últimos 15 años.

“Entramos en una nueva era que va a poner en juego un mayor equilibrio en el tipo de gobernanza que tiene el país, de instituciones de gobierno. Particularmente el equilibrio entre el presidencialismo y el parlamentarismo. Eso cambia y se nivela a favor del Parlamento. Uruguay va a ser menos presidencialista en este período y mucho más parlamentarista”, sostiene Astori.

Y se siente cómodo con esa nueva realidad. Al menos, así lo transmite al dialogar con dos periodistas de Búsqueda a 13 días de la segunda vuelta. Sostiene que el diálogo es su “camino”, su “manera de hacer política” y que lo pondrá por encima de todo, gane el oficialismo o la oposición. Hasta reclama una “mesa de diálogo” futura entre los dos bloques, les toque en el lugar que les toque.

Se muestra optimista con respecto a que el Frente Amplio pueda retener el gobierno, pero asegura que fueron demasiados los votos perdidos y lo atribuye a errores en algunas decisiones de gobierno y políticas, a la falta de diálogo con la oposición y “sin duda” a episodios de corrupción, como el del exvicepresidente Raúl Sendic.

Sobre la coalición multicolor encabezada por el candidato opositor Luis Lacalle Pou, sostiene que es “un gran misterio”, con una base programática de una “superficialidad total”. No se sabe lo que van a hacer en caso de ganar, asegura, pero sí remarca que tienen diferencias internas, que según él quedaron más en evidencia estos días, cuando el senador electo colorado Ernesto Talvi dijo que lo de Bolivia fue un “golpe de Estado”.

—¿Se esperaba la votación que obtuvo el Frente Amplio en las últimas elecciones nacionales?

—No. Sí esperaba que hubiera un descenso de votación pero no uno muy cercano a los 200.000 votos. Tampoco esperaba que ese descenso se concentrara en el interior del país.

—¿A qué lo atribuye?

—Operaron un conjunto de factores difíciles de medir individualmente. Pero se explica por un descontento con aspectos de la gestión de los últimos años. Alguna gente convierte su crítica en un voto negativo hacia el gobierno.

—¿Cuáles son esos aspectos?

—En referencia al interior, en el agro, por ejemplo, hemos tenido dificultades. El gobierno hizo lo que pudo en casos como la lechería y el arroz, pero a juicio de una parte de los exvotantes frenteamplistas esto puede no haber sido suficiente. También hay descontento con la parte política, las relaciones entre la conducción política y el gobierno y, obviamente, con la comprobación de conductas que no fueron correctas desde el punto de vista ético, como lo que ocurrió en algunos casos que trató el Tribunal de Conducta y llegó a conclusiones negativas.

—¿A usted le parece central el tema ético?

—Exactamente.

—¿Si no hubiera ocurrido el episodio de Raúl Sendic, el Frente Amplio no habría perdido tantos votos?

—No fue solo por Sendic porque hubo algún otro caso. Esas conductas tienen una traducción electoral negativa, sin duda. Es inmedible, pero que eso pesó, pesó. Primero, por el hecho en sí, que está mal. Pero por otro lado, porque da argumentos a la oposición para cobrar fuerzas en cuanto a su trabajo político para desplazar al Frente Amplio del gobierno.

—¿Cree que la segunda vuelta será pareja?

—Desde el punto de vista de los números y la tendencia, las primeras mediciones no empezaron mal para el Frente. Por un lado, el Frente creció alrededor de tres puntos porcentuales y la oposición sumada bajó alrededor de cinco o seis puntos respecto a la suma de la primera vuelta.

—Pero los números ubican a Lacalle Pou varios puntos por arriba de Martínez. ¿No le parece que es el favorito?

—No me gustaría decir que es favorito. No tengo para nada claro en este momento cuál es el grado de fidelidad de algunos votantes de la oposición respecto a sus partidos. Ayer un compañero me decía que está en conocimiento de muchas personas del Partido Colorado que no van a votar a Lacalle. Faltan algunos días decisivos para el 24, la historia política uruguaya muestra que las elecciones a veces se resuelven en los últimos días y la fidelidad no está clara. Por eso estamos en un cabeza a cabeza, sin favoritos.

—Más de la mitad de los uruguayos votaron en octubre por opciones distintas al Frente Amplio. ¿Comparte la lectura de que fue una votación a favor de cambiar?

—Es una señal para el Frente Amplio, sin duda. Por eso hace unos minutos hablé sobre los errores cometidos en muchas decisiones de políticas públicas. Yo elijo siempre como ejemplo la calidad del gasto. Uruguay tiene que mejorar muchísimo la calidad del gasto. Ese es un factor que está directamente vinculado al desequilibrio fiscal. La disminución de votos del Frente Amplio también se vincula con aspectos de este tipo. Acá, en materia de política fiscal, también hay que cambiar, hay que mejorar. Es lo que estamos proponiendo.

—Ser canciller de la República, ¿es algo que evaluaba como posibilidad antes de las elecciones?

—Hubo alguna conversación muy superficial hace meses con el candidato Daniel Martínez y quedó ahí, como una posibilidad. Pero a esa pregunta tengo que contestar que sí. Es un lugar que me encanta. Es un área muy vinculada a la evolución política, social, económica y cultural del país e incluye muchos elementos desafiantes. Estamos hablando de la apertura al mundo, por ejemplo, un camino obligado, una necesidad estratégica imprescindible.

—En caso de que el Frente Amplio gane, ¿cómo hará para desempeñarse en ese cargo ante la realidad política surgida de las últimas elecciones?

—Ese es un gran desafío, no solo para la política exterior. Estamos hablando de una realidad nueva para todos los partidos, aunque hay un punto a favor para el Frente Amplio, que es un solo partido y tiene funcionamiento como tal. Del lado de la oposición se ha dicho que ellos son una coalición y que el Frente también es una coalición. Pero no son coaliciones iguales. El Frente Amplio es una coalición partidista con una historia de unidad y lo otro es algo que no se sabe, es un misterio. Lo único que hay es un conjunto de firmas al pie de un documento que es una declaración de intenciones, de una superficialidad total porque solo marca objetivos, no marca los instrumentos para llevarlos a la práctica.

—Reformulamos la pregunta: ¿El Frente Amplio está capacitado para gobernar con una bancada parlamentaria menor al 40%?

—Dificultades para gobernar va a haber, eso está fuera de discusión. Las dificultades pueden ir desde discrepancias con el resto del sistema político hasta discrepancias internas del Frente Amplio. Hay que convivir con eso y buscar la posibilidad de dialogar y acordar.

—El problema es que el Frente Amplio se encuentra solo, sin el apoyo de ningún otro partido. ¿Eso no le va a generar muchos problemas si es gobierno?

—El panorama político y en particular la negociación en el Parlamento implica el inicio de una época nueva en Uruguay. Entramos en una nueva era que va a poner en juego un mayor equilibrio en el tipo de gobernanza que tiene el país, de instituciones de gobierno. Particularmente el equilibrio entre el presidencialismo y el parlamentarismo. Eso cambia y se nivela a favor del Parlamento. Uruguay va a ser menos presidencialista en este período y mucho más parlamentarista, sin pasar a un régimen parlamentario puro, porque no lo tiene constitucionalmente. En la vía de los hechos, el Parlamento ha ganado un protagonismo que hasta esta elección no tenía.

—Sí lo tenía antes de los gobiernos del Frente Amplio.

—Se puede comparar con esos tiempos, pero es distinto porque la fragmentación es mucho más grande. Hay más partidos y pequeñas colectividades que van a tener su peso. Yo ya considero que Uruguay tiene cuatro grandes colectividades políticas, agregando a Cabildo Abierto. Para poder gobernar en esta situación hay que trabajar intensamente a partir del diálogo y la negociación, buscando caminos de avance. Va a ser más lento y más difícil, sin duda. Quizá no se logre un óptimo, es probable, pero es la realidad que tenemos.

—¿De qué forma puede buscar acuerdos el Frente Amplio después de 15 años de mayorías parlamentarias en la que casi no ejercitó el músculo de la negociación con otros partidos?

—Debemos reconocer que en muchos casos pudimos haber tenido la oportunidad de practicar movimientos que nos dieran músculo en ese sentido y no lo hicimos. Esto habría que incluirlo en la lista de factores que se tuvieron en cuenta para explicar el descontento y la baja de votos. Cuando no se buscan suficientes acuerdos con la oposición, la primera que se enoja es la oposición, pero también hay frenteamplistas críticos desde ese punto de vista, que ven que hemos perdido oportunidades.

—La falta de mayorías puede ser complicada para cualquier gobierno, ya que sus ministros quedan expuestos a pedidos de censura e interpelaciones. ¿Qué pasa si se genera un enfrentamiento constante entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo?

—Habrá que ver. Forma parte de las nuevas reglas de juego que derivan de esta nueva época política, sin duda.

—Usted decía que se evitan problemas con mucho diálogo.

—No hay otra, no conozco otra. La imposición acá no va a funcionar. Y mucho menos el uso de mayorías parlamentarias, que en algunos casos puede ser muy difícil de conseguir. Hoy decíamos que el Frente Amplio sobre algunos puntos tiene discrepancias, no lo podemos esconder. Pero ahora, hace pocas horas, Talvi ha dicho que lo de Bolivia es un golpe de Estado, con lo cual estoy totalmente de acuerdo, y se distancia notoriamente de una oposición que concentra en los errores de Evo Morales —que también se cometieron— toda la interpretación de lo que ocurrió. Todavía no hemos llegado al domingo 24 y ya tenemos este hecho, que no es menor. Entonces, creo que es un indicador de la necesidad de conversar, de negociar. Además, vamos a tener que construir una nueva cultura política que incluya, por ejemplo, la disminución de perfilismos previos. Por ejemplo, sale un señor a decir: “Yo tomo distancia de esto con respecto a mis pares que no opinan lo mismo”. Ese perfilismo ya dificulta cualquier tipo de negociación, ¿me explico?

—¿Va a ser necesaria una mayor coordinación?

—Coordinación, y trabajar los tiempos de otra manera. Porque una cosa es salir a perfilarse cuando el camino de la resolución está marcado y es posible. Pero cuando no está marcado y hay que construirlo, salir a marcar perfil por anticipado es negativo. Por eso digo que la época nos va a exigir construir una cultura nueva respecto a la práctica política.

—¿El sistema político está lejos de eso?

—Sí, estamos muy lejos. La realidad nos va a obligar a hacerlo, ¿no?

—¿La crispación que hay en esta campaña no va en contra de ese cambio cultural que usted plantea?

—Sí, exactamente. Exactamente.

—Durante la crisis del 2002 usted fue uno de los principales dirigentes del Frente Amplio que tomó una postura dialoguista. En caso de ser oposición, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar con el diálogo?

—Perdón que hable en primera persona, pero es mi camino, mi manera de hacer política, no lo concibo de otra forma. Y creo que en momentos difíciles hice todo lo posible por realizar un aporte en este sentido. En esta situación que se nos ha planteado ahora, con estos cambios en las reglas de juego, esto va a tener que ser una característica ya no de un momento de crisis —que espero que no lo haya, gobierne quien gobierne— sino en el modus operandi cotidiano.

—¿Estaría dispuesto a generar una mesa de diálogo con el gobierno en caso de perder las elecciones?

—Pero es que hay que hacerlo, necesariamente. Y espero que ocurra lo mismo en el caso contrario.

—¿Integraría un gobierno de la oposición si lo convocan?

—Ese caso ni lo quiero considerar hoy, a días de la segunda vuelta. Estoy trabajando para que no ocurra eso, sino lo contrario. Les pido que me eximan de esta respuesta. Además, los ámbitos de diálogo, a los que estoy dispuesto siempre, y las posibilidades de avanzar no se agotan con presencias en el Poder Ejecutivo.

—La crisis en Venezuela generó mucha discusión interna en el Frente Amplio. ¿Cómo manejaría el tema si fuera canciller?

—Mantendría el camino que ha seguido Uruguay más allá de las definiciones de la situación política. Nos hemos concentrado mucho públicamente en definir si es una dictadura o no.

—En julio, durante una entrevista en el programa Fácil desviarse, de Radio Del Sol, usted dijo que es una dictadura.

—Lo dije y lo mantengo.

—¿Lo diría siendo canciller?

—Claro. Por ser canciller no se cambia de opinión. Insisto en que seguiría la definición de Uruguay, que es el camino del diálogo y la solución pacífica. Porque, ¿qué otra alternativa se puede ver para Venezuela? ¿Un baño de sangre?

—Usted hablaba de la expansión comercial que llevaría adelante si fuera canciller, pero los resultados de la elección marcaron que en la interna del Frente Amplio crecieron los sectores más reacios a esa apertura. Encararía un gobierno donde esa idea tendría más resistencias de las que ya encontraba en este.

—Sí, sí, lo reconozco. Y es un ejemplo típico de lo que mencionábamos hoy: también habrá que negociar, y en particular en esta área, con sectores internos del Frente Amplio que a veces ven con una óptica diferente las necesidades de la apertura. Entonces, se trataría de demostrar en qué medida esa apertura es imprescindible para Uruguay y esa va a ser la tarea de una Cancillería si el Frente Amplio es gobierno.

—Pero en un eventual cuarto gobierno va a tener que negociar también con la oposición.

—Sí, sin duda vamos a tener que negociar con sectores de la oposición, lo cual es parte natural de la tarea. Y, sobre todo, tener en cuenta la situación también que están proponiendo los gobiernos de los países con los cuales integramos el Mercosur. Porque ahí estamos viendo propuestas, conductas y discursos que anuncian diferencias con las que vamos a tener que lidiar.

—¿Cree que hay riesgo de ruptura del Mercosur debido a esas diferencias entre los presidentes Jair Bolsonaro (Brasil) y Alberto Fernández (Argentina)?

—Lo primero que Uruguay tiene que plantearse casi como obligación es preservar el Mercosur. El Mercosur es absolutamente imprescindible para Uruguay como plataforma para lanzarse al mundo para conseguir mayores y más profundos lazos.

—¿Pero le parece que el Mercosur se puede quebrar?

—No, estoy diciendo que hay un anuncio de problemas que hay que analizar. Precisamente por la razón que usted menciona en la pregunta, porque ha habido talantes y posturas distintas entre los gobiernos de Brasil y de Argentina. Ahora, va a haber que conversar mucho sobre cómo se traduce eso en medidas concretas hacia el exterior.

—Lacalle Pou anunció que si gana, hará auditorías en todos los organismos. ¿Le parece bien?

—Totalmente de acuerdo. Hay que trabajar con transparencia total.

—Otro de sus planteos es presentar una ley de urgente consideración ni bien llegue al Poder Ejecutivo. ¿Cómo la trabajará si le toca ser parlamentario?

—Ese es el gran misterio de la campaña. No tengo la más mínima idea de lo que va a haber ahí. Por un lado hay varios programas partidarios que se han fundido en una declaración de intenciones. No hay ni un solo punto que diga cómo se va a llevar a la práctica; ni uno. Eso por un lado y la ley de urgencia por otro. ¿Cómo se vinculan? No tengo idea. La oposición ofrece una incertidumbre, por todos estos motivos, muy grande.

—¿Está en riesgo lo que algunos califican como “conquistas sociales” si gana la oposición?

—Prefiero concentrar la campaña en lo que vamos a hacer y no en suponer circunstancias que pueden ocurrir si gana la oposición. Entre otras cosas porque está por verse lo que va a hacer la oposición. No sé lo que van a hacer, lo digo con toda sinceridad. Tomemos el punto uno del documento: combatir el déficit fiscal. Ahora,  ¿cómo lo hacemos? No dice nada, nada absolutamente.

—¿El Frente Amplio se corrió más a la izquierda?

—Creo que todo el Frente Amplio es de izquierda. Digamos, basados en los valores y principios que compartimos todos los que estamos en el Frente. Sí reconozco que, desde el punto de vista electoral, han tenido un incremento algunos sectores que han marcado discrepancias con ciertas propuestas de políticas públicas en el pasado. Ahora, me resisto a decir que por eso se es más de izquierda. Esto nos llevaría a una discusión filosófica sobre qué es ser más de izquierda. Yo me siento tan de izquierda como el MPP o el Partido Comunista, solo que a veces discrepo con ellos.

Recuadro de la entrevista

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