De barreras invisibles

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Nº2016 - al de Abril de 2019
por Fernando Santullo

Hagamos un ejercicio abstracto: quienes se consideran dueños de un lugar (o efectivamente lo son) imponen una barrera a todos los que llegan a ese lugar. La barrera, obviamente, está construida en nombre de la defensa de algo: la lengua, la cultura, las buenas costumbres, lo que sea que cotice bien en el mercado de ideas del momento. No sea cosa que alguien los vaya a acusar de discriminar, de ser racistas o alguna otra cosa que cotice a la baja.

Para quienes están bloqueados por esa barrera, su existencia suele implicar menos posibilidades de crecimiento personal y también menos ingresos. Una suerte de apartheid de baja intensidad que se vende como preservación de una diferencia cultural o de alguna maravilla autóctona que debe ser defendida de la globalización o de alguna otra entidad sin rostro y más bien abstracta. Siempre es mejor eso que decir que se está contra lo mestizo, las migraciones o de la búsqueda de una mejor vida.

Luego, los dueños del terreno les dicen a esos que llegan que si pasan por el aro que ellos construyeron (y cuyo diámetro manejan a su antojo), se puede, con suerte, llegar a ser un empleado suyo de nivel medio. Entonces, los que llegaron después agradecen la increíble oportunidad de crecimiento que les da pasar por el aro y, con suerte, llegar a ser un buen empleado de quien estaba allí antes. Se cierra el circulo así, aunque todos en todas partes en algún momento fueron (fuimos) recién llegados.

En esa situación hace rato que está asumida la división de roles y lugares que plantea quien ya está instalado. Ya se asumió también que el único camino hacia alguna clase de crecimiento personal depende de la capacidad de pasar por el aro que los dueños del campito regulan. De la barrera que hablaba al comienzo, artificial y excluyente por definición, no se habla nunca. La barrera nunca fue visible porque se la considera parte del paisaje, como si fuera una piedra o una montaña.

Todo eso está asumido como parte del telón de fondo “natural” de las cosas por varias razones. Una de ellas es que eso es lo que se dice desde el poder y nunca sale barato enfrentarse, menos como recién llegado, a un poder que se presenta como la encarnación natural, justa y automática de las cosas. No lo es en lo académico, no lo es en lo laboral ni tampoco en lo social. Siempre es más sencillo dejarse llevar por la corriente o lo que parece ser la corriente. Ya se encargará el poder de que eso parezca ser la corriente.

Otra de las razones por las que se asume la barrera, la subordinación y todo lo demás es porque es justamente así como se construye la hegemonía: cuando quien está en una posición subordinada asume como propia la línea de pensamiento de quien manda. Es decir, cuando el subordinado cree que tiene una causa común (en estos días se llevan las causas culturales) con quien levanta la barrera y le viene marcando el terreno en todas las formas posibles. El circulo hegemónico se cierra cuando quien sufre el bloqueo agradece el huequito que le ofrece quien construyó el muro.

Esta barrera, levantada por quienes ya están allí, puede tener distintos nombres. En el caso que tenía en mente, "catalanismo" sería la palabra concreta. Por supuesto, esta lógica de marcar la cancha a través de la identidad grupal uber alles no es privativa del catalanismo. Ni siquiera del mal llamado socialismo catalán, que en realidad no pasa de ser una sucursal temerosa y dubitativa (¿con cuál postura mantengo el puesto público?) del etnicismo excluyente que promueve la casa central. Un etnicismo basado en la lengua (la etnia no está muy bien vista como fuente normativa después de los Balcanes) y que se ha fusionado con el paisaje hasta el punto que cualquier mirada sobre lo que ocurre en ese territorio acepta de antemano el marco explicativo que han impuesto quienes levantan la barrera. En realidad, esa barrera es un gesto común de todas las comunidades más o menos establecidas ante lo que perciben como extraño, nuevo o ajeno.

Barrera que en el caso catalán fue, precisamente, la lengua (clave excluyente para acceder a cualquier puesto en la administración) y que actualmente comienza a ser el independentismo: el catalán “natural” vendría a ser aquel que considera a los españoles unos saqueadores ignorantes de los que hay que alejarse cuanto antes. Quien no se pliegue a esa visión no es, no puede ser catalán. Pero, como decía, la mirada que privilegia la identidad como fuente de normas para la convivencia se viene extendiendo velozmente por todo el orbe. O mejor dicho, viene regresando a toda velocidad: la identidad siempre ha estado ahí.

En su excelente ensayo Establecidos y marginados, el sociólogo Norbert Elías analiza las relaciones entre dos grupos de habitantes de una comunidad suburbana en Inglaterra, rebautizada como Winston Parva en el libro. “Es posible observar, una y otra vez, cómo los grupos que en términos de poder son más fuertes que otros grupos interdependientes se consideran a sí mismos mejores que los otros en términos de humanidad. El significado literal de ‘aristocracia’ puede servir como ejemplo”, apunta Elías en la introducción de un trabajo que intenta explicar cómo se construyen estas barreras invisibles de las que hablo.

Lo interesante del caso de Winston Parva, dice Elías, es que las variables socioeconómicas tradicionales no sirven para explicar esas diferencias: los dos grupos analizados tenían un nivel de ingreso similar, un nivel educativo parecido, no tenían diferencias étnicas. Lo único que los diferenciaba es que unos eran “familias viejas” y otros recién llegados. Es decir, el diferencial de poder que se detecta entre ambos grupos depende solo de que a los “viejos”, la mayor permanencia en el territorio les ha dado mayor cohesión como grupo. Y que esta cohesión se traduce en la certeza de ser humanamente mejores, con mejores costumbres, mejores comportamientos, que los de quienes no llevan tanto tiempo en el territorio. Y a que estos últimos, desorientados y apenas constituidos como grupo, dan por buena esa versión de las cosas. La barrera, sin apelar a la lengua sino al prestigio colectivo.

“La complementariedad del carisma de grupo (el propio) y la deshonra de grupo (el de los otros) es uno de los aspectos más importantes del tipo de relación entre establecidos y marginados que era posible encontrar aquí y merece un momento de consideración; proporciona una pista para entender la barrera emocional contra el contacto cercano con los marginados que este tipo de configuración instaura entre los establecidos”, apunta en su texto Elías. La barrera emocional puede cristalizarse también en mecanismos de tipo institucional como en el caso catalán, agrego yo.

En tiempos de nuevas migraciones no está mal poder reconocer las barreras que están ahí, que construimos colectivamente y que no siempre se ven. Barreras que están diseñadas para ser percibidas como parte del sentido común y no como el obstáculo selectivo que efectivamente se les impone a algunos. Que son precisamente aquellos que, en virtud de su menor cohesión grupal, resultan más afectados por estas barreras naturalizadas. Aprender de los abismos sociales que otros han cavado puede ser una forma de evitar abismos propios.

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