Editorial

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Nº1994 - al de Noviembre de 2018
Por Adela Dubra

No se puede ser feminista si no sos de izquierda. Es una frase que repiten académicas y políticas frenteamplistas en los últimos tiempos. Meses atrás, fueron Carolina Cosse y Constanza Moreira. Es hábil la jugada: el Frente Amplio busca adueñarse de lo referido a derechos humanos e inclusión. Un partido político que en 2018 en Uruguay no tenga personas trabajando y pensando en temas de género, ocupándose de discriminación, de minorías, parece, por lo menos, fuera de época.

Es curioso que gente como Cosse o Moreira repitan lo del feminismo como un terreno exclusivo de la izquierda, porque están olvidando parte de una rica historia del Uruguay, que es la bancada femenina. ¿Es discriminatoria su afirmación? Han pasado casi 20 años desde que se creó la bancada femenina (fue en marzo del 2000) por parte de legisladoras de todos los partidos. Trabajaron juntas, presentando proyectos. Negociaban los temas. Se cuidaban para no desgastarse. Fueron el equilibrio. Martha Montaner, Beatriz Argimón, Margarita Percovich y Mariella Demarco eran algunas de ellas y creían que el feminismo no pertenecía a un único partido político. Lograron mucho en temas de violencia doméstica, prevención de cánceres génito-mamarios, acoso y violencia sexual, integridad de niños, niñas y adolescentes, unión concubinaria, salud sexual y reproductiva, identidad de género y cambio de nombre.

Los partidos van haciendo sus procesos con estos temas; en ocasiones no hicieron visible su trabajo y en otros casos no fue una prioridad. Pero para muchos jóvenes sí son temas centrales y empiezan a hacerse oír. Así es, por ejemplo, para un grupo de veinteañeros blancos que creó el Frente Nacionalista Carlos Quijano y cuyos temas de interés son inmigración, diversidad y feminismo. Entrevistados en La Diaria, una de las integrantes de la agrupación, Maia Amondarain, de 20 años, explicó: “Nosotras, por ejemplo, nos consideramos feministas y mucha gente nos ha caído: ‘¿Cómo podés ser feminista en el PN?’. Ese también es todo un tema. En Uruguay hay charlas desde las agrupaciones feministas, pero también está bueno traer ese debate al partido, porque si bien puede haber gente que no esté a favor, también puede haber gente que esté metida con el feminismo, como nosotras. Queremos que la gente se interiorice y que no lo entiendan como algo que va en contra de la familia y la tradición. Para nosotras no es eso, está bueno dar ese debate porque hay mucho prejuicio sobre este tema, y no solo dentro del PN”.

Los colorados fueron pioneros en nombrar a Montaner como secretaria general del partido, en 2012. Fue un hecho histórico: una mujer ocupando el máximo cargo de representación en un partido político. Este año los blancos han movido algunas fichas: Argimón preside el Directorio blanco y es la primera vez que lo hace una mujer. En el Día Internacional del Orgullo LGBTI colocaron la bandera multicolor en la fachada del Directorio. Semanas atrás, Luis Lacalle Pou dijo a la revista Noticias que cambió su posición respecto al matrimonio igualitario: “Hoy votaría a favor”.

En tiempos preelectorales, sería de esperar que acompañando los procesos de los partidos, cambiaran los gremios, las cámaras empresariales y el mundo empresarial, que se pronuncia poco. Demasiado poco. La escasa cantidad de mujeres que está en puestos visibles suelen callar sobre estos temas. Como hay pocas mujeres en puestos de poder, las juzgamos más.

En Uruguay y en el resto del mundo, las que llegan a altos puestos casi nunca hablan de su feminisimo, porque en sus equipos de trabajo tienen gente para quien la palabra feminismo es una amenaza.

Dos meses atrás, la española Ana Patricia Botín, presidenta ejecutiva del Banco Santander, escribió un artículo que dio mucho que hablar: “Por qué me considero feminista y tú también deberías”.

Botín asegura que incluso cuando están muy calificadas las mujeres se muestran “más inseguras”. Cuando se piensa en todas las barreras que una mujer en Uruguay debe sortear para trabajar en política —y entre ellas están las barreras propias— se adivina la presión de la familia, la familia política, la gente del barrio, los propios compañeros militantes, las vecinas, los vecinos.Diez años atrás, Botín no se declaraba públicamente feminista, pero algunas circunstancias la hicieron cambiar: “Hoy soy consciente de que decir las cosas públicamente, de forma solidaria con otras mujeres, tiene el poder de cambiar. Soy consciente de estar en una posición privilegiada para hacerlo. Así que, cuando hablo, no lo hago solo por mí misma. Lo hago, junto con la gran mayoría de los hombres que nos apoyan, por todas las mujeres. Por eso mi feminismo es ahora público. Y quizá el tuyo también debería serlo”.

Como que no hubiera espacio para el intercambio, en Uruguay no se juntan mujeres del mundo de la empresa —algunas de ellas, me consta, practican su feminisimo contratando mujeres, dándoles puestos de mayor jerarquía, empoderándolas— con las académicas y las activistas. Si tuviera que arriesgar, diría que unas están con la preocupación de la brecha salarial en mente, y otras con la ley trans como prioridad. Yo, que he ido a unos cuantos encuentros feministas en mi vida, no he visto que se mezclen esos mundos. Pero además hoy percibo —y esto es una percepción propia solamente— que, quizá por la proximidad de las elecciones, aunque sospecho que es un fenómeno más a largo plazo, la distancia y la mirada con recelo se acrecienta. Es mala cosa. La manera de lograr cambios es peleando juntas.

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