Editorial

El archivo de Idea Vilariño

3min 3
Nº2020 - al de Mayo de 2019
Por Adela Dubra

En las últimas semanas, Ana Inés Larre Borges y Pablo Rocca publicaron notas en el semanario Brecha tirándose dardos sobre el archivo de la poeta Idea Vilariño. El caso tiene varias aristas. Según Larre Borges, Idea nunca quiso que su archivo se vendiera ni dividiera y ahora sabemos que parte del mismo fue comprado por la Universidad de Princeton. La propia Idea en su testamento nombró a Larre Borges como la persona encargada de cuidar y publicar sus papeles privados y su obra; ha venido publicándola desde hace casi veinte años. 

Según Larre Borges, el sobrino nieto de la poeta, Leandro Funes Vilariño, terminó siendo el heredero porque un hermano de Idea repudió la herencia (la empleada doméstica de la poeta inició un juicio laboral que se interpuso en todo el proceso y “derivó en situaciones penosas”). Hay episodios que no se conocen y lo cierto es que parte de la obra está en Estados Unidos. Después de la nota de Larre Borges, Rocca salió al cruce a decirle que él tenía originales de Idea y que los donó a la Facultad de Humanidades, donde se pueden consultar. “En cambio, y más allá de la fuga de otros documentos al extranjero, hasta hoy no sabemos qué hay en las cajas que Ana Inés Larre Borges cuenta haber retirado luego de la muerte de Idea Vilariño, hace diez años”. Según Rocca, en diez años no ha catalogado el archivo ni comunicado qué se puede consultar y dónde.

Aparentemente, Idea, a pesar de estar necesitada de dinero, nunca quiso vender sus papeles: “Pesaba en su decisión una razón ideológica, un antiimperialismo inclaudicable”, según Larre Borges. La periodista y editora de Idea presentó una demanda penal en la Justicia por la ilegalidad de la venta y por las interferencias para administrar la obra. Veremos qué dice la Justicia. 

Los archivos son siempre un tema. El año pasado supimos por un aviso de un rematador de Tacuarembó que la biblioteca personal de Tomás de Mattos se iba a vender en lotes; la prensa y el ambiente cultural se agitaron y el hijo del escritor negó todo. Dijo que se trataba de un malentendido. El Estado está evaluando qué hacer con el archivo. 

Hay quienes creen que los originales de nuestros escritores están muy bien en las universidades norteamericanas. Una pequeña parte de los papeles de Juana de Ibarbourou fueron vendidos a Stanford hace tres décadas; lo otro se fue desmembrando. Es bien sabido que Princeton tiene, por ejemplo, el maravilloso archivo de Mario Vargas Llosa, donde los investigadores pueden revisar los manuscritos del peruano. El de García Márquez está en Austin (Texas). 

También aquí hay personas que hacen su trabajo estupendamente. El archivo de Mario Levrero, que es inmenso, está en Sadil (Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación), que avanzó en el ordenamiento, catalogación y digitalización del total de documentos originales del escritor. En 2018 se completaron todas esas tareas. La familia amplió el fondo agregando el disco duro de la última computadora del autor de La máquina de pensar en Gladys. Está abierta a consulta pública e investigadores de diferentes partes del mundo trabajan en ella. 

Cada archivo tiene su historia. El de José Batlle y Ordóñez, el de Pivel Devoto, el de Lauro Ayestarán. El de José Pedro Díaz y Amanda Berenguer, que está en la Biblioteca Nacional, en una donación que hizo el único hijo de la pareja; también allí está el grueso de los papeles de Juan Carlos Onetti, donados por Dorotea Muhr, su viuda. En otros casos quedan en el círculo familiar y discrecionalmente se permite que algunos investigadores lo consulten. 

Si alguien no se hace cargo, muchas veces se pierde en la burocracia estatal. Pero hay mucho para avanzar en el arte de cuidar y ordenar y poner a disposición la información. Aldo Mazzucchelli, que escribe un ensayo sobre el estilo histórico del fútbol uruguayo, se topó estos meses con la realidad de los archivos de instituciones deportivas, que suelen ser herméticas. Una comisión de asociados que maneja “historia y estadística” de uno de los cuadros históricos no lo autorizó a ver los documentos. Estos días, el escritor me mandó un correo contándome sus peripecias: “Pienso que es un error institucional grave el que este club comete, en estos tiempos de transparencia, al manejar así la información histórica de un club enorme, que debiera ser patrimonio de todos los  interesados en el mundo, como si fuese un secreto. La información histórica no puede ser ocultada, y hacerlo implica una especie de manejo teológico del discurso, la insistencia en imponer una especie de ‘verdad oficial’, que siempre es perjudicial, especialmente para el club involucrado”. Está bien argumentado. La información debe circular. 

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.