José Bayardi. Foto: Nicolás Der Agopián

El ministro de Defensa no sancionará a Manini para no afectar su carrera electoral; tiene la “absoluta convicción” de que el excomandante del Ejército tuvo una “altísima incidencia” en la deliberación y el fallo del Tribunal de Honor

El Frente Amplio no cambió las cabezas en las Fuerzas Armadas y las nuevas generaciones son “rehenes” de la “familia militar”

12min 1 2
Nº2017 - al de 2019
entrevista de Juan Pablo Mosteiro y Sergio Israel

El flamante ministro de Defensa, José Bayardi, afirmó que la crisis provocada por la difusión de revelaciones del Tribunal de Honor del Ejército que juzgó a los militares retirados José Gavazzo, Jorge Silveira y Luis Maurente, dejó en offside al entonces comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, a quien responsabilizó por el desen­lace. Sin embargo, sostuvo que sería un error sancionarlo por sus posteriores “desmanes” y críticas al presidente Tabaré Vázquez, porque eso sería impedirle que ejerza su “derecho” a participar en política y ser candidato. “Yo voy a dejar que haga campaña y vea qué suerte tiene”, dijo.

Médico de profesión, con amplia experiencia legislativa y apasionado por los asuntos militares, Bayardí asumió como ministro el lunes 8, en sustitución de Jorge Menéndez, de quien desligó toda culpa en la actual crisis castrense, pese a haber sido cesado en condiciones “lamentables” por el gobierno de Tabaré Vázquez.

A horas de estrenarse en el cargo en pleno año electoral y a pedido del presidente para “poner la casa en orden”, Bayardi —dirigente de la Vertiente Artiguista— apagó el primer incendio tras unas declaraciones “fuera de libreto” del nuevo comandante Claudio Feola, quien dijo que no repudiaría crímenes cometidos durante la dictadura (1973-1985) porque no sabía si estaban confirmados o no.

A continuación, un resumen de una entrevista con Búsqueda.

A propósito de las primeras declaraciones de Feola, ¿cómo explica que oficiales que no tuvieron nada que ver con la dictadura mantengan aún hoy esa visión sobre los hechos de ese época y en particular sobre las violaciones a los derechos humanos?

—En este país somos pocos y hay profesiones muy endogámicas. En el caso militar, la endogamia queda reafirmada porque desde muy jóvenes las relaciones de los estudiantes militares, los cadetes y los oficiales se dan en entornos familiares que proceden de la misma profesión. Muchos son hijos, sobrinos, yernos, nietos de militares, y ahí se da una enorme carga de los militares retirados sobre los oficiales más jóvenes en relación con un relato construido y difundido en los entornos cotidianos de los oficiales.

Es imposible o muy difícil romper con el relato construido sobre los hechos de la dictadura, sin romper a su vez con los vínculos de relación familiares. Por eso se dificulta asumir un discurso rupturista con respecto al relato, porque en tal caso el oficial tendrá que romper con el padre, con los tíos, con el suegro, con toda su familia. Eso pesa bastante y explica esta herencia sobre la valoración del pasado.

Sin embargo, ha habido excepciones; por ejemplo, el teniente general Hugo Medina reconoció en 1986 que se habían “perdido los puntos de referencia” de los mandos superiores de la época...

—Sí, pero el general Medina se quedó solo en eso: en que se perdieron las referencias. Si además hubiera dicho que no se respetó al enemigo, a los presos, que se torturó y que todo eso afectó el honor de las Fuerzas Armadas... Punto. Así se hubiera liquidado el tema de una valoración sobre ciertas prácticas de oficiales reñidas con los derechos humanos y con toda una concepción artiguista que hubiera permitido hacer un juicio crítico ya de entrada.

Pero nunca se terminó saldando esto. Porque los primeros que afectaron el honor de la Fuerzas Armadas fueron los mandos de la época del inicio de la dictadura y dentro del proceso de la dictadura. Después, oficiales particulares, se llamen Gavazzo o Silveira, por sus prácticas, también pudieron haber afectado el honor de las Fuerzas. Pero si se perdieron las referencias es porque los mandos de la época dejaron hacer. No era que estos operaran por sí o ante sí, aunque hubo algunos que robaban por su cuenta.

Pero nunca hubo una valoración profunda, más allá de aquel juicio crítico de Medina. Nunca se dijo qué implicaba eso. Porque decir “perdimos los puntos de referencia” es una crítica leve o superficial de la historia. Aquella solo fue una aproximación, insuficiente.

También el general Pedro Aguerre salió de esa línea cuando en nombre del Ejército reconoció, en 2011, que los restos aparecidos del maestro Julio Castro y su asesinato representaron un “punto de inflexión”.

—Sí, el general Aguerre también se salió de ese esquema y eso le costó que lo expulsaran del Centro Millitar. Lo que digo es que hasta que no se pare un general que haya vivido esa época y cuente lo que pasó, no se romperá ese discurso endogámico muy fuerte. Y ese general liberará a todos los que vengan después. Yo no justifico nada de esto, solo explico por qué los oficiales jóvenes repiten un relato que no se adecua a la realidad. Cualquiera que lo piense fríamente verá que ese relato es un disparate: el país conserva unos 190 desaparecidos, y esta es una realidad que no se termina de saldar.

José Bayardi
Foto: Nicolás Der Agopián

Cadetes de la Escuela Militar dijeron a Búsqueda: “Nosotros no éramos nacidos cuando la dictadura y aún hoy somos insultados por porte de uniforme y cargamos con una mochila ajena”. ¿Qué falta para romper con esas lógicas de desconfianza civil y militar? ¿Alcanza con que “mueran los actores de la historia”?

—Yo no creo que los problemas se terminen cuando todos los actores se mueran o muramos. Basta ver otros ejemplos en el mundo, como el de la Guerra Civil española (1936-1939), que el tema sigue como asignatura pendiente. Lo que falta es romper ese relato, asumir una responsabilidad sobre lo que pasó; reconocer que efectivamente hubo violaciones a los derechos humanos, que hubo desaparecidos... que no se hizo gala del honor militar en el sentido más amplio.

Tampoco los civiles deben cargar la responsabilidad en esa mochila de los oficiales que no eran nacidos entonces o que estuvieron lejos: es imprescindible la compenetración entre la sociedad y las Fuerzas Armadas para cualquier estrategia de defensa militar.

Desde el 2005 a hoy, con los gobiernos del Frente Amplio, ¿cuánto cambió la cabeza de los oficiales?

—No terminó de cambiar, porque se va heredando ese relato de la historia. Lo vimos en la deliberación del fallo del Tribunal de Honor en el que se carga más la responsabilidad de afectar el honor del cuerpo de oficiales —ni siquiera el honor del Ejército— por una mentira que no impidió que fuera preso un camarada de armas. Eso pesó más que un juicio crítico por haber tomado el cadáver de un individuo de 24 años, detenido, trasladado a 400 kilómetros, atado con alambres y con piedras para sumergirlo en un río tras morir bajo torturas...

¡Eso no mereció ninguna repulsa de afectación del honor del Ejército! Y ahí sí hubo una distorsión de las referencias. Este es un problema que no se percibe bien muchas veces, y le hace daño a la propia institución en general.

Ya en la Escuela Militar hay cadetes que niegan que haya habido una dictadura. ¿Qué tan adecuada es la educación que reciben los más jóvenes sobre la época?

—Ahí tenemos un problema. Hay una parte de lo académico formativo relacionado con la lectura de la historia y la libertad de cátedra que debe existir en un centro de formación donde se graduarán oficiales. Más allá de lo que digan los programas, es necesario abrir mayores grados de libertad para que estos jóvenes puedan juntar diferentes versiones, deliberar y generar un espíritu crítico alineado a una lectura más ajustada a la realidad. Hoy falta mucho más intercambio en esa área de formación de los cadetes para que puedan confrontar versiones en la propia Escuela.

¿Qué se precisa para eso?

—Reestructurar parte de la educación militar, reunir mayor voluntad de avanzar en esa forma de acceder a la lectura de la historia, y generar espacios más plurales dentro y fuera de la institución. Hay que hacer un diseño más flexible en lo académico, que las materias estrictamente militares sean impartidas en el ámbito de formación militar, y otras se den fuera de allí, en centros más diversificados y con mayor libertad para explicar estos fenómenos.

¿Cuáles son las “reglas de relacionamiento” que transmitió a los comandantes?

—Yo dije: “A mí, lo que piensen desde el punto de vista político partidario los oficiales militares me importa poco”. Porque el sentido de la misión militar es tener la capacidad de que cada cual, piense lo que piense, esté preparado para cumplir su función principal; porque las balas no van a discriminar a quién matan a la hora de defender la soberanía de los intereses estratégicos del país. Por lo cual, en los ámbitos militares pueden convivir distintas posturas políticas.

Ahora, ¿no es deseable y sano para la democracia que la gente sepa qué piensan los mandos militares sobre ciertos asuntos políticos?

—Yo les dije a los oficiales generales que no quería que hubiera declaraciones públicas de naturaleza política. Mi problema con las declaraciones políticas es que para enfrentar a la prensa hay que saber pararse delante de la prensa. Y la prensa está a la búsqueda de noticias. Y una respuesta en falso puede significar una noticia. Y si esa noticia expone a que el ministro o el mando superior deba tomar conductas respecto a esa declaración, estaremos en un problema.

Hay que tener capacidad de enfrentar a la prensa para no generar problemas políticos, porque la sociedad vive las tensiones políticas de Defensa con mayor intensidad que en otros ministerios. Es una manera de proteger a los propios oficiales y anticipar las consecuencias que podrían derivar.

Foto: Nicolás Der Agopián

Manini en sus discursos no decía que hacía política, sino que expresaba una opinión de toda la Fuerza...

—Ahí el problema es que si yo encuentro en un discurso cualquier día de cualquier fuerza que luego tengo que dar respuesta, tendremos un problema... Y yo lo que quiero es que no haya problemas, porque lo que se necesita acá es la estabilidad en el funcionamiento de las instituciones para que cumplan su misión, ¿está claro? En este ministro y en los comandantes va a haber perfil bajo, en todos.

Además, les indiqué a los comandantes que los oficiales en actividad no pueden transmitir por vía de redes sociales ninguna valoración de carácter político ni pueden compartir expresiones de otros. Y que los medios de comunicación de las Fuerzas solo pueden difundir actividades y misiones institucionales. No es animadversión para con la prensa, es un problema de protección de la institución para evitar que se produzca cierto grado de inestabilidad hacia afuera.

¿Para evitar desaguisados como los generados por el creciente protagonismo político de Manini?

—El general Manini tuvo un protagonismo exacerbado y debió haber sido llamado al orden o relevado antes. Ni hablar en el tema del Tribunal de Honor, donde el grado de protagonismo del general Manini y su responsabilidad —quisiera aclarar, como convicción— tuvieron altísima incidencia en la deliberación y los conceptos vertidos en el fallo.

—¿Por qué?

—Porque si no, no hubiera estado obligado a presentar ocho carillas que acompañaron el informe del tribunal, en las que trató de generar doctrina en muchos de los contenidos del fallo. Y al comandante en jefe solo le cabía elevar al mando superior una apreciación genérica del fallo, y escribió ocho carillas... Así que yo tengo la convicción más absoluta de que todos los hechos acontecidos con respecto al fallo del Tribunal de Honor tienen a un primer responsable que ha sido el general Manini.

—¿Y qué responsabilidad le cupo al entonces ministro Menéndez?

—Ninguna… ninguna.

—¿Cómo se explica su cese entonces?

—Desde que llegó el expediente se leyó todo y se dijo: “ojo que acá hay tres cosas que atender”: lo que dijo el general Manini; los contenidos de la deliberación y el fallo, y las actas. Todo eso se vio en los primeros días que estuvo acá el expediente, entre el 13 y el 20 de febrero, y entonces se dejó en Presidencia, que tiene para analizar unos 4.000 expedientes por mes...

—¿Y ahí no se alertó: “Ojo que hay tal declaración de Gavazzo”?

—Lo primero que se vio entre el 20 de febrero y el 12 de marzo fue lo de Manini, que se consideró inaceptable y de ahí la salida; luego el fallo y la deliberación. Y llama la atención de que se estaba soslayando la sentencia del Poder Judicial y se lee que todos los integrantes del tribunal estarían compartiendo eso, porque había, en mi opinión, una orden superior que decía “saldémoslo de esta manera”

—¿De quién fue esa orden?

—En mi opinión, de Manini.

—¿Con esa interpretación exonera de responsabilidad a los generales del Tribunal de Honor?

—No, no los exonero de responsabilidad porque cuando uno llega al grado militar tiene toda la capacidad de decir “esto, así no”. Un general tiene la posibilidad de decir “no”. Y no se dijo eso, ni en el Tribunal de Honor ni el de Alzada. De alguna manera, había algún nivel de condicionamiento sujeto al mando.

Y en el Poder Ejecutivo había tres líneas de acción: no homologar nada, homologar el fallo —que degradaba a Gavazzo o a Silveira; lo que al final se hizo—, u homologar todo, que era insostenible.

¿No hubo responsabilidades en la Torre Ejecutiva? Según dijo Manini a Búsqueda, el presidente tenía todo el expediente sobre la mesa, las 702 páginas...

—No, no tenía las 702 páginas. Él tenía el expediente, pero fundamentalmente los fallos y la deliberación, porque el presidente nunca le entró a lo que declaró cada militar. Él tenía los fallos y la carta de Manini arriba de la mesa con todo su alegato contra el Poder Judicial.

Manini también acusó al presidente de actuar con ligereza y “al grito de la tribuna” para castigar a los militares.

—El tema central con Manini fueron los contenidos de su carta con los que buscó captar la atención sobre él y liberar de la responsabilidad principal a los otros oficiales. Yo no tengo dudas de que fue así. Seguramente, cuando la Justicia lo llame a declarar, el general Manini tendrá que decir que él fue enterado de que había un delito ahí, y que él ordenó que se continuaran las actuaciones sin dar cuenta al mando superior.

Manini reconoció a Búsqueda que debió avisar antes sobre las confesiones de Gavazzo, pero no lo hizo entonces porque entendía que era una “chicana” para dilatar la condena.

—El reglamento dice que enterado de un delito hay que parar las actuaciones y comunicarlo al superior. Se supone que Manini se enteró de esas confesiones de palabra y que dio orden de continuar porque era una chicana. Pero eso fue el 10 abril de 2018 ¿y recién iba a dar cuenta en febrero de 2019 al presidente? ¡Diez meses después!

Manini, hoy en plena campaña política, aún mantiene el estado militar y puede ser sancionado. ¿Por qué el gobierno decidió no hacerlo?

—Efectivamente, un oficial cuando se retira conserva por cuatro años el estado militar. Pero cuando uno va a tomar medidas tiene que evaluar lo que está en juego, y en este caso el derecho o el poder del mando superior a sancionar a un militar que ha incurrido en determinados desmanes al referirse al presidente de la República.

Yo podría sancionarlo. Pero supongamos que le aplico una sanción de 60 días de arresto. En este momento tengo que compatibilizarlo con otra decisión que es el derecho de él como candidato político que pueda hacer campaña electoral. Entonces, tengo que poner sobre la balanza si hago jugar mi derecho a sancionarlo o dejar que haga campaña electoral. Lo sopesé y decidí no sancionarlo. Y mientras el presidente lo acepte voy a dejar que el general Manini haga campaña y vea qué suerte tiene.

¿Cuánto de esta crisis tiene que ver con tensiones no superadas entre la izquierda y las Fuerzas Armadas desde que el Frente Amplio es gobierno?

—En el primer gobierno del Frente Amplio pudo haber más o menos tensiones esperables. Era la primera vez que gobernaba y la dictadura había planteado borrar a la izquierda por 50 años. Esa tensión era relativamente entendible hace 15 años. Hoy habría que evaluar la tensión por la falta de profundización al interior de la sociedad de la discusión de los problemas sobre la lectura histórica. Si yo hoy me sentara con cualquier oficial de 50 años a la mesa de un boliche a hablar sobre lo que pasó en aquella época: el tema de la tortura, las violaciones a compañeras, las desapariciones..., ¿usted qué me diría? Que todo lo que sucedió es una aberración.

Pero los condicionamientos impiden que se profundice. No estoy exculpando responsabilidades: hay una edad en la que hay que decir que no, hay un grado en el que uno puede decir no, y me la doy con todo. A un oficial subalterno le pueden decir: “Mirá que te van a cascar...”, pero cuando usted es general... ya está.

Yo les pediría a los más viejos, a la llamada familia militar, que liberen a los más jóvenes de una vez por todas, que no los sigan teniendo de rehenes, porque ellos no han tenido ninguna responsabilidad y actúan para dar satisfacción de pertenencia al colectivo militar.

Recuadro de la nota

▪ Una medida dolorosa y los problemas 
de comunicación de Presidencia​

Noticias relacionadas

▪ Fue un “error” que el Poder Ejecutivo no sancionara antes al general Manini Ríos, dijo el ministro Bayardi

▪ Las declaraciones de Gavazzo ante un tribunal generaron una crisis histórica que evidenció varias desinteligencias en la Torre Ejecutiva

▪ La ley de inteligencia es “un boniato infame” y un “riesgo”, porque pone un “aparato operativo en Presidencia” y eso es “demasiada tentación”

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.