Columna: Nobleza obliga

El regreso de Mary Poppins

4min
Nº2007 - al de Febrero de 2019
por Claudia Amengual

Una tardecita, años atrás, fui a ver Saving Mr. Banks, una película protagonizada por Tom Hanks y Emma Thompson, cuya trama narraba la tensión que había existido entre Walt Disney y P. L. Travers ―la autora de Mary Poppins― para llevar la historia al cine. La película muestra una faceta antipática de Travers, que luce caprichosa y prepotente, aunque más tarde, leyendo su biografía, supe que el guionista no había alcanzado la compleja oscuridad de la vida real. Y eso, claro, no solo me llamó la atención, sino que me puso triste. Porque uno tiende a creer que los autores se parecen a su obra, pero no siempre es así. De hecho, a veces sucede lo opuesto. Tanto que, si uno admira a algún autor por sus libros, quizá sea mejor no conocerlo. Doy fe de eso. 

No voy a juzgar a Travers. Tuvo una infancia difícil con una madre depresiva y un padre alcohólico al que adoraba, pero que no le otorgaba ninguna seguridad. Murió cuando ella tenía siete años y me atrevo a decir que, además del dolor por la pérdida, la niña sintió aquella muerte como una traición, la traición del abandono. Travers necesitaba reivindicar la memoria de su padre. Necesitaba perdonarlo. Y quizá también perdonarse por no haber sido suficiente para él. 

Para eso se valió del personaje de Mr. Banks ―el padre de la casa en Cherry Tree Lane adonde llegó Mary Poppins traída por el viento―. ¿Y qué había que ordenar allí además de estantes y cajones? Ni más ni menos que el funcionamiento de aquella familia, tan británica, tan proper y, a la vez, tan poco dada a los afectos. Mr. Banks trabajaba en un banco y su prioridad estaba en las varias formas de hacer más dinero. No había tiempo para remontar cometas. Alguien tenía que ponerlo en su sitio y convertirlo en un buen padre. El padre que a Travers le hubiera gustado tener.  

Mary Poppins estaba ligada a mi vida por amorosos lazos de fantasía. Era la institutriz inglesa que llegaba volando para acomodar la existencia cotidiana, ponía todo en orden solo con un chasquido de dedos y lo llevaba a uno a saltar al interior de una pintura callejera o a bailar con una troupe de deshollinadores sobre los tejados londinenses. Cuando se iba, algo de su magia quedaba en el hogar. Y en el corazón de quien hubiera creído en ella.  

La fantasía tiene efectos parecidos a la magia. Logra imposibles. Ayuda a sobrellevar la tristeza. De niña, cerraba los ojos y pensaba en Mary Poppins­. Aparecía ante mí con su trajecito impecable, el paraguas con mango de loro y aquel bolso infinito. Chasqueaba los dedos y todo giraba en mi habitación. Escapaban las flores del acolchado, cobraban vida los muñecos, las páginas de los libros revoloteaban como mariposas enloquecidas. Ella se mantenía erguida, sin excesos de sentimentalismo y con esa firmeza algo distante que me daba seguridad. Cuando abría los ojos, cada cosa estaba en el mismo sitio, pero flotaba una calma mansa que me hacía sentir serena.  La fantasía surtía su efecto. Quizá por eso escribo novelas. 

La Mary Poppins que conocía era la de Disney y no se ajustaba con exactitud al espíritu que Travers había querido insuflar al personaje. El primer libro apareció en Londres en 1934 y hubo otros siete. El último, medio siglo más tarde, cuando Travers rondaba los noventa. Pero yo no había leído ninguno de esos libros. El mío era un ejemplar de pocas páginas y grandes dimensiones en el que se contaba la historia a través de viñetas. Era una edición de 1973 y formaba parte de una colección conmemorativa por el cincuentenario de Walt Disney Productions. En la portada, Dick van Dyke y Julie Andrews bailaban en medio de un bosquecillo azul con ardillas y conejos. Era la puerta de entrada al libro y apenas verla supe que iba a rendirme fascinada. Así fue. Lo leí tantas veces que aún hoy recuerdo de memoria los diálogos de las viñetas. Después vi la película y la voz de Julie Andrews completó la belleza. 

El mundo que me proponía Mary Poppins era un lugar ordenado en el que todo se resolvía al final para bien de la familia. Supongo que, sin darme cuenta, me identifiqué con los niños Banks. Ellos, Travers y yo compartíamos algunas penas. Todos necesitábamos a Mary Poppins y yo rezaba para que el viento la trajera. Nos llenaba con su magia y hacía que todo pareciera posible, pero también nos hablaba de valores, de la importancia de ser buenos. Podíamos ayudar a los otros hasta cierto punto. Debíamos hacer lo que estuviera a nuestro alcance y luego ser fuertes. A mí me importaba eso. 

Hace unos días volví al cine a ver El regreso de Mary Poppins. Pero hay estados de gracia que se nos conceden una sola vez y debemos conformarnos con esa felicidad pasajera. Ni siquiera me decepcioné; sabía que era difícil repetir la experiencia. La película está bien hecha y la interpretación de Emily Blunt es una exquisitez. Además, ver actuar a Dick van Dyke a sus noventa y tres años, conmueve. Disfruté bastante, pero no hubo magia en esta segunda película porque a cada escena se interponía el recuerdo de la primera. Salí del cine con ganas de ver por enésima vez la versión de Disney. Al llegar a casa, navegué un rato en YouTube y busqué videos con las viejas canciones. Y canté, por supuesto. 

Me gusta la adultez y no soy partidaria de volver a la infancia ni mucho menos idealizo esa etapa, que no siempre es buena. Pero cada tanto es agradable recobrar aquella sensación encantada, esos espacios de inocencia cuando el camino entero se abría por delante y todo era esperanza y sorpresa. Es allí donde nuestro presente se resignifica y damos sentido a algunas de nuestras razones y comportamientos. Cuando nos abruma el caos y creemos que nuestro pequeño mundo va a deshacerse, descubrimos en aquel pasado que alguna vez hubo un orden, aunque durara un momento. Y que quizá podamos recuperar algo de eso. Porque el orden ―si no es obsesivo― da estabilidad y permite hacer proyectos, ahorra tiempo y dinero, es consideración hacia los otros y en su extremo más inconsciente, la ilusión de control sobre el desorden mayor que es la muerte. 

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