El ser y la apariencia

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Nº2030 - al de Julio de 2019
por Facundo Ponce de León

Conversaba con un candidato presidencial de las relaciones entre políticos, ciudadanía y prensa en general. En un momento confiesa algo que lo dejó preocupado: una semana atrás estaba hablando con un periodista y tuvo la convicción de que el periodista no le creía nada de lo que él estaba diciendo. “Y yo creo profundamente en lo que le decía... pero ta... como dice el dicho: no solo hay que ser, también hay que parecer”. La anécdota abrió el tema filosófico entre el ser y la apariencia, entre aquello que uno es y cómo ese ser aparece frente a los demás.

Antropológicamente esto tiene tres fases: la primera es la infancia, donde no hay distancia entre ser y aparecer. Los niños son así como se nos aparecen. La segunda etapa es la juventud, donde empieza a manifestarse la distancia entre aquello que sentimos interiormente y cuánto de eso expresamos hacia afuera. Digamos que estalla el problema de ser espontáneo y también ser aceptado; nutrirse de los demás y moldear una personalidad auténtica. La tercera fase es la adultez, donde definimos de manera más o menos consciente un modo de lidiar con el asunto: de ser fiel a lo que somos cuidando las apariencias. Acá las estrategias son diversas, y los que tienen funciones públicas como los políticos tienen algunos desafíos específicos.

Algunos se jactan de decir todo el tiempo lo que piensan porque quieren que no haya distancia entre ser y apariencia. Suelen ser adultos insoportables, porque desconocen que en las relaciones las apariencias son importantes. “Yo soy sincero, digo lo que pienso. Disculpame si te cae mal, pero prefiero decir lo que creo a tener que mentir”. Los sinceros sostienen que hay una línea recta entre lo que tenemos en mente y lo que decimos, pero ellos mismos son una prueba de que tal camino cristalino no existe.

El sincero se jacta de decir lo que piensa y esa jactancia es la prueba de que podría no haberlo dicho; entre el ser de una persona y lo que ella dice hay un laberinto intrincado. En política esto es particularmente importante porque sabemos que es una tarea que supone la constante negociación con los otros y sus circunstancias. Arrogarse la sinceridad constante es hipocresía.

La auténtica virtud es la honestidad. La persona honesta es aquella que se esfuerza por decir aquello que considera más justo para consigo mismo y para con los demás. Entiende que ser es también parecer. El honesto percibe que es absurdo decir “te digo lo que pienso” porque son muchas las cosas que se piensan y no se dicen y muchas las que se dicen sin pensar. Lo importante no es jactarse de ser veraz y verborrágico sino preocuparse de que sirva para algo lo que le decimos a alguien. Entonces, hay que definir una estrategia para que nuestro aparecer ante otros revele nuestro ser. Volvamos a la política y a otro candidato.

Pensemos el caso Talvi. Lanza una campaña honesta, seria y técnica. Incluso se asesoró fuera del país con especialistas. Pero las encuestas no parecían darle la razón. Entonces aparece Vernazza, que le dice algo tan obvio como fundamental: sé más espontáneo. No le está diciendo que cambie su ser, sino su apariencia, no porque una sea más falsa que otra, sino que una es más directa, menos medida, menos calculada. Entonces, Talvi se nos aparece también con humor, con ironía, “más normal”, podría decirse de modo coloquial. Y gana la interna.

Pensemos el caso Cosse. Lanza una campaña y sube sostenidamente en las encuestas, en febrero y marzo parece que va a dar pelea en el primer puesto. Sin embargo, algo no encajaba entre su discurso de candidata y su gestión pública. Lo que hizo al frente de Antel y del Ministerio de Industria daban cuenta de una solidez de conducción que no se vio reflejada en el tono suavizado de la campaña. El modo en el que aparecía no parecía sintonizar con lo que era. Y pierde la interna.

Ahora que empieza el segundo round electoral, ¿cuál será la estrategia de los candidatos para convencernos que así como aparecen, reflejan lo que son? Es una pregunta tramposa, porque nunca habrá certeza. Vuelvo entonces al candidato del inicio y a su convicción de que no había logrado que el periodista le creyera su apariencia. ¿Cómo se cambia esto? Lo primero es definir bien el problema: la puja no es entre autenticidad e inautenticidad, sino entre grados de ser auténtico-espontáneo.

En el imaginario popular la tarea política suele estar asociada con poses grandilocuentes, falsedad, intereses manejados en la sombra, protocolos fingidos y discursos políticamente correctos pero vacíos. Incluso algunos outsiders han entrado en política sosteniendo ese discurso antipolítico. ¿Por qué? Porque algunos políticos se habían concentrado demasiado en las apariencias y se despreocuparon por el ser que la sostiene. Así la política se vuelve inverosímil, una burla de sí misma. Este problema es acuciante porque la creencia en la política como tarea de servicio es pilar de la democracia. Pero esto no tiene que confundirse con una especie de acceso al ser más allá de las apariencias. En otras palabras: el discurso antipolítico denuncia en la política algo que sucede en todos los órdenes de la vida adulta.

Todos nos preocupamos por aparecer ante los otros. En la política este mecanismo queda expuesto, en “carne viva”, pero sucede también en los ámbitos médicos, empresariales, académicos, religiosos, deportivos, artísticos y personales. Barremos la casa cuando vienen visitas, controlamos las emociones ante desconocidos, agradecemos cuando nos dejan pasar primero. El protocolo y la cortesía son apariencias que desvelan actitudes, esa es su verdad y su importancia en las relaciones políticas. Encararlas como falsas es peligroso: supone que toda apariencia oculta el ser cuando en realidad debería desvelarlo. Como dice el refrán: “No solo hay que serlo, también hay que parecerlo”. Lo importante para los políticos es concentrase en las dos cosas al mismo tiempo.

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