Después de casi 50 años como socia, la empresaria publicitaria e inmobiliaria Marta Penadés se convirtió en la primera mujer en asumir como presidenta del Club de Golf del Uruguay

“En mi vida me tomé todos los trenes de oportunidades que me pasaron por al lado”

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Nº1998 - al de Diciembre de 2018
Florencia Pujadas. Fotos: Leo Barizzoni.

Marta Penadés camina por el Club de Golf del Uruguay como si estuviese en su casa. Antes de entrar por la puerta principal, se detiene a saludar a un grupo de socios y conversa con algunos de los golfistas que están por empezar a practicar en el green. Por un momento se distrae con el tiro de un jugador, que termina con la pelota muy cerca del hoyo. Y aplaude con la misma emoción con la que grita un gol un hincha en un partido de fútbol. Así pasa las tardes desde que se convirtió en la presidenta del Club de Golf, el  31 de octubre. “Siempre estoy acá, es mi lugar”, dice convencida.

Después de casi 50 años como socia, Penadés ganó las elección con más de 500 votos bajo el lema “Es futuro”. Esta empresaria, que se autodefine como una golfista “media” que con los años se volvió un “horror”, quiere que los golfistas vuelvan a recuperar el sentido de pertenencia que sintió cuando eligió unirse al club. “Es un nuevo pero fantástico desafío”, asegura. Y lo cierto es que toda su carrera se caracterizó por los retos.

Penadés trabajó como administrativa, fue profesora de gimnasia correctiva, tuvo una boutique en una galería y vendió apartamentos para una firma de arquitectos. También trabajó durante dos décadas en Montevideo Shopping, donde se convirtió en referente y consejera en marketing. “En mi vida me tomé todos los trenes de oportunidades que me pasaron por al lado. No hubo un vagón que se me escapara”, cuenta.

Este año hizo historia al convertirse en la primera mujer presidenta del Club de Golf del Uruguay. ¿Por qué se postuló en las elecciones?

Lo hice porque hubo una masa importante de socios que me preguntaron si podía tomar el timón del barco. El factor que los impulsó, a mi entender, fue el gran conocimiento que tengo del club. Soy socia hace muchos años, ya soy vitalicia, y mi hijo, que ahora vive en el exterior, se crio aquí adentro. Yo tenía claro que somos un referente frente a la sociedad y en esta área deportiva en América. Primero, porque tenemos una cancha de golf fenomenal y, segundo, porque se incorporaron otras actividades para mejorar la propuesta. Pero me parece que en los últimos años se había perdido un poco el sentimiento de pertenencia, ese que uno tiene cuando considera que el lugar en el que está es parte de uno. El club es un referente y una forma de ser, de moverse. Uno siente que forma parte de eso. Y eso se puede despertar en cualquier centro.

Ese sentido de pertenencia que siente por el club, ¿cuándo surgió?

Mis padres y mi familia no eran socios, pero yo siempre busqué hasta que encontré mi lugar. Es como dice Abraham Maslow sobre la pirámide de la autorrealización: una de las cosas fundamentales para que el ser humano pueda avanzar es el sentimiento de pertenencia, y eso se puede despertar con una profesión, en un club deportivo o en el fútbol. La selección uruguaya tiene un enorme sentimiento de pertenencia y es desde ese lugar que se logran las cosas. Y esto es igual. Nosotros, no te olvides, estábamos cuando al club lo volaron los tupamaros y no quedó nada. Hubo que construirlo otra vez desde el amor.

De hecho, usted formó parte de la comisión de recuperación.

Sí, yo estuve durante la reconstrucción. Fueron años tremendos: teníamos canchas, jugadores y los palos guardados en un lugar al que por suerte no accedieron. Afortunadamente, no llegaron ahí, porque si no, se hubiese terminado el golf en el Uruguay. Teníamos todo pero no teníamos club. En el lugar en el que hoy está la piscina tuvimos que hacer una zona cerrada con ventanas, algunas mesas y sillas. Había un mostrador con dos garrafas, pero no teníamos servicios. Una la usábamos para hacer papas fritas y otra para la pasta. El menú era (risas) papas fritas con huevo frito o pasta con manteca. Todos veníamos de la cancha, nos sentábamos ahí y comíamos mientras nos matábamos de risa. Esto era muy amigable y un club no puede perder lo amigable.

¿En los últimos años se había perdido?

Yo creo que sí. Hubo cambios de mirada en las directivas, que hicieron cosas muy buenas, pero sin esa cosa de pertenencia. También hubo incorporaciones de nuevos socios porque en los últimos dos años la comisión directiva hizo una franquicia, una medida que consideraban una solución. El problema es que no es lo mismo cuando alguien se hace socio por conveniencia, simplemente porque en ese momento le sirve, que cuando lo hace por elección. Cuando elegís una cosa por gusto es otra la actitud que tenés y lo que sentís frente al club. Uno es un negocio y lo otro, una elección. Y fue por esa razón que me pidieron que viniera a la presidencia. Tuvimos la suerte de ganar por bastante mayoría, nunca me lo imaginé, y estoy muy contenta porque tenemos una comisión directiva dinámica donde ninguno ha sido directivo. Hay gente joven que aporta desde su mirada, y nos estamos transformando en una suerte de escuela de directivos que adoran el club y realmente quieren llevarlo hacia adelante.

¿Cómo piensa mejorar el funcionamiento del club?

Queremos redistribuir mejor los ingresos, salir a los medios de comunicación, mejorar los sponsors —algunos dejaron de sponsorear y queremos irlos a buscar—. También es muy importante la referencia humana en este rubro. Tenemos que buscar que el club vuelva a ser un referente: que genere un sentimiento de pertenencia dentro y fuera de la misma forma. Es una reconstrucción importante que se hace desde el conocimiento y no desde la política, a mí no me interesa eso. Ahora, quiero disfrutar de lo que construí en toda mi vida.

¿Cómo están posicionados los golfistas uruguayos en la región?

El país tiene todas las herramientas para destacarse. Se puede potenciar, pero lo que sucede es que muchos de los buenos jugadores tienen sus trabajos y sus familias. Por eso, si te fijás, ha bajado tanto la edad de los golfistas. Son todos —salvo Miguel Reyes, que tiene 

sus hijos, vive en La Tahona y puede practicar poco— muy jóvenes. De todas formas, Miguel tiene una buena base y cuando empiezan los campeonatos se pone a tiro enseguida. El país tiene potencial.

Además de jugar, trabajó en el coaching de algunos golfistas como Juan Álvarez. ¿Qué importancia tiene la fortaleza emocional en este deporte?

El golf es un deporte que tiene un componente muy fuerte porque estás vos solo contra la cancha. Es como me decía uno de mis profesores: la cancha siempre juega bien. Sos vos, tus emociones y tu estado de ánimo los que condicionan el resultado. Tenés que tener cierta frialdad y una buena capacidad de reacción. Emocionalmente, es un deporte completísimo.

Usted, ¿cómo es como golfista?

Siempre fui una jugadora media, nunca fui muy buena. Jugué un campeonato Sudamericano, fui capitana, y jugué una copa en Bolivia. Lo máximo que hice fue 11 o 12 de hándicap. Pero tampoco estaba mal: fui bien del medio. Ahora soy un horror. Cómo dejé de jugar hace tiempo, tengo que venir a practicar y me divierto más que antes porque hago disparates y me mato de risa.

¿Qué es lo que más disfruta en la cancha de golf?

La naturaleza, los pájaros, el pasto que piso, la quietud que hay alrededor. Ese contacto de la naturaleza y yo, la bandera y yo. Y sobre todo, que no me fatigo. Cuando era joven también jugué al tenis, pero eran partidos largos y terminaba muy cansada. Es horrible.

La presidencia del Club de Golf es el último desafío que tomó, pero su carrera estuvo marcada por el emprendedurismo. Empezó a hablar de marketing cuando el término no estaba popularizado, trabajó dos décadas en el Montevideo Shopping y como asesora para algunas empresas. ¿De dónde surgió esa impronta emprendedora?

Me parece que hay personas que nacemos con eso, nos gustan las comunicaciones y observar a la gente. Mi padre era político y yo trabajé con él —no era empleada pública, me gusta aclararlo— pero atender y escuchar a los otros me enriqueció. También aprendí a estar alerta con lo que ocurría en la sociedad cuando tenía 18 años, y entendí la importancia del otro. Tuve un hermano psiquiatra, ya fallecido, que me enseñó la técnica de análisis transaccional y los estados del yo. Aprendí a vivir con las ecuaciones de ganar-ganar en vez de yo gano y vos perdés. Mi carrera fue una construcción, pero emprender también es parte de mi naturaleza. Y creo que  eso, sumado a las oportunidades que se me fueron dando, me hicieron subirme a todos los trenes que pasaron. No hubo un vagón en el que no me subiera, por una razón muy fácil: en un momento me divorcié de mi marido y si bien no tenía por qué pasar inquietudes, él había decidido que sí y yo tenía que hacerme cargo de todo. No podés dejar pasar las cosas.

También tuvo una boutique y trabajó en un estudio de arquitectura.

Pasé por muchos lugares. Di clases de gimnasia correctiva, tuve una boutique en la Galería De London y después entré a trabajar en Pintos Risso Sociedad Anónima. Estuve nueve años y vendí muchos de los edificios que están sobre la playa Mansa, en Punta del Este. Tuve que dejar de trabajar ahí cuando mi hijo Javier terminó el Ciclo Básico y empezó Bachillerato con distintos horarios. Muchas veces tenía que ir a Punta del Este y era complicado. Al año y medio de que renuncié hubo un concurso para encargadas de promociones para Montevideo Shopping. En ese entonces no se hablaba de marketing, pero ya me conocían. Fue pura intuición, como dice el título del libro que escribí sobre el tema, Instinto de marketing (Fin de Siglo).

¿Se definiría como una mujer multifacética?

Sí. Toda la vida fui multifacética y ahora terminé acá, en el golf. Como me pongo muy ansiosa, el otro día la psicóloga me dijo que tenía que empezar con otro proyecto. Es demasiado pronto pero pensé en escribir un libro de cuentos. Siempre tengo que estar en algún proyecto.

También trabaja con la Fundación Niños con Alas. ¿Cómo surgió este proyecto hace 12 años?

El trabajo social es algo que heredé de mi madre. Siempre ayudaba con lo que tenía a mano y hay cuentos que son increíbles. Parece ser que cuando el panadero llevaba el pan a domicilio, ella le servía una cocoa y al pan le ponía manteca con azúcar para que comiera. Después de que desayunaba, el hombre se iba a seguir trabajando. A los 40 años, mi madre se pidió un taxi para irse a lo de mi hermano mayor, el psiquiatra. Y dos días después el taxista tocó el timbre en la casa de mi hermano: era el panadero. Le contó que mi madre no se había acordado, pero que él nunca iba a olvidar los desayunos en casa. También le contó que cada vez que le pasaba la ropa que mi hermano ya no usaba se la dejaba lavada y planchada. Le dijo que nunca se iba a olvidar de su cara. Es una pequeña anécdota, pero muestra lo que nos enseñó: siempre compartimos lo que teníamos y nuestro talento. A la fundación la creamos entre cuatro hace unos 12 años, y yo me encargué desde el punto de vista del marketing.

¿Sus días se dividen entre la fundación y su trabajo como presidenta del Club de Golf?

Sí. Ahora en el club estoy como loca. Por la fundación voy todas las semanas al Marconi y trabajo en coaching, pero de una forma muy acotada. Son niños y los ayudo como puedo. Después siempre estoy acá, es mi lugar.

¿Cómo se vincula el marketing con el coaching y las emociones?

Es que todo es humanismo. El marketing emocional fue la herramienta que nosotros usamos, y aprendimos, en Montevideo Shopping. También es el que más vende porque se trabaja desde la emoción de la persona. Y con el sentimiento de pertenencia en el club pasa lo mismo. Yo llegué acá y hablé con todos los funcionarios, algo que muchos directivos anteriores no hacían. Es desde ese lugar que construís y ahora veremos si llegamos a nuestro objetivo. 

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