Sebastián y Rafael García. Foto: Nicolás Der Agopián

Sebastián García, locutor oficial, y su padre Rafael, operador de cabina, perpetúan las palabras y sonidos que el aficionado al fútbol identifica desde hace medio siglo

Esa única voz (del Estadio Centenario)

11min 5
Nº1994 - al de Noviembre de 2018
Juan Pablo Mosteiro y Martín Prato

—Vo, Seba, ¿es la hora, no? ¡Bajá por los cuadros!

—Sí, ya voy, viejo.

Se disculpa y dice que vuelve enseguida, que va a buscar las alineaciones de los equipos al vestuario de los jueces. Abandona la cabina 10 de la tribuna América, recorre los pasillos por donde circulan relatores, comentaristas, curiosos. Baja escaleras y más escaleras del monumento al fútbol mundial, ya ganadas por el olor a chorizo, cigarrillos y meo. Camina sereno y lejos de la excitación, de los nervios que invaden al hincha a medida que se acerca la hora del partido: esa idea de que algo importante está por suceder. Sebastián García es la voz oficial del Estadio Centenario. Es consciente de su particular oficio aunque no se atribuye ningún mérito. “Vení, pasá, copiá tranquilo”, le dice el cuarto árbitro. Y después se retira entre los periodistas con la lista de los jugadores titulares y suplentes bajo el brazo para anunciarlos antes que nadie por los altoparlantes del Centenario.

No es fanático del fútbol pero no se pierde un solo partido en el Estadio. Por trabajo, aclara. No espera ansioso a que juegue su equipo —que lo tiene, claro— y no lo revelará para evitar suspicacias, dice y pone cara de no te digo más pero cómo te gustaría que te dijera. El trabajo exige reserva. Todos somos hinchas de algún club: los árbitros, los jueces de línea, los que los designan, los dirigentes, los funcionarios de la AUF y de CAFO, los periodistas, la Voz, todos. Pero el locutor no llega al grado superior del fanatismo. No es de sufrir o disfrutar como si esta tarde o cualquier otra se jugara algo tan importante. Ni se agobia ni se exalta según termine la fecha. No se siente preso por la sinrazón de los colores ni suspende su juicio durante 90 minutos, ese tiempo de juego perfectamente improductivo, inútil.

De hecho, pese a trabajar a metros de los héroes de antes y de ahora, jamás pidió una camiseta, una foto o un autógrafo. Que nadie vaya a sospechar las preferencias, dice con una sonrisa, como quien se divierte sorprendiendo. “Es que si digo de qué cuadro soy y un día me equivoco, con esta hipersensibilidad que hay actualmente, van a decir: ‘Mirá, este...’. Su oficio es una salida laboral posible, “hoy prácticamente un hobby”. Su principal fuente de ingresos proviene del trabajo semanal en el Ministerio de Economía, como funcionario administrativo.

Pero ser la voz del Estadio es algo único. Y, además, una voz atea en esta religión futbolera que tantas pasiones exalta. “Los partidos los veo frío y alguno lo disfruto, pero no me pongo a festejar. Por ahí, si hace un gol Uruguay, suelto un grito”.

Vivir en un freezer.

La cabina 10, la de la Voz, está al lado de la de Radio Carve y es más bien espartana, muy lejos de las alfombras de los palcos vips, de los frigobares, los aires acondicionados y los servicios de lunch. Tiene micrófono, consola, compactera, radiocasete, PC, monitor, mate y jarra eléctrica, una mesa, un armario y un par de sillas. La lámpara roja de “Aire” se quemó hace unos años y junta polvo. “Ya ven, no hay mucho glamour en esta cabina. Por mi forma de ser, tampoco me doy a la publicidad”, dice Sebastián García mientras entran los equipos a la cancha. Nunca lo reconocieron por la calle por su voz. “Y así está bien: soy locutor, no animador. Vos hablás conmigo y quizás lo último que te digo es que soy la Voz”. Su padre, Rafael, tiene una sonrisa socarrona y asiente a sus espaldas, atento a las perillas de los controles de audio. “Acá vivimos en una burbuja. Solo tenemos contacto con los veedores, los técnicos de sonido, los cuartos árbitros; con los que están en el backstage. No con las estrellas”, dice el padre operador, también empleado público, de UTE.

La Voz del Estadio no es la de un adulto mayor, como piensa mucho aficionado que cree reconocerlo desde hace más o menos mil años, desde que Artime y Morena inflaban las redes de la Amsterdam y la Colombes. “Seba” apenas pasa los 40, aunque debutó profesionalmente a los 15, haciendo la locución de partidos de la B en el Estadio Charrúa. Desde niño destacaba por su voz, comprensión lectora e interpretación, y solía ser elegido para los actos oficiales de la escuela. “Cuando la gente conoce al Seba no lo puede creer. Le dicen: ‘Loco, yo te escucho desde...! ¡No podés ser la Voz del Estadio! ¿Qué vivís, adentro de un freezer?’, cuenta el padre, todo orgullo. Rafael García es operador de cabina desde 1978, en los tiempos de Heber López Alegre, el Gordo, la mítica voz del Estadio, cuyo estilo de locución comparte Seba, y por eso la gente se confunde y cree que es “la misma voz de toda la vida”.

Padre e hijo juegan de espaldas, con la precisión de lo que se hizo innumerables veces: mientras uno hace locución, el otro opera y pone play al comercial de la automotora que pide no caminar en vano, al del niño que se jacta de tener una abuela que le pone queso rallado al queso rallado, al de la marca del chorizo extra que en la parrilla no puede faltar y al de la casa de repuestos que siempre tiene un cliente más para atender. Toda una memoria auditiva de domingo en el cemento. “Increíblemente, los avisos en vivo no me los sé de memoria. Si no tengo los cartones enfrente, me lleno de inseguridad, por terror a equivocarme”, cuenta la Voz, que aprendió el oficio con la naturalidad de observar y escuchar al mítico Gordo, de quien heredó, además de su estilo, la postura y los códigos, sin impostar ni engolar.

La Voz del Estadio no es la de un adulto mayor, como piensa mucho aficionado que cree reconocerlo desde hace más o menos mil años, desde que Artime y Morena inflaban las redes de la Amsterdam y la Colombes. “Seba” apenas pasa los 40, aunque debutó profesionalmente a los 15, haciendo la locución de partidos de la B en el Estadio Charrúa.

“Van… minutos del… tiempo. Y usted no pierda el tiempo, por rulemanes vaya a la esquina de… y todo rueda mejor”, dice la cartulina con la letra del Gordo.

Seba no tuvo una formación técnica de locución; solo hizo un curso de periodismo en la UTU y otro de foniatría con el actor Roberto Fontana: “Él siempre ponía el ejemplo de los vendedores de feria, cuyo oficio de vender al grito les va asentando la gola”.

Rafael aún conserva la primera locución de Seba en casetes que datan del año 2000, cuando un miércoles jugaban Nacional y Central Español en el Centenario. Desde entonces, padre e hijo comparten centenares de partidos con esa convivencia que dan las horas de cabina. “Una vez dejamos el micrófono abierto y la gente nos pedía a gritos que bajáramos la radio”, recuerda Rafael. Otra del padre: “Si el partido es muy aburrido, de esos que van de Olímpica a América, me pongo a ver una película de cowboys. Algunas veces llego a casa, veo el resumen en la tele y ahí me entero: ‘¡Qué golazo hizo este!”.

Ahora tienen menos trabajo porque Peñarol y Nacional ya no suelen jugar en el Estadio. “Pasamos de 20 o 30 partidos al mes a, con suerte, dos o tres del Torque, y tiramos cuetes”, dice Rafael. Cobran por partido —el doble si juega Uruguay o toca un clásico—, más una comisión por la venta de menciones publicitarias, como los periodistas deportivos radiales. La mayoría de los avisos los graba la Voz en un estudio casero del padre y empiezan a emitirse una media hora antes del juego, haya público o no.

—Vo, Seba, faltan diez minutos. ¿Coordinamos con el tablero y largamos los nombres?

—Dale.

Al minuto suena el timbre de anuncio oficial. La Voz escanea los nombres de los jugadores en la plantilla y lee un cartón: “Informa el mundo de las mangueras… Integración de los equipos que disputarán el siguiente encuentro...”. Y apenas realizará una breve pausa antes de anunciar el nombre del capitán y goleador del club grande.

Ver al Barça aburre

La tarde es radiante, el césped está en condiciones y los muchachos corren y meten, se tiran al piso cada vez que hace falta. Mientras, otros muchachos gritan y cantan sin parar en la tribuna popular. El partido es tenso y chato, sin alardes; puede ser, si acaso, emocionante, con más mecánica que talento, con más pelotazos que pelota contra el piso. Un equipo peleón que se juega la permanencia contra un poderoso que aspira al Campeonato Uruguayo. Cero fantasía, trabado en mitad de la cancha, lo que caracteriza a un torneo local perfectamente devaluado en una escenificación darwinista, donde los más fuertes, los clubes grandes, disponen de más y mejores armas, y pelean todos los títulos de entrecasa. La garra, al fin y al cabo, es eso: ganarle al que tiene más recursos.

A la Voz le agrada el fútbol local: “Me gustan los partidos peleados, parejos. Ojo, tampoco me paso el día viendo fútbol, me canso”. El tema del disfrute es muy reñido. Este locutor se queda con el choque, la lucha y el nervio, donde la voluntad vale más que toda exquisitez europea. “Por ahí veo al Barça en casa y me aburro”, agrega. Su padre cuenta que los que trabajan en el fútbol hablan siempre del sueño del pibe; te dicen lo increíble que es que te paguen por algo que vos pagarías por hacer, que harías de todos modos, por placer. Ambos hablan de fútbol en charlas de oficina o con amigos, pero a pesar de haber visto tantos partidos, no se consideran expertos. “Todos suponemos que sabemos de fútbol. Yo debo haber visto acá más partidos que el Toto”, sonríe la Voz al referirse al comentarista Jorge da Silveira.

Como los señores de los palcos, la Voz también dispone desde hace meses de una tele propia —un monitor de 20 pulgadas— para ver las jugadas desde distintos ángulos y evitarse confusiones. Solía usar prismáticos, pero se le rompió hace un par de años.

La hinchada protesta una falta. Seba y Rafa levantan la vista. Esperan el color de la tarjeta. Ven que el árbitro saca la amarilla. El jugador se da vuelta volviendo a su posición luego de recriminarle al árbitro. Seba y Rafa aprovechan para ver el número.

—¿Cuál fue?

—El 15.

—¿Cuál?

—¡El 15, Seba!

—Pah, sabés que lo anoté mal...

La Voz lamenta no haber vivido las gestas libertadoras que sí gozó su padre en el Estadio, hace ya 30 años. Desde que se estrenó como la Voz, Sebastián no vio a ningún club uruguayo campeón de algo continental; sí cuatro clasificaciones mundialistas de la Selección y casi todas las finales criollas de los últimos 18 años.

“Hubo tarjeta amarilla para el número 15…”, avisa por los parlantes. Dicen que algunos aficionados protestan porque se demoran en anunciar un cambio o al autor de un gol. “No tenemos apuro, no somos radio, no hay competencia, no queremos errarle”, aclaran los García.

En las tribunas, casi todas teñidas del color del grande, insultan más allá de toda conveniencia. Mientras van menos de 15 minutos del primer tiempo alguien golpea la puerta de la cabina. Seba y Rafa miran hacia atrás y saben cuál es el motivo del llamado. Entra un policía, que les pasa una orden del jefe de seguridad de la AUF, Rafael Peña. Tienen que leer el comunicado  que les pide a las hinchadas que dejen de cantar estupideces, esas que glorifican el asesinato de un rival o le advierten que empiece a correr porque si no, la vejación será inminente.

“Recordamos al público asistente que la entonación de cánticos agraviantes a personas o instituciones puede causar la suspensión del partido”.

Siempre hubo violencia alrededor del fútbol. Partidos suspendidos, destrozos, heridos y detenidos, balas de goma y gases lacrimógenos, son parte de un presente continuo. “La violencia aumentó cuando apareció aquel muñeco inflable de la gallina. Ahí empeoró todo. O eso es lo que se ve de acá”, apunta la Voz.

Al rato, la hinchada cambia de tema y canta: “Porque tenemo’ aguante/ aguante de verdad…”. Y luego se dirige a los jugadores para exigirles que entreguen lo que corresponde: “Ponga huevo, huevo, sin cesar/ que esta tarde, cueste lo que cueste/ esta tarde tenemos que ganar”.

National Speaker en Rusia

Seba y Rafa se dedican a vender anuncios e informan sobre el autor de cada gol, cada cambio de jugador, amarilla o expulsión; también han manejado ofertas para hacer locución en otras canchas, como si fuese un mercado de pases. La propuesta laboral más tentadora que recibieron fue para que la Voz del Estadio pasara a ser la del Campeón del Siglo. Pero la empresa contratista no llegó a un acuerdo. Y mejor así, coinciden ambos, porque “las canchas partidarias te piden que animes al club, que tomes partido”, y “animar no es lo mío”, insiste Seba.

Otra fue la historia con el Mundial de Rusia, cuando la Voz fue convocada por la FIFA para ser un National Official Speaker: “Nos llamaron de Moscú en pleno Mundial para locutar por la Selección. Pensamos que era joda”, cuenta Rafa. “Me llegó un mensaje previo al partido Uruguay-Portugal que invitaba a Seba a ser el locutor oficial de la selección uruguaya a partir de los cuartos de final si Uruguay conseguía la clasificación”. La FIFA le costeaba pasajes, hotel y estadía a Seba, que cambiaría la cabina pequeña y los pasillos viejos del Palco Oficial para retumbar en la modernidad de un estadio mundialista al otro lado del Atlántico.

Llegó a Nizhny Novrogod un día antes del partido Uruguay-Francia y tuvo que conseguir de apuro una camiseta de la Celeste por requisito de FIFA. Se la pidió a un dirigente porque nunca tuvo ningún contacto con jugadores de la Selección más allá de nombrarlos. Fue la primera vez que sintió nervios “de verdad” al recitar la formación del equipo, a tal punto que no pudo disfrutar del partido. Y tampoco se acuerda de casi nada a pesar de haber sido de los pocos uruguayos que fueron testigos in situ de la velocidad de Mbappé, la elegancia de Pogba y el pedido de perdón de Griezmann después del segundo gol. Como turista disfrutó menos. Apenas unas vueltas por Nizhny antes de volver al aeropuerto para embarcar a Montevideo. La Plaza Roja de Moscú la vio desde el aire. Todo muy efímero, pero lo remarca como una experiencia inolvidable: la primera vez que vio a la selección fuera del Centenario.

“¡Café-café!”. Se asoma un vendedor por la cabina. “¿Cafecito?”, invitan los García y cambian de frente.

¿Dificultades del oficio? “Hay nombres de equipos exóticos que cuesta pronunciar, como los jugadores de Uzbekistán, pero igual se saca por fonética”, explica la Voz y sonríe al recordar algún mal trance. ¿El mejor partido? “Recuerdo una goleada de Uruguay a Chile y un partido de Defensor contra un equipo ecuatoriano por la Libertadores que fue gol a gol, con resultado cambiante. Pero al final es como que todos se te empastan en la memoria”.

La Voz lamenta no haber vivido las gestas libertadoras que sí gozó su padre en el Estadio, hace ya 30 años. Desde que se estrenó como la Voz, Sebastián no vio a ningún club uruguayo campeón de algo continental; sí cuatro clasificaciones mundialistas de la Selección y casi todas las finales criollas de los últimos 18 años.

En la cancha, a unos cuantos metros, continúa el típico partido en el que el cuadro grande ataca y empuja al chico contra su arco, con ansiedad y ganas pero sin puntería. El juego se vuelve repetitivo y abúlico. Mientras, el chico aguanta como puede el arco en cero y en su única llegada, tras una serie de rebotes, consigue marcar. Será el único festejo, un rugido espasmódico de gol que retumba en el cemento ante una multitud silenciosa, que de inmediato se larga a insultar en todas direcciones.

Cada noche antes del partido los jugadores sueñan con ser el mejor de la cancha, hacer el gran gol en la hora o tener la gran atajada. O con un mal partido que empaña todo lo anterior. Para la Voz, la pesadilla es otra: “He soñado que arranca el partido y no tengo la integración de los equipos”.

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