Por las restricciones legales en Uruguay, cada vez más personas buscan la maternidad subrogada en el exterior; Laura y Guillermo cuentan cómo es el proceso y cuánto cuesta

La calidez detrás del “vientre de alquiler”

10min
Nº2019 - al de Mayo de 2019
Por Florencia Pujadas

Cuando León cumplió tres años, recibió un muñeco con un botón que al apretarlo repetía los latidos del corazón de su hermano, que estaba a unos meses de nacer. Mientras esperaba su llegada, el niño seguía el embarazo con fotografías de la panza y ecografías como la 3D, que su madre Laura llevaba colgada en un collar. Sabía que no iba a poder notar el crecimiento del bebé de cerca ni iba a poder dormirse contándole historias a la embarazada. Y es que después de enterarse de que tener un nuevo bebé podría ser riesgoso, sus padres habían decidido tener un hijo a través de una gestación subrogada, un método un tanto desconocido en Uruguay. “Cuando supimos que era riesgoso tener un bebé, debimos analizar otras opciones. No tener otro niño no era una opción válida”, recuerda Laura (cuyo nombre, como todos los citados en esta nota, fue cambiado), dos años más tarde.

Matías fue gestado con el embrión de la pareja en el vientre de Sharon, una maestra que es madre de dos hijos y vive en las afueras de Chicago. Durante el embarazo su hermano León estaba tranquilo porque sabía que los hijos de Sharon —en sus palabras, “sus amigos de Estados Unidos”— por las noches le leían al futuro bebé cuentos en español. Unos meses más tarde, la familia estuvo en el parto de Matías, que pesó más de cuatro kilos y se alimentó con la leche materna de Laura, que se estimulaba hacía un tiempo. “Tuvimos una conexión desde el primer momento en que se prendió a la teta. Como no lo tuve en la panza, sentí que tenía que hacerlo”, cuenta la madre.

Un nuevo intento. Antes de recurrir a un vientre subrogado, Laura pensaba que no iba a tener problemas para sobrellevar un embarazo. Pero su idea cambió cuando el ginecólogo le advirtió que sería riesgoso después del nacimiento de León, su primer hijo. “No me sentía mal pero tuve que pasar las últimas diez semanas de mi embarazo internada porque tenía mucha presión y no me la podían controlar; estaba al borde de la preeclampsia”, recuerda Laura. Su ginecólogo y el cardiólogo la internaron a las 25 semanas y esperaron —con controles, medicación y transfusiones de sangre— a que León pesara más de dos kilos para programar la cesárea. Como el parto salió bien, los padres primerizos no recordaron la advertencia del ginecólogo hasta que decidieron tener su segundo hijo, dos años más tarde. “En el parto, cuando me lo dijo, me reí, pero después nos dimos cuenta de que era un riesgo real”, cuenta Laura. Su marido, Guillermo, agrega: “Si hubiese sido por ella, y no hubiésemos tenido la responsabilidad de cuidar a nuestro primer hijo de por medio, se hubiese tirado al agua por sus ganas de ser madre”. Tras asesorarse con especialistas —y considerar otras opciones como la adopción—, esta pareja se reunió con una ginecóloga que les explicó en qué consistía la maternidad subrogada. “Nos dieron mucha información pero estábamos un tanto perdidos. Ahora, después de pasar por el proceso, entendemos los pasos que había que seguir. Pero era nuevo para nosotros”, dice Laura. Lo cierto es que no solo era nuevo para ellos: la ley de reproducción asistida que incluye la subrogación uterina para acceder a la maternidad, en Uruguay se aprobó en 2013.

Con quejas sobre sus condiciones y algunos cuestionamientos desde la ginecología, la normativa indica que las personas que accedan a este tratamiento —que en Uruguay ronda los 8.000 dólares— deben tener una enfermedad genética o adquirida, y el embarazo debe ser portado por la hermana o cuñada de la mujer. “Cuando leímos las condiciones sentimos que no era el camino apropiado. Nos parecía extraño que nuestro bebé estuviese gestado por una persona que luego iba a ser su tía”, opina Guillermo.

Después de investigar y obtener información sobre parejas que estaban en situaciones similares, decidieron realizar el tratamiento —que se eleva a 120.000 dólares— en el exterior. “Es muy costoso y tuvimos que pedirles ayuda a nuestros padres. Tuvimos su apoyo y estuvimos acompañados”, cuenta Laura.

Entonces, tenían dos posibilidades: llevar el embarazo en India o en Estados Unidos. “Ambos países tienen la regulación, pero por la cercanía y el conocimiento de las estrictas regulaciones estadounidenses decidimos hacerlo allí”, cuenta Laura.

Un camino regulado. En los últimos años, Estados Unidos se convirtió en un punto de referencia para la maternidad subrogada. Mientras en muchas regiones del mundo la práctica está prohibida o regulada con normativas  restringidas, en este país se desarrolló una industria alrededor de la fertilidad que cada vez atrae a más parejas o personas solas. Así, se abrieron clínicas especializadas para clientes europeos y latinos; integrantes de la comunidad gay también utilizan el método. Hay abogados especializados, que son un actor fundamental durante el proceso. “Estas agencias —para decirlo de una manera simple— funcionan como lugares de solos y solas con una base de datos de candidatos de todos los tipos que te puedas imaginar”, cuenta Laura. Pero hay condiciones obligatorias que se deben cumplir: las candidatas tienen que haber sido madres y asegurar que no quieren tener más hijos. Después, la oferta es enorme. Están las mujeres con experiencia y las que se presentan por primera vez. Las que llegan porque consideran que es una forma de ayudar a los que no pueden tener hijos, y algunas que utilizan el pago como un extra para sus hogares. No les da para mucho más: el dinero que reciben suele rondar los 30.000 dólares, una cifra que está por debajo del salario promedio anual. “No lo hacen por la plata, es algo más vinculado al agradecimiento y a la retribución”, cuenta Guillermo.

Tras analizar el panorama —que puede resultar abrumador— esta pareja de uruguayos decidió centralizar el embarazo subrogado en una clínica en Chicago. Tuvieron que llenar un extenso formulario para contactarse con las posibles candidatas. “Nada está librado al azar. Tenés que especificar cosas, desde si te importa la religión de la mujer hasta si te molesta que viva con fumadores y sus hábitos”, recuerda Guillermo. Se debe prever qué ocurre si el bebé tiene una discapacidad —en caso, por ejemplo, de que los padres quieran abortar y la portadora no— y qué ocurre si ella fallece durante el embarazo. “Es importante que estén por escrito hasta factores que quizás no se te pasan por la cabeza”, dice Laura. Después de poner sus condiciones, Laura y Guillermo tuvieron entrevistas con más de una candidata hasta que encontraron a Sharon, la mujer que llevó su embarazo. “La conocimos por Skype, estábamos las dos con nuestros maridos y parecíamos dos parejas que estaban en una cena. Lo sentimos como algo natural”, recuerda Laura. “En términos románticos, fue amor a primera vista”, dice su marido.

Un vínculo atípico, un embarazo normal. Todo pasó muy rápido. Después de conocer a Sharon y a su marido, los futuros padres viajaron a Chicago con León para empezar el tratamiento. Instalados en la ciudad, y con varias escapadas para pasear en familia, Laura estuvo en una clínica de fertilidad para hacerse una fecundación in vitro y generar los embriones. También tenían la posibilidad de hacer este proceso en Uruguay, pero decidieron viajar a Chicago y conocer a Sharon. Mientras estaban en los días de estimulación, la pareja manejó dos horas hasta el pueblo donde ella vive y se quedaron unos días con su familia. “Me imagino que la sensación y expectativa que teníamos antes de verla era similar a las que sentían las mujeres del pasado al ver al hombre con el que iban a casarse sin conocerlo. Es un sentimiento indescriptible, la visita resultó ser muy natural y nos unió más durante el embarazo”, recuerda Laura. Pero para la llegada de Matías todavía faltaba mucho.

Durante esos días se enteraron de la historia de la familia, las razones que la llevaron a la clínica y hasta conocieron a los padres de Sharon. Pasaron tardes enteras en la plaza y León decía que los hijos de ella eran “sus amigos de Estados Unidos”. “Tuvimos una conexión instantánea. En la agencia nos dijeron que era un caso bastante atípico, pero nos resultó natural”, cuenta Guillermo. Y este concepto, “natural”, se repitió varias veces durante el embarazo.

En la clínica de fertilidad, de regreso a la ciudad, formaron embriones con la extracción de óvulos de Laura y la muestra de esperma de Guillermo. La pareja pronto volvió a Uruguay. Una vez que Sharon también pasó por el período de estimulación, hicieron una primera transferencia para provocar el embarazo. Pero el resultado no fue el que esperaban.

Los médicos les habían aconsejado que el procedimiento con un solo embrión era más eficaz, pero la pareja quiso intentarlo con dos por el elevado costo del vientre subrogado. “No creíamos que pudiéramos hacerlo de vuelta y nos arriesgamos. El problema fue que nosotros no veíamos la posibilidad de que no prendieran porque considerábamos que nuestros embriones estaban sanos. Mi marido, que fue el primero que se enteró, quedó horrible. Me llamó por teléfono porque estaba de viaje y yo no pude entender nada”, explica Laura.

Las estadísticas son cada vez más alentadoras, y los procesos mejoraron en el último tiempo, pero las transferencias pueden fallar. Por esta razón, en el primer formulario se determina cuántas veces la pareja y la portadora del embarazo están dispuestos a intentarlo. Está explicitado que en estos casos ellas solo cobren unos 500 dólares por haber pasado por el mes de estímulo. “Pero no nos detuvimos, íbamos a volver a intentar”, dice Laura. Así, después de pasar unos días marcados por la decepción, recibieron un llamado con la noticia que hacía tiempo esperaban escuchar: “Van a ser padres”. Detrás del teléfono estaba Sharon, que se había hecho un análisis de sangre que comprobó su embarazo.

Al ser un embarazo atípico, y que ocurría fuera de su cuerpo, Laura “rezaba cada semana” para que el bebé tuviera un desarrollo normal. “Seguimos paso a paso todas las etapas y todo salió normal. Teníamos un grupo de WhatsApp entre los cuatro y estábamos siempre al tanto”, dice hoy la madre de Matías. Durante los siguientes meses, su celular no paró de recibir mensajes con ecografías, fotografías que mostraban el crecimiento de la panza y videos con los latidos del corazón de su bebé. Mientras tanto, la pareja enviaba dinero a una cuenta por fuera del seguro —que funcionaba con un mecanismo similar a un fideicomiso— para pagar los gastos del embarazo de Sharon, como la medicación, los viajes por estudios y hasta la ropa.

El día en que se programó la cesárea, compraron los pasajes para ir a Estados Unidos con León. El viaje incluyó una escapada a Disney, como último recuerdo de los tres, y una estadía en Chicago, el lugar donde iba a nacer su segundo hijo. Además de la pareja, viajaron los padres de Laura y una de sus mejores amigas, que vive en Estados Unidos. Así, después de los paseos y con una enorme ansiedad, la familia pasó la última noche antes del nacimiento en la casa de Sharon. “Es difícil describir la escena, pero fue emocionante y natural. Cenamos (aunque ella no pudo comer porque tenía que estar en ayunas) y sus hijos pasaron jugando con León”, cuenta Guillermo.

Un día para recordar. Cuando Laura oyó por primera vez: “Felicitaciones, este es tu hijo”, no supo cómo reaccionar. Después de soñar con este momento, la madre se erizó al sostener a su segundo hijo en sus brazos. Mientras el marido de Sharon grababa el parto con la cámara, la pareja miró cómo le cortaban el cordón umbilical al bebé de cuatro kilos, que les resultaba “un gigante” comparado con León. “Pasó tan rápido que no entendimos nada. En vez de estar acostada, yo estaba parada y me costaba procesarlo. Cuando lo pusieron en la balanza estábamos los dos duros. Ella estaba en la cama y no dejaba de felicitarnos. No caímos en que estábamos teniendo al bebé”, recuerda Laura. Pero esa extraña sensación cambió en el momento en que Laura se acostó en una cama en la habitación de al lado para amamantarlo por primera vez. Durante los meses anteriores, y con asesoramiento médico, ella se estimuló porque sentía que tenía que pasar por “esa parte especial” con su hijo. “Quería darle teta. Como no lo había tenido en la panza, necesitaba tener ese vínculo. Y prendió enseguida, pero como nada lo saciaba empezó con complementos. Le di teta por tres meses”, recuerda.

Mientras estuvo en el hospital, Laura se quedó en la habitación y recibía visitas constantes de su marido con León, sus padres y su amiga. De a ratos la madre iba al cuarto de Sharon para mostrarle el bebé. No podía separarse de su hijo. En Estados Unidos existe una estricta política para cuidar a los bebés con pulseras magnéticas que se activan cuando se distancian de sus madres. Pero Laura tampoco quería alejarse. “Cuando nos fuimos del hospital no podíamos creerlo. Después de esos meses, y gracias a que tuvimos a una subrogadora tan cálida, habíamos logrado tener un hijo. Era una sensación increíble”, cuenta Laura.

A las tres semanas, la familia obtuvo el pasaporte de Matías y una supervisión médica que aseguraba que estaba en condiciones de viajar en avión. Ahora, que ya pasaron dos años, los dos hermanos son los reyes de la casa. La única diferencia que tienen ante el Estado es que en la cédula del más chico dice que es hijo de Guillermo y Laura, pero nació en Estados Unidos. “La realidad es que vivimos por un proceso sano y muy natural. Es cierto que tantos papeles, trámites y etapas provocan ansiedad. Y pasamos por distintos momentos. Pero lo volveríamos a hacer por los niños. Los dos son nuestros hijos y no sentimos ninguna diferencia. Es más, son iguales fisicamente: solo que el grande es flaco y el más chico es un gordito”, aseguran los padres.

Uruguay: una ley solo para mujeres y parejas heterosexuales

Además de tener que probar la imposibilidad de gestar un embarazo y recurrir a una hermana o cuñada para un vientre subrogado, la ley de reproducción asistida en Uruguay está planteada para mujeres y parejas heterosexuales. No están contemplados los casos de hombres o de parejas homosexuales masculinas, y el límite para acceder al tratamiento es de 40 años. Al mismo tiempo, esta normativa indica que la solicitud tiene que ser estudiada por un equipo médico, que eleva un informe a la Comisión Honoraria de Reproducción Asistida. Y la persona que provea su útero tiene que haber tenido al menos un hijo. Por esta razón, y aunque no hay datos específicos, los médicos y ginecólogos aseguran que los casos de maternidad subrogada aumentan en el exterior. Mientras en Estados Unidos la maternidad subrogada cuesta unos 120.000 dólares (aunque puede llegar a 160.000), en Uruguay el tratamiento cuesta alrededor de 8.000.

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