Romina Bentancur

La dimensión desconocida

5min
Nº2023 - al de Junio de 2019
Juan Andrés Ferreira

Lo primero que se ve es a Rosina, de espaldas a la cámara, que escapa de su padre. Luego se sabrá por qué lo hace. Más tarde, poco antes de los créditos finales, lo último que aparece es otra vez Rosina, solo que ahora caminando de frente a la cámara. Quizás ya no huye. Quizás algo ha cambiado.

La ópera prima de la uruguaya Lucía Garibaldi, Los tiburones (Uruguay-Argentina-España, 2019), se estrenó el jueves 6 en varias salas, precedida de importantes reconocimientos internacionales, entre ellos: el premio Cine en Construcción del Festival de San Sebastián, el Premio Especial del Jurado de la Competencia Internacional en el BAFICI de Buenos Aires, además del Premio Mejor Película en el Festival de Cine de América Latina de Toulouse, el Premio Mejor Actriz, Mejor Guion y Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, y la distinción para Garibaldi, también guionista del filme, a la Mejor Dirección en el prestigioso Festival de Sundance.

Los tiburones es una obra sobria y sutil. Y también elocuente, sin necesidad de subrayar nada. Hay una puesta en escena clásica, sin estridencias, en la que late una estética pop (el uso de los colores y de la cámara lenta, desde los créditos, sugieren por dónde van los tiros). Hay inocencia y malicia, seducción y manipulación. Hay sudor, pegotes. Hay un oído afinado para los diálogos. Y bidones y botellas de agua por todas partes. Y en medio (y a veces por encima) de todo esto está Rosina, protagonista absoluta, notablemente interpretada por Romina Bentancur.

Rosina tiene 14 años. Está en esa etapa de la vida en la que los seres humanos son (o se sienten) auténticos mutantes. Rosina colabora con su padre realizando trabajos de jardinería en el balneario donde vive con su familia. Un día cree ver una aleta de tiburón asomándose cerca de la costa. El rumor no tarda en circular entre los vecinos. Y con él, la preocupación de los pobladores por cómo semejante aparición puede afectar al turismo y a la economía de la zona. Mientras esto sucede, una pequeña revolución se agita dentro de ella. Entre los jornaleros que trabajan con su padre está Joselo (Federico Morosini), un chico un poco mayor que ella y por el que empieza a sentir una evidente atracción sexual. Flaco y ligeramente encorvado, ahí está Joselo: ojos claros, gorro Adidas, camiseta del Alianza Lima, actitud entre despreocupada y arrogante, enchufado a los auriculares, pescando en voz alta algún tramo de Asado de fa, de Sara Hebe (“Yo seré un cachivache y vos sos pura facha”).

La historia, como en varias películas uruguayas recientes, transcurre en un ecosistema especialmente rico para registrar las aristas terrajas y decadentes de los hábitos y costumbres que se asocian con lo uruguayo: un balneario. Y en este en particular, por estos días, hay problemas con el abastecimiento de agua corriente. Y hay que cargar bidones y botellas para bañarse y limpiar. Mariana (Antonella Aquistapache), la hermana de Rosina, pregunta si tiene que comer sí o sí este plato, que tiene mayonesa pegada de ayer. Tal vez es mejor lavar los platos con agua de la playa.

El humor está en la carne del relato: en la escena en la mesa, con la familia comiendo, un momento en el que se habla de varios asuntos y no todos precisamente reconciliables o comprobables (toninas, tiburones, óvulos, menstruación), en las presentaciones en vivo del programa de televisión que Rosina mira en la laptop (Demostrando tu talento), en muchos diálogos (como el de los tatuajes).

Pueden percibirse cepas de otras dos notables obras. De Whisky (Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll), por ejemplo, en la necesidad de algunos personajes de crear un relato hacia el afuera (“No quiero que digas por ahí que tenemos problemas de plata”, le dice la madre a Mariana). La música (notable) de Fabrizio Rossi y Miguel Recalde, con esos sintetizadores que coquetean con la cumbia, la conecta con Los enemigos del dolor, otra película protagonizada por un alien que aterriza en un mundo desconocido. Porque Los tiburones también es una película sobre lo que es sentirse un alien. Quizás por eso también se percibe cierto aroma a ciencia ficción.

Como ocurre con algunos de los filmes fantásticos o de horror (Nosotros de Jordan Peele, La niebla de Frank Darabont o Los pájaros de Alfred Hitchcock), Los tiburones explora la irrupción de un misterio que amenaza la aparentemente apacible vida de una comunidad. Lo hace dentro de un marco cinematográfico con elementos que suelen identificarse con el coming-of-age, género enfocado en el pasaje hacia la vida adulta, aunque hay escenas envueltas en una atmósfera casi (o enteramente) de ciencia ficción, como cuando Rosina observa a esa extraña y larguirucha criatura de otro mundo, Joselo, moviéndose al otro lado de un vidrio empañado. Entre la luz y la penumbra, Rosina está a punto de ingresar a la dimensión desconocida. Y ha decidido que sea Joselo quien la lleve a atravesar el umbral. Sin embargo, el primer encuentro (comillas) íntimo (comillas) con el muchacho de voz quebradiza y camiseta del Alianza Lima parece ubicarse a una distancia bastante lamentable de sus expectativas. Y, durante esa breve e incómoda escena, una vez más la mirada y los gestos de Rosina dicen mucho. Lo de Bentancur es sencillamente excelente. No solo en esta escena. Bentancur actúa con todo el cuerpo, con esos dedos largos y finos y con esos silencios y esos ojos que dicen tanto o más que sus acciones.

Una de las características que hacen de Rosina un personaje particularmente atractivo: su ambigüedad. En Los tiburones se ve cómo ella mira el afuera, pero no lo que le pasa por dentro. Aunque hay pistas. Y, sobre todo, hay acción. Porque Rosina es una chica de acción. Y sus acciones no son precisamente (o no siempre) buenas. Lastimó a su hermana (“Cinco puntos le dieron... la reventaste”, dice el padre), y aunque asegura que no fue a propósito en su entorno hay dudas de que realmente sienta algo parecido a la compasión (“¿Te duele?”, pregunta ella, “¿Te importa?”, responde la hermana). Y tras el accidentado primer encuentro con Joselo recurre a estrategias considerablemente cuestionables.

La posibilidad de que lleguen tiburones a las costas cuando falta poco y nada para iniciar la temporada preocupa y atemoriza a los vecinos (crean un grupo de WhatsApp llamado “Alerta tiburones”) y bien puede ser el punto de partida para una película de horror. El enigmático fenómeno que altera la estabilidad de Rosina, el deseo, es de una naturaleza radicalmente distinta al miedo y la preocupación (y también una secreta e íntima curiosidad) que se genera entre algunos habitantes del balneario. Pero el deseo, como el miedo, también provoca inquietud, urgencia, y enrarece incluso las acciones más ordinarias y cotidianas: puede ser un viaje al terminar la jornada de trabajo, puede ser simplemente mirar una espalda desnuda bañada por el sol. El deseo, como el miedo, puede activar y sacar a la superficie lo mejor y lo peor de las personas. Y, en el caso de Rosina, ternura y maldad emergen juntas.

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