La política en su peor versión

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Nº2023 - al de Junio de 2019
por Fernando Santullo

En este bonito año electoral, un poco maloliente como todos los bonitos años electorales, se levantan voces públicas y privadas que llaman a la cordura y a no “ensuciar la cancha”. Se habla de los efectos nocivos de las fake news y de lo mala que puede ser la polarización. Al mismo tiempo, es visible que a muchos opinadores y gente cercana a la política partidaria se les hace agua la boca con la posibilidad de ensuciar de la peor manera a cualquiera que consideren en la vereda ideológica de enfrente. A veces, como en uno de esos colmos de los chistes infantiles, son las mismas personas quienes sostienen una cosa y, al mismo tiempo, hacen la otra.

Así, abundan las descalificaciones, las puñaladas traperas, el encono, la violencia verbal. Como si en vez de estar discutiendo sobre cómo administrar un país y cuáles deberían ser las prioridades a la hora de hacerlo, lo que estuviera en juego fuera algo tan personal como un proyecto de vida. Y es verdad, para quienes viven de la política en todas sus variantes, una elección es parte de un proyecto personal y de vida. Una elección es lo que marca la distancia entre ocupar el cargo y no ocuparlo. Entre ser un insider o un outsider. Entre estar sumergido en la nube del poder político o estar afuera, a la intemperie con los simples mortales.

Dicho esto y mas allá de que quienes promueven el encono son esencialmente quienes viven de crear ese encono y de que los resultados de esa aspereza les resulten favorables, sería una torpeza que quienes no se juegan el sueldo en una elección, asuman como natural o automática esa fiereza premeditada. La polarización siempre implica una simplificación y eso hace que los problemas terminen siendo planteados en términos de unos y ceros. Así, muchos asuntos que requieren una reflexión profunda son dejados de lado en los debates electorales: rinde mucho más un insulto que un dato. Ojo, rinde para los agitadores, pero es un gol en contra para quienes dependen de que quien gobierne lo haga con base en datos contrastados. En la política de los tortazos retóricos, siempre es más vendedor acusar a alguien de ser algo que no es (o que no se ha probado que sea) que señalar un crecimiento de un 2% en cualquier rubro.

La política como intercambio en la plaza pública requiere de algunas condiciones previas para existir. Por ejemplo, asumir que todos somos ciudadanos iguales y válidos. Si yo considero que alguien por su ideología, sus costumbres sexuales, su altura o el color de su piel no es un interlocutor válido, elimino de facto la política. Por eso es una pésima idea intentar hacer política descalificando las intenciones de aquellos que no nos gustan. Las intenciones no son medibles en la arena pública.

Como bien señala el politólogo español Roger Senserrich: “En política, y más durante una campaña electoral, debemos exigir a los políticos que nos expliquen y defiendan qué han hecho, y que hablen sobre qué quieren hacer. Lo que no debemos hacer nunca es cuestionar su patriotismo, su voluntad para hacer que el país prospere y sea un lugar mejor. Podemos estar más o menos de acuerdo con su definición de en qué consiste ser un lugar mejor. Podemos albergar dudas y críticas sobre si las medidas que proponen son efectivas para conseguir los objetivos que dicen quieren cumplir. Podemos, incluso, dudar sobre su honestidad, sobre si sus planes corresponden con la agenda que van a implementar realmente. Lo que no podemos ni debemos hacer nunca es cuestionar sus motivos. Hacerlo representa romper el debate, renunciar a ideas, insultar sin el menor viso o interés en tener una conversación racional”.

Hay veces en que esos motivos son expuestos por los propios personajes y entonces dejan de ser especulaciones y se convierten en hechos, en actos. Es decir, pasan a ser cuestionables en términos de esa idea de política basada en el debate de unas evidencias. Un ejemplo recentísimo y flagrante de esto sería la decisión del presidente del Codicen, Wilson Netto, de postergar la publicación del informe sobre el estado de la enseñanza uruguaya. Según informó El País el miércoles 5, ante técnicos del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed) y autoridades de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), Netto opinó que en un año electoral los resultados podrían ser “utilizados en contra de la educación”. Esto es, contra las autoridades de la educación.

El argumento habla por sí solo: uno de los máximos jerarcas de la educación de un país que no para de sangrar por esa herida, coloca el interés partidario (o personal, no importa) por encima de la posibilidad de que unos datos ayuden a mejorar la complicadísima situación que enfrentan unos estudiantes que, en su mayoría, no logran completar la educación media superior en tiempo y forma. Aquí ni hace falta suponer agenda o intenciones: estas son explicitadas por Netto, quien las convierte en hechos que tienen el poder de afectar las vidas de las personas. Es decir, la clase de material que sí se puede medir y discutir en la arena pública.

¿Quiere esto decir que, pese a todo lo argumentado antes, es razonable meterse en el lodazal de insultos y bajezas que empaña todo bonito año electoral? De ninguna manera. A lo que nos interpelan decisiones como la de Netto (que ya había logrado que el director ejecutivo del Ineed, el argentino Mariano Palamidessi, renunciara tras recibir “presiones políticas”) es a discutir sobre unos hechos, sobre unas acciones, no sobre sus posibles intenciones. Que son totalmente irrelevantes si lo que queremos es centrar el debate en lo real y en lo medible. Y allá cada uno con su conciencia y sus motivos, que eso es harina de otro costal.

Hace un par de días, cuando subí a Twitter la columna de la semana pasada, se generó un interesante intercambio con el diputado del MPP Tati Sabini, ideológicamente cercano a Netto. El representante comentó que la columna le parecía un buen aporte e introdujo un par de apuntes. El primero era una opinión y el segundo una serie de datos que matizaban algunas de mis afirmaciones. El intercambio que siguió fue, por suerte, sobre los datos. Y en ese intercambio, respetuoso, abierto al contraste y a la posibilidad de rectificar los puntos de vista planteados, tuve la sensación de que había algo de esa política de verdad. La que no se concentra en buscarle intenciones malignas al adversario, sino que se preocupa por los hechos y por aquellos que son el sujeto del intercambio. Y que en ese caso eran, obviamente, los estudiantes. No Sabini, Netto, yo, los partidos o el sistema político.

No es solo que las agendas de ciudadanos y partidos no siempre coincidan (el gesto de Netto deja eso claro por enésima vez). Es que los estilos y temas en el debate tampoco tienen por qué coincidir. Y es responsabilidad de los ciudadanos marcar la cancha y apostar por una política basada en la evidencia, no en las intenciones. No hacerlo nos condena a caminar todo este año por un campo minado de insultos, descalificaciones y ataques ad hominen. Ese campo minado que es la política en su peor versión.

✔️ Sobre repetición, atajos y hombres de paja

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