La tolerancia de la barra brava

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Nº2032 - al de Agosto de 2019
por Fernando Santullo

Decir que dentro de todos los partidos que participan del juego democrático existen sectores destituyentes de la democracia no es ninguna novedad. No lo es desde el momento en que en este país, sectores de todos los partidos políticos aplaudieron la llegada de los militares al poder allá por febrero de 1973. Que las “ideas” que latían detrás del aplauso fueran diametralmente opuestas en muchos sentidos, no nos debería hacer olvidar aquello en lo que sí coincidían y que motivó aquella agitación de palmas: esos sectores, fueran de derecha o izquierda, descreían de la democracia y veían como algo positivo y hasta esperanzador la intromisión de los militares en la vida civil.

En esto, como en tantos otros asuntos, el eje izquierda/derecha no parece servir de mucho. El eje parecería ser más bien entre quienes aceptan las normas de la democracia y creen en la posibilidad de modificarla usando las reglas de reforma que tiene esa misma democracia y entre quienes ven a la democracia apenas como una estación de paso en el camino hacia “algo mejor” que casi nunca es explicitado (no, querer un mundo mejor no cuenta, no hay nadie que no quiera un mundo mejor), no vaya a ser que si se hace explícito, la gente salga corriendo para el otro lado.

Pese a la existencia de esa gente, Uruguay aparece bastante alto en todos los listados de virtudes democráticas. Según The Economist, el paisito se ubica en el lugar 15 entre las 20 democracias plenas del orbe, cuatro lugares por encima de España, por ejemplo. Esa ubicación en el listado (que mide proceso electoral, pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, cultura y participación política) se construyó justamente gracias al trabajo que colectivamente se hizo en dirección opuesta a la de quienes ven a la democracia como un instrumento desechable. Es decir, fue construida por demócratas de todo cuño que, hasta donde dice el ranking y podemos ver en los hechos, vienen ganándoles de mano a quienes aseguran tener un mejor plan para todos nosotros.

¿Porque todo este rollazo infernal en el arranque de una columna de actualidad? Porque la única manera de sostener el lugar en ese ranking y de seguir gozando de las libertades que tanto nos enorgullecen cuando las menciona un medio de prensa del exterior, es discutiendo con quienes creen que el espacio público es suyo en exclusiva y que cualquier mirada que no coincida con la suya debe ser eliminada. ¿Eliminada cómo? No a partir de discutir qué ideas son mejores al contrastarlas con la práctica, sino de intentar amedrentar, agredir e insultar a quien piensa distinto.

Algo de eso se vio en la campaña en favor de activar un referéndum para derogar la vigente Ley Integral para Personas Trans. Entre quienes estaban a favor del intento de derogación se mezclaron opiniones discutibles con mentiras abiertas, que colocaban la ideología y los prejuicios por encima de cualquier consideración. Entre quienes se oponían a la consulta, apenas unos pocos se dedicaron a desmontar los errores y mentiras de los partidarios de la derogación. La mayoría creyó que con llamarlos “fachos” y “soretes” se arreglaba el asunto. Es decir, un problema tan delicado como la defensa de una ley que intenta terminar con la discriminación continuada de una minoría especialmente vulnerable, se convirtió en el enésimo Nacional vs. Peñarol, en donde las hinchadas se sintieron habilitadas por la historia, Maracaná, nuestro Señor Jesucristo o el fantasma del socialismo del siglo XXI, a descalificarse mutuamente. Especialmente sangrante resultó ese gesto entre quienes, en nombre de la autoasignada tarea de poner fin a las fobias, el odio y las escupidas de bilis, se dedicaron a volcar toda su bilis, fobias y odio sobre los otros.

Obviando, claro, que se puede estar a favor de dicha ley y entender, sin que exista contradicción, que quienes están en su contra tienen todo el derecho democrático a intentar derogarla. Y es que si en una democracia todas las personas pensaran lo mismo sobre todos los temas, no harían falta ni partidos ni parlamentos. Bastaría con grupos de barras bravas que, convencidos de que su ideología está por encima de los procedimientos democráticos, se dedicaran a recorrer las calles y las redes morales señalando y amenazando disidentes. Obviando también que cualquier ley puede ser discutida. Que de discutir leyes previas es que llegamos a las actuales, precisamente porque alguien se animó a discutirlas y a cambiarlas entonces. Obviando que la mejor ley es la que es aprobada con los máximos apoyos posibles y que eso solo se logra a través del debate civilizado, no del choque entre grupos de malandras agresivos que intentan demostrar que la calle y las redes morales son suyas en exclusiva.

Para terminar, dos ideas: la primera es cuestionar que la democracia directa siempre sea mejor. Acabamos de constatar que, por un lado, quienes suelen defender los plebiscitos, las opciones dicotómicas y la ausencia de mediación como la mejor medicina democrática, son capaces de poner el grito en el cielo cuando ese plebiscito y la binariedad que estos siempre traen aparejadas, parecen operar en contra de su ideología. Por otro, que una ley como esta merece calma y seriedad y no simplificaciones que terminan cargándose cualquier posibilidad de intercambio. No todos los temas se pueden resumir en un sí y un no. Y el ciudadano debería, si de verdad le interesa vivir en libertad, tratar de informarse de los matices para no terminar como un energúmeno trepado al alambrado, puteando al juez y a los rivales.

La segunda idea es que este asunto ha sido usado como coartada para traer a colación la conocida Paradoja de la Tolerancia de Karl Popper: “Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia”. Quienes la citaban venían a decir que era su tarea, la de los verdaderos tolerantes, impedir que esos intolerantes que querían derogar la ley se salieran con la suya.

Popper escribió ese texto en 1945, con la Segunda Guerra Mundial apenas terminada y creo que refleja ese horror de manera inmediata. Por eso prefiero la definición de John Rawls, que es de 1971 y que me resulta más matizada: “Mientras una secta intolerante no sea señalada como intolerante, goza de libertad, la que debe ser restringida solo cuando los tolerantes, sinceramente y con razón, crean que su propia seguridad y la de las instituciones que garantizan la libertad están en peligro”. Usar una herramienta prevista por la Constitución para intentar derogar una ley, votar, perder y aceptar el resultado, no parece especialmente peligroso para la democracia, aun cuando nos parezca detestable el trasfondo de ese intento. Plantarse en la pantomima autoritaria y violenta de quien se sabe mayoría y desde allí insultar a quienes piensan distinto parece, en cambio, ir en la dirección opuesta de todo aquello que ha colocado a Uruguay arriba en las listas de calidad democrática a escala mundial.

✔️ La asepsia imposible

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