Las agallas y el sistema

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Nº2022 - al de 2019
por Facundo Ponce de León

Hay dos ideas que se suelen unir de modo equivocado: el tener agallas y el estar fuera del sistema. Se cree que las personas de principios y convicción son aquellas que están fuera del régimen que critican. Y están en ese lugar lejano justamente porque tienen la valentía de hacerlo. Es un discurso que se escucha con frecuencia en distintos ámbitos: periodismo, política, arte, religión, comercio.

“Te puedo hablar de esto porque no pertenezco a ninguna Iglesia”. “Te lo digo porque estoy fuera del ambiente corrompido de la política”. “Puedo componer música o teatro porque no estoy atado a ningún sello ni compañía”. “Te puedo hablar del ambiente del fútbol porque yo no me caso con nadie”.

Por detrás de estas frases y todas las del estilo, se encuentra la convicción de que es un valor positivo ubicarse fuera del sistema, estar “del otro lado”. Entiendo que esto no aplique a buena parte de los lectores de Búsqueda, pero si ampliamos un poco el espectro son muchos los ciudadanos que se ubican en ese cómodo “no lugar”. Es una pose que da cierta seguridad y sobre todo estatura moral para juzgar.

Durante años este mecanismo se aplicaba con frecuencia contra la televisión. Eran muchos los que afirmaban no mirarla por la basura de sus contenidos. Aunque se podría tener algo de razón en la sentencia, ¿desde dónde se decía? ¿cuál era el valor cultural de menospreciar el electrodoméstico? ¿Se creían fuera de qué sistema? (Eso sin contar la posible hipocresía de los que decían pero no hacían lo que decían.)

En tiempos electorales la postura anti-sistema es común en charlas informales, donde a los pocos minutos aparece siempre alguien o algunos que se ubican en ese olimpo impoluto de los que no se ensucian con el poder y los poderosos. Algunos taxistas han sido paladines de esta actitud, mientras nos llevan de un lado al otro de la ciudad y comentan con desdén y jactancia todas las noticias del día.

¿Qué es un sistema? Es un conjunto de elementos interrelacionados de determinada manera que conforman un todo que funciona. La tierra, el cuerpo humano, la vía láctea, una célula, son ejemplos de sistema. También lo son un Estado, una institución, un partido político, un lenguaje o el tránsito. Los ejemplos se pueden multiplicar, pero alcanza con estos para percatarse de que no hay un fuera de sistema que no sea a su vez entrar en otro.

La persona que se jacta de ser antirreligiosa es alguien que está dentro del sistema ateo que domina la sociedad de consumo. Si se quiere salir de ese rótulo porque le incomoda, quizás prefiera ser parte de los intelectuales de esa sociedad, pero ese, el de los pensadores, también es otro sistema con sus elementos y sus interrelaciones.

No consumir redes sociales te aislará de un sistema, pero eso no significa que no estás en otro, sea el de la vida natural o el de vida pretecnológica en la que vivieron generaciones anteriores.

Lo importante no es tanto saber fuera de qué sistema te posicionas, sino por el contrario entender bien dentro de cuáles te mueves. La valentía se encuentra más en las personas que se introducen en un sistema para transformarlo que quienes lo balconean y critican desde ese misterioso “no-lugar”. Al tratar de entrar en el sistema de cualquier institución humana se corre el riesgo de quedar engullido por el sistema. Ese riesgo es grande. Por eso la valentía es una virtud.

En una de las empresas más exitosas del Uruguay, durante un almuerzo de unas 20 personas, el gerente general preguntó quiénes tenían intenciones de ir a votar en las internas y solo dos levantaron la mano. Estamos hablando de profesionales, con estudios terciaros, salarios por encima de la media, visión global de las cosas.

Está claro que esas 18 personas sienten que no se tocan con el sistema político. No digo que tengan la actitud descrita en los párrafos anteriores. Es otro fenómeno. No es descrédito, no es encono, no es supremacía moral. ¿Pero qué es entonces? Es sentir que viven en un sistema distinto al de la política, que su modus vivendi no se toca con los partidos políticos. Necesitamos entonces un pliegue más en el argumento.

Así como los antisistema son tontos mezquinos disfrazados de inteligentes morales, hay otro grupo de personas que cree que el sistema político no tiene que ver con ellos. No lo desprecian, lo ignoran. Están obligados a votar en octubre y lo harán como cualquier trámite obligatorio: frenar en el semáforo o pagar impuestos. Este grupo es cada vez mayor. Quizás al inicio eran antisistema, pero ahora les da lo mismo.

Hay tres maneras de posicionarse frente a esta realidad: la primera es reconocerla y dejarla fluir, cada cual que atienda su juego, sistemas sin intersección. La segunda es exigir a los ciudadanos participación en la esfera pública. No les gusta el sistema de partidos, OK, busquen otro. El de las ONG, el del voluntariado, el de las comunidades barriales, el universitario. En pocas palabras, hagan algo más allá de su trabajo y de su vida privada: aporten a la comunidad aunque sea fuera de la lógica de partidos políticos.

Una tercera postura es cargar la responsabilidad al sistema político, que debe generar una estrategia para transmitir la importancia de su tarea. Arrimar más gente al sistema, no como meros votantes ni como militantes, sino como ciudadanos que entienden que el sistema de partidos es un modo privilegiado de construir ciudadanía.

Para ello hay que dejar de hacer spots de candidatos con el pulgar para arriba, niños con las vinchas y jóvenes flameando las banderas mientras dos vecinas aplauden desde el cordón al presidenciable que pasa... Eso ya no entusiasma a nadie, ni siquiera a los que ya decidieron su voto por ese candidato. Para cambiar la estrategia, para volver a conectar el sistema político con aquellos descreídos, se necesitan también agallas. Salirse del micro mundo de todos los días.

✔️ Padre, amo, jefe y juez

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