Los gemelos Valentín y Santiago Guisande nacieron de 26 semanas y pesaron menos de un kilo. Sus padres relatan cómo, desde el primer día, confiaron en que todo estaría bien

Llegar antes de tiempo

11min
Nº2019 - al de Mayo de 2019
Por Patricia Mántaras.

El 13 de diciembre de 2012 se pudo ver desde Uruguay una lluvia de estrellas. Gemínidas, se llama también esta lluvia de meteoritos que ese jueves de noche, alrededor de las 21.30, alcanzó su máxima intensidad. Tres horas antes —a las 18.32 y 18.33— nacieron los gemelos Santiago y Valentín Guisande. Su fecha probable de parto era tres meses después, el 9 de marzo. Pesaron 675 y 940 gramos. 

Semana 26. El embarazo de Karen Bonilla fue corto. Conscientemente, estuvo embarazada tres meses y medio. “Yo era muy irregular y me sentía bárbaro, no tenía ningún síntoma. Cuando nos enteramos, el 8 de agosto, ya estaba de dos meses y medio. Una semana después nos enteramos de que eran dos. Era una noticia atrás de la otra y fue todo tan rápido”, recuerda la madre de estos gemelos de concepción natural. Todo fluía por los carriles normales hasta que surgió en el eco doppler de rutina que uno de los bebés venía creciendo menos. “Nos mandaron directo a hablar con el ginecólogo y él nos dijo que tenían que darle la maduración pulmonar a los bebés porque era probable que hubiera que hacerlos nacer antes. Pero fue como precaución”, explica Marcelo Guisande, padre de los niños. A la semana, el 13 de diciembre, a las 11.30 de la mañana, se repitió el eco doppler y de allí se desprendió que uno de ellos, Valentín, tenía ausencia de diástole, el período en que el corazón se relaja después de una contracción. “Era por momentos, no era siempre, pero era una situación crítica, porque el corazón podía no volver a arrancar”. La decisión era de los padres: que nacieran inmediatamente o arriesgarse a esperar.

Aunque solo uno de los gemelos tenía ese problema, el riesgo era para ambos por compartir placenta. “Si le pasaba algo a uno, le pasaba al otro”, narra Karen. “También nos decían: cuando nacen, el que tiene riesgo en ese momento, que era el más chiquito, está deseando nacer, pero el otro no, está muy cómodo, entonces, afuera, el que está mejor adentro puede ser el más afectado”.

Marcelo no dejaba de pensar, además, en lo que el neonatólogo le había dicho unos días antes, cuando el embarazo no presentaba ninguna amenaza: para “poder pelearla” ante la posibilidad de gemelos prematuros, el objetivo mínimo era 28 semanas de gestación y un kilo de peso cada uno. “Ninguno de los dos cumplía con nada, ni siquiera con el peso. Ese momento fue terrible, porque estábamos solos, ahí, y teníamos que decidir por la vida de ellos y por la de ella también, porque en caso de que le pasara algo a ellos, estaba involucrada ella también”, cuenta Marcelo. “Y yo, que pensaba que tomaba decisiones importantes en mi trabajo”, agrega. Toda esa información para procesar y solo cinco minutos les habían dado para decidir. “Era tan grave la situación que un segundo contaba”.

El nacimiento. Karen sentía que tenían que nacer, que el nerviosismo y la impotencia de ella no podría ayudarlos y que “afuera”, los médicos, tal vez sí. La decisión estaba tomada, aunque, según cuentan hoy, no tenían tan clara la gravedad del asunto. “Algo gracioso dentro de la inconsciencia fue que les dijimos ‘bueno, ¿vamos a buscar el bolso a casa?”. La respuesta fue un golpe de realidad: “No hay bolso, estos nenes no se visten hasta dentro de tres meses”. 

Después, las cosas se sucedieron sin que ellos pudieran hacer mucho al respecto. Prepararon todo para la cesárea de urgencia y le preguntaron a Marcelo si tenía pensado estar presente. “Dije que sí, por supuesto. Y el ginecólogo me respondió: ‘Me parece lo correcto, pero preparate, porque lo que vas a ver no es lo que esperás o lo normal”.

Dos equipos liderados cada uno por un neonatólogo preparaban todo para atender a cada uno de los recién nacidos. De ese momento, Karen no recuerda nada porque ya estaba dormida, había recibido anestesia general. Para Marcelo, todo pasó en segundos. “Primero sacaron a Santi, por su ubicación y porque era el que estaba mejor; por su condición había que sacarlo primero, era el que tenía más esperanza. Lo pusieron enseguida en una bolsa de náilon con la cabecita para afuera, para que conservara el calor. Ahí dijeron: ‘Viene el segundo’. Pasó un minuto entre uno y otro. Lo sacaron y yo no lo vi, se lo llevaron a una mesa y me dijeron que me acercara. Yo estaba bien, con miedo pero en esa adrenalina quedaba opacado, había que estar ahí. Cuando llegué a la mesa me enfrenté a eso. Era de un color oscuro transparente; se le veían todas las venas porque no había desarrollado grasa ni músculo, estaba en un estado de maduración todavía muy precoz. En ese momento sí tuve más miedo, pero sabía que iba a vivir, porque por algo había querido nacer”. Santi y Vale vivirían los tres meses siguientes en una incubadora.

Cuando Karen despertó, Marcelo le narró la experiencia. Todavía estaba muy mareada por los efectos de la anestesia y recién al día siguiente conoció a sus hijos. La primera vez que los vio fue en una fotografía. De alguna manera, querían prepararla antes de ver a los gemelos en la incubadora, para que se hiciera una idea del tamaño. En vez de asustarse, sintió alegría. “Ya me quise parar y me dio fuerza para levantarme e ir a verlos”, recuerda Karen. 

Confiar. “Nacieron con mucha energía”. Esta declaración del neonatólogo los acompañó y les dio fuerzas a lo largo de todo el proceso. “Yo dije ta, esto era lo que quería escuchar. Porque nos habían dicho: depende de cómo nazcan ellos, si tienen ganas, energía. Creo que en ese momento no escuché más nada. Si nacieron con mucha energía y tienen ganas de vivir, listo, confío en ellos plenamente. Va a estar todo bien”, dice Karen. Los días y las semanas siguientes les darían algunos golpes más a estos padres, pero ellos seguían aferrados a la energía de los pequeños. El que hubieran nacido una noche con lluvia de estrellas le agregó una mística especial a su fe inquebrantable.

La primera semana, Valentín tuvo una hemorragia intracraneal de grado cuatro. “Nos habían dicho que era del uno al cinco, o sea que fue grave. Y a esa información te suman todo el pronóstico, todo lo que puede pasar. Llegó un punto en que la cabeza nuestra era un barullo. Nos limitamos a hablar solo con el neonatólogo nuestro, porque en eso de querer informarnos tanto nos estábamos volviendo locos”, cuenta Karen. El tiempo que ella estuvo internada, sentían sin embargo la tranquilidad de estar cerca y tenían la sensación de que todo estaba “más controlado”. “El irte a tu casa era pensar: voy a estar muy lejos, y cada ida al CTI era un tema, porque si bien había buenas noticias, nunca la alegría era completa, porque eran dos y era muy difícil que un día llegáramos y nos dijeran: Valentín evolucionó y Santiago también. Y en la condición en que estábamos nosotros, una mala noticia te afectaba”, recuerda Marcelo. A veces, el exceso de información detallada era demasiado para asimilar, y hacía más difícil mantener un espíritu positivo. Un día, Marcelo habló con el médico y le pidió, sin vueltas, que no le “matara la fe”. “Es lo único que tenemos. Nosotros no tenemos conocimiento, ni un ranking histórico de qué pasa en cada caso. Lo único que tenemos en este momento es la fe, y necesitamos tenerla. A partir de ese momento hubo un cambio en lo que se hablaba con nosotros y cómo se hablaba”, asegura el padre. Eso afectó positivamente el ánimo del matrimonio, que intentaba estar “lo más contento posible”, “con la mejor energía”, cada vez que entraban a ver a sus bebés. Ese optimismo y la confianza en sus hijos fue, según ellos, lo que los sacó adelante. “De alguna forma yo sé que ellos sienten qué pasa con los padres”, dice Marcelo, y Karen está de acuerdo: “Y cuando pudimos empezar a tocarlos… estamos seguros de que sienten todo eso”. El primer contacto con las manitos de Santi y Vale no se hizo esperar tanto, pero sí llegó con unas cuantas recomendaciones. “Podíamos tocarlos, apoyarles la mano para que la sintieran, pero no acariciarlos, frotarlos, porque la piel es muy fina y los podíamos lastimar”.

Hasta el 22 de diciembre, cuando Karen tuvo el alta, tres días antes de Navidad, su rutina en el sanatorio era visitar el CTI en cada horario permitido, y el resto del día estar en la habitación, gran parte del tiempo extrayéndose leche, con la que alimentaban por sonda a sus hijos, además de darles complemento. Y ver cómo los pequeños se iban sobreponiendo a los desafíos de terminar de desarrollarse fuera del vientre materno. “Iban teniendo cosas, pero iban saliendo”. 

Claro que también hubo momentos en que les ganaba el cansancio, y flaqueaban, pero entonces salían al rescate algunos amigos para devolverles la esperanza y ayudarlos a entender que su “malestar no ayudaba”. “Intentábamos tomar una actitud que colaborara con nosotros; eso iba a ayudar al entorno y ellos lo iban a percibir, seguramente, y a base de eso ellos (los bebés) iban a reaccionar”.

En ese tiempo, ambos aprendieron todo lo necesario para poder actuar ante algún problema eventual cuando ya estuvieran en casa. Una de esas técnicas fue qué hacer si el bebé tenía una apnea. “La apnea es como si se olvidara de respirar, el monitor avisaba y los médicos de alguna forma lo revivían, con un movimiento muy suave. Eso le pasó dos o tres veces estando en el CTI. Incluso en casa tuvimos que comprar un aparatito para que nos avisara si eso pasaba, porque hasta determinado tiempo le podía llegar a suceder, y le pasó una o dos veces. Aprendimos mucho ahí adentro; a actuar con seguridad en lo relacionado con ellos es una de las primeras cosas que aprendimos”.

Volver a casa. “Cuando llegás (al hospital) para tener a tus bebés, esperás irte con ellos. Irte vacía, sin ninguno, era horrible”, recuerda la madre. “Uno no se imagina que cuando va a tener familia va a llegar el momento de subirse al auto, mirar para atrás y que no haya nadie. Nos íbamos sin nada. Estábamos dejando ahí todo”, cuenta él. Así y todo, volver a casa a terminar de acondicionar el cuarto de los gemelos fue de alguna manera un cambio de aire, y una forma de enfocarse aún más en ese futuro cada vez más cercano.

Después del shock y por la velocidad con que se precipitó todo, aprovecharon esos meses antes del alta de los bebés para prepararse: “Íbamos a tener que tener muchos cuidados, más que nada por la época en que vendrían, marzo. Ya empezaba el otoño y ellos no podían tener contacto con resfríos ni con gripes”. 

La primera Nochebuena y Navidad de Santi y Vale fue en el sanatorio, y allí también estuvieron sus padres. “Es una de esas cosas que te mueven, porque una Nochebuena estás acostumbrado a estar con la familia, comiendo pan dulce, festejando, con regalos para los más chicos. Y esa vez fue muy diferente, porque a las 10 de la noche decidimos ir al CTI y estuvimos ahí hasta la una de la mañana. Pasamos la Nochebuena y parte de la Navidad en un CTI. Eso te obliga a pensar”, recuerda Marcelo. Y Karen agrega: “Si me preguntás, no tengo un mal recuerdo. Al contrario, porque tuvo el verdadero significado de la Navidad. No estuvo eso de los regalos, Papá Noel; todo lo que distrae, no estaba. Eran ellos, nosotros; los cuatro.

Santiago pudo volver a casa el 1º de marzo y Valentín unos días después, el 19, coincidiendo casi con la fecha probable de parto: 9 de marzo.

Cuando estuvieron en casa, los días del matrimonio Guisande-Bonilla empezaron a dividirse en ocho ciclos, de tres horas cada uno, en los que repetían los mismos rituales. “Había que despertarlos sí o sí cada tres horas porque tenían que comer, no había chance de que perdieran peso; tenían que aumentar. Al principio teníamos que hacerlo juntos, uno con cada uno. Después de que fueron creciendo un poquito, empezamos a poder turnarnos: yo me levantaba a la una y él a las cuatro, por ejemplo, y uno solo atendía a los dos”, dice Karen. En aquel entonces no tenían ningún tipo de ayuda, es decir que se hacían cargo de todo ellos solos.

Marcelo tiene su propia empresa, por lo que tuvo la libertad de reorganizarse para estar presente en casa. “Ese momento cambió mi forma de trabajar al 100 por ciento. Había que tener mucho cuidado de cuándo abrir la puerta, que no estuvieran ellos cerca; era necesario ventilar, pero había que ver cuándo, porque no se podían resfriar de ninguna manera. No podías exponerte a eso, no podían perder peso”.

Además, les tocó preparar a la familia para que entendiera que la situación no era la de cualquier pareja que vuelve a casa con el bebé; “no iba a ser ‘vinimos a casa, estamos de fiesta, vengan todos’. Tenemos una familia grande y tuvimos que manejar esa ansiedad hasta el punto de decir que las visitas eran de a dos personas máximo, y a tal hora. Porque ella también tenía que descansar”, cuenta Marcelo.

Para ese entonces, los gemelos eran todavía demasiado chiquitos como para saber si tendrían algún tipo de secuela; dependía de la evolución. “Había que hacerles exámenes más adelante para ver el tema de la vista, nos decían que no había prematuro que no tuviera problemas en la vista. Pero ya habíamos transitado un camino que, de alguna forma, nos decía que iba a estar todo bien. Porque si algo malo iba a pasar, ya tendría que haber pasado”. 

Sobreproteger. El 13 de diciembre de 2018, Valentín y Santiago cumplieron seis años. Tuvieron sus nombres adjudicados desde la primera ecografía que anunció que serían dos. Por cómo estaban ubicados, sus padres ya los identificaban y los llamaban por su nombre desde la panza.

Los años de los niños fueron reafirmando el carácter que cada uno, según sus padres, trae desde el nacimiento. “Desde chiquitos se notaba la diferencia, son bien distintos. Vale es más demandante, por decirlo de alguna manera. Fue el que un día dijo: ‘Quiero nacer’, y arrastró al hermano: ‘Vos también nacés’. Y así es hoy en todas sus convicciones. Todo el tiempo está tratando de superarse. Te hace preguntas que ningún niño te hace, te sorprende. Santi en cambio es muy niñote, es más soñador. Mantienen esa personalidad desde el nacimiento y seguro será toda la vida”, opina su papá.

La hemorragia que tuvo Valentín de recién nacido podría haber dejado secuelas graves, pero el único rastro que dejó en el niño fue una hemiparesia muy leve, lo que significa que tiene menos fuerza en la mano y pierna derechas, lo que no le impide correr, saltar, escribir y jugar. “Se trabajó con fisioterapia desde que nació y, con el tiempo, probablemente desaparezca”, cuenta su mamá. “Fue lo único, y no le afectó en nada su personalidad”.

Ni Karen ni Marcelo sienten que la prematurez de su hijos los hizo padres distintos en algún sentido de los que habrían sido en circunstancias normales. “Yo siento que me cambió en el hecho de valorar más ciertas cosas. La primera vez que los pude vestir imaginate la emoción que fue. Poder ponerle un par de medias… pasó mucho tiempo. Por ahí para otra madre esas cosas son normales”, dice Karen. Contra lo que podría llegar a pensarse, no se volvieron padres más aprensivos. “Al contrario. Todo el tiempo fuimos de decirles: vamos, ustedes pueden, háganlo solos. ¿Qué íbamos a sobreprotegerlos si desde que nacieron nos demostraron que podían más que nosotros?”.

El matrimonio sostiene que la experiencia está lejos de haber sido traumática, sino más bien, un aprendizaje lleno de amor.

—Nosotros nunca los vimos en otro papel que no fuera el de vivir. Eso fue fundamental —dice ella.

—Creímos en Dios siempre, pero en ese momento empezamos a creer en los milagros —dice él.

—Teníamos dos.

Ahora, que ya pasó el agotamiento y que Valentín y Santiago son dos niños totalmente saludables que llevan una vida normal, van al colegio y hacen travesuras, Karen y Marcelo están pensando en tener más hijos. Ella dice que ahora quisiera mellizas.

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