En su nuevo libro, el psiquiatra de niños y adolescentes Ariel Gold subraya la importancia de los límites y cómo manejar la privacidad de los adolescentes

“Los chiquilines piensan que hay que ganar, ganar y ganar, y si no ganás, sos un loser, y eso nos está complicando”

10min 2
Nº2017 - al de 2019
Escribe: Patricia Mántaras Foto: Camila Montenegro

Con-vivir es el libro que el psiquiatra de niños y adolescentes Ariel Gold escribió con 16 colaboradores en el que se propone responder cómo se puede mejorar la convivencia en la casa o en el aula (“No tengo ni idea de cómo se mejora la convivencia en este país, en la ciudad, ni siquiera en el barrio. A veces no sé cómo se maneja la convivencia en una escuela, pero sí me animo con una casa o con un aula”) y responder las preguntas que más le han hecho los padres en los 25 años que tiene de trabajo. El libro alcanzó en una semana su segunda edición, lo que habla de una preocupación de los padres: “Esa preocupación por los hijos, que es inefable, hace que sea bueno que tengamos ciertas herramientas para que puedan afrontar lo que probablemente les pase en la vida y tengan un mejor desarrollo emocional”. El desarrollo emocional, según Gold, es una parte de lo que somos que nos permite disfrutar de la vida. Cuando una persona tiene un buen desarrollo emocional tiene una mayor capacidad de disfrute y, al mismo tiempo, de afrontar situaciones adversas, doblándonos como un junco y, después, volviendo al estado anterior o mejor, porque capitalizamos el fracaso.

Gold insiste en la importancia del desarrollo emocional de los niños. Por eso, en el libro lo explica en detalle, en 10 capítulos, con 60 ejemplos, 100 preguntas y 100 reflexiones.

¿Qué es lo que más preocupa a los padres de hoy sobre la paternidad de acuerdo con su experiencia?

El bajo rendimiento académico y las dificultades en la convivencia. Cada vez más, los problemas grandes que tenemos son de convivencia, y eso no es porque haya algo en el ambiente que está generando algo, es porque el vínculo padres-hijos está generando dificultades. Por eso, los primeros capítulos del libro son para entender cómo se desarrollan las funciones que tenemos que cumplir los seres humanos si queremos vivir con otro. Eso es la autorregulación: es imposible convivir si no me hago dueño de mi comportamiento y actúo siempre en función de lo que tengo ganas, de las emociones profundas que tengo, en lugar de en función de lo que conviene. Eso nos diferencia rápidamente de los animales. Hay gran cantidad de animales gregarios, sociales, que tienen que vivir en manada, como el ser humano, que tiene que vivir en comunidad, si quieren “ser”. La diferencia es que los animales no humanos que viven en manada, como un elefante, solo necesitan ser elefantes para vivir en manada; nacen y ya tienen su cerebro completo para poder convivir. El ser humano nace con tal imperfección que su cerebro no está preparado para convivir, está preparado para sobrevivir. Hay que entrenarlo para la convivencia; entonces, cuando un ser humano nace, no por ser humano es “convivible”. Es una construcción, eso es lo difícil. A la persona que no puede convivir, lo llamamos individuo. Este actúa siempre a sus impulsos, hace lo que se le canta en el momento en que se le canta, todo el tiempo, por lo cual no se puede estar con él, es muy difícil. 

En el libro hace también una distinción entre “convivible” y “conviviente”. ¿Cuál es la diferencia?

Una persona convivible es aquella que no molesta, no actúa a sus impulsos, los tiene pero se los banca, y en la clase está sentado y la maestra dice que no tiene problemas de conducta. En los recreos tampoco molesta a nadie, se queda en el costado, no tiene problemas. Conviviente, en cambio, es una persona que aporta, con la que es lindo estar. Vos podés ser convivible y pasar por el costado de la gente y que nadie se entere. Entonces, la idea es tener hijos convivientes, que molesten en clase porque digan: “No, mi papá me explicó que esto no es así”, o “me gustaría saber por qué tengo que aprender esto si me parece que no me sirve”. No es para molestar, es porque tiene una duda. Y que hace chistes, pero aporta. Entonces hay que tener ojo con eso, porque el sistema de autorregulación es el que nos permite ser convivibles, pero no necesariamente convivientes, para eso necesito desarrollar empatía. Si yo estoy en la calle y veo a una señora que se cae y digo “pobre señora, se cayó”, entendí que se cayó. Ahora, si yo no voy a ayudarla, o no intento ayudarla, eso no es empático. Empático es cuando te mueve algo, aunque sea la lástima de venir a contarlo. La empatía es una construcción que depende de tener alrededor personas empáticas.

¿Qué diferencias encuentra en la forma de ser hijo, y por tanto de ser padre, en su época con la actual?

Una diferencia fundamental. Mis padres tampoco tenían mucho tiempo para estar conmigo, pero tenían una ventaja: tenían un control de todos mis educadores. Había un educador que era mi vecino y era fatal, y ellos me prohibieron jugar con él. Ese era un educador, yo no sabía malas palabras y las aprendí gracias a este chiquilín. 

Las pantallas, las redes y lo que se consume a través de la web es aún más complejo con los adolescentes. ¿Cómo se hace?

Ahí aparece otra discusión. ¿Tengo derecho a meterme con la privacidad de mi hijo? Es un tema a discutir. Yo no estoy hablando de un chiquilín de 17 años, pero a los 13 años se supone que es adolescente, ¿y yo tengo que evitar ver lo que está viendo? Esto es peligroso, porque la idea no es transformarse en un espía, estar atrás de él como una sombra y anularlo como persona. La idea es simplemente que él sepa que yo tengo derecho en algún momento a ver lo que mira. Fundamentalmente, es: vamos a ver juntos al youtuber. Yo no te impido verlo. Estoy ahí para decirle: entiendo que te haga reír, pero lo que este tipo te está diciendo es que hay que ser egoísta, que el fin justifica los medios. Te está diciendo que no importa ser buena persona, que lo que importa es ganar a cualquier costo. Claro, si yo comulgo con eso, le digo: qué bárbaro. Pero en líneas generales, cuando hablás con los padres, lo que quieren es que el chiquilín sea solidario y no egoísta. Quieren que sus hijos sean felices, pero se confunde felicidad con éxito; entonces, los chiquilines piensan que el fin justifica los medios y que hay que ganar, ganar y ganar, y si no ganás, sos un loser, y eso nos está complicando. Hay un tema de valores que tenemos que no solo expresar teóricamente, sino hacer algo para que estos valores se puedan vivir. Y eso se hace en las ceremonias familiares. Comer en familia sin ninguna pantalla te rearma como persona con valores, porque te da la idea de que pertenecés, hablás de cosas, “ah, te tengo que contar, me encontré con la mamá de…”, u “hoy en el trabajo me pasó tal cosa”. Tener vivencias sin pantallas. Si tu hijo quiere una tablet y vos para hacerlo el niño más feliz del mundo se la regalás para el Día del Niño, te aseguro que en cuatro años no se va a acordar. Pero si vos tenés vivencias con él, de eso sí se va a acordar. Y faltan vivencias, porque los padres están físicamente poco presentes y emocionalmente poco disponibles. No es solo estar, es estar para el niño.

 Puede que no estén físicamente por el trabajo, pero ¿por qué no están emocionalmente disponibles?

Porque para poder estar con otro tenés que desenfocarte. Si estás lleno de problemas, es muy difícil. Así estamos nosotros en general. Vas por la calle y ves que la gente está metida para adentro. ¿Cuál es el signo de eso? La gente no saluda. Acá en la sala de espera la gente no saluda, pero no saluda porque está metida para adentro, no porque es maleducada. Los chiquilines sí están mal educados porque no los obligaron a saludar. El saludo parece una pavada, pero es la decosificación. Si vos ves un sillón y una persona, cuando la saludás es porque la diferenciás del sillón. A veces decimos que vamos a pasar en ropa interior y nadie se va a enterar, porque con el tema de los celulares no te registran. Para ser persona necesitás al otro. Si vos tenés la idea de que el otro es fundamental, la otra persona pasa a ser tu alimento. Ahora, eso es desde chiquito. Es lo único que espero que mi hija haya aprendido. Esa responsabilidad con el otro, no importa el cargo que tenga, no importa si te va a servir, si vas a poder sacarle rédito, no es así. Es “persona vale”. Si yo no educo en ese sentido, perdemos todos. La verdad es que lo ideal sería que nuestros hijos fueran sanos, fuertes y buenas personas. Eso es lo ideal. Si van a ser felices o no, no depende de nosotros como padres. Lo que a mí me conviene es que estén del lado de las personas buenas, empáticas, asertivas, que cuando me quieran decir algo me lo digan, al margen de que yo me ofenda o no. Yo necesito salir a la calle y que si alguien me pide la hora no dude de que quiere eso y no piense que quiere robarme. Eso es lo que nos está destruyendo.

¿Cómo se le enseña a un hijo a ser bueno pero no tanto como para que los demás abusen de esa bondad?

No sé si hay una forma, lo único que sé es que por cuidarnos demasiado de eso nos está yendo bastante mal.

A veces, los padres sienten el deseo o la necesidad de que los hijos entren en la normalidad. Cuesta a veces aceptar o manejar el hecho de que sea, por cualquier motivo, el “diferente” de la clase.

Ahí tenés la diferencia entre comunidad y masa. En la masa, nadie piensa y todos actúan como se actúa. En la comunidad, cada uno florece. Vos formás parte del otro, pero te diferenciás. En la masa no te diferenciás. Te pongo un ejemplo: si hacés galletitas, hay un momento en que hacés la masa y, si tu hijo es pillo y te saca un poco de masa para comer cuando fuiste al baño, cuando volvés ni te enterás. Pero si vos hiciste las galletitas y te falta una, le decís: “Che, acá falta una galletita”. La comunidad tiene eso, cuando faltás, te extrañan. Sos parte de un engranaje. En la masa, no. La gente dice: pertenezco a la comunidad de Facebook. ¿Qué comunidad? Pertenezco a la masa de Facebook. Si vos desaparecés, difícil que alguien se dé cuenta. Todo eso está haciendo que el otro no valga la pena, y si el otro no vale la pena, la verdad es que la vida ¿para qué vale la pena? 

“Los padres han perdido control sobre lo que viene de las pantallas” 

¿A quién llama educador?

Educador es todo el que puede hacer algo con tu cerebro. Hay educadores que son el barrio, que ya no existe más; hay un educador que es la parroquia, y sin duda las maestras y los profesores, que son los educadores propiamente dichos. Pero nunca se pensó que podías tener educadores en tu casa y que no tuvieras control sobre ellos. Cuando tenés un youtuber que te está diciendo cosas, o un monstruo como el momo, y los padres no saben de eso, te está educando. Los padres han perdido control sobre lo que viene de las pantallas. No es que las pantallas han arruinado nuestras vidas, no podemos vivir sin pantallas, ya lo sabemos; el uso problemático de pantallas no es solo usarlas mucho tiempo, sino sin control de los adultos. Nos está complicando la vida. Los padres dicen: ¿dónde aprendió esto? Lo aprendió de las pantallas.

Los omnipotentes

“El niño, si lo dejás solo, va a generar formas de conducta donde va a ser guiado por sus impulsos. La única forma de que el cerebro sea convivible es enseñándole al niño chico que hay cosas que se pueden y cosas que no se pueden, porque espontáneamente para él se puede todo. “No” es el primer comando que entiende el cerebro humano para diferenciar lo que se puede y lo que no se puede. Savater dice que de todos los aprendizajes hay dos que son imprescindibles: hay cosas que nos convienen y cosas que no. Si los “no” no existen y no se mezclan de manera adecuada con los “sí”, es muy difícil generar personas para convivir. Eso son los límites. Son el marco de la libertad. A veces me encuentro con padres que me dicen que fueron rígidos toda la vida y que por eso quieren que su hijo sea libre. Y yo les digo: “¿Sabés lo que hiciste? Un omnipotente. No un niño libre, porque libre es una persona divina de estar, que elige de manera adecuada, que sabe qué cosas se pueden y cuáles no, y expresa algo con que los demás discrepan. El omnipotente se lleva el mundo por delante. Los adolescentes en un momento determinado son omnipotentes. Son tremendamente optimistas, miden mal las consecuencias de sus actos, tienen frenos más débiles, pero tienen que probar para poder salir del nido, y eso es casi una función biológica. Cuando un omnipotente lo es por ser adolescente, yo lo aplaudo y lo cuido. Ahora, si el estatus emocional de esta persona es un omnipotente desde que tiene tres años, no es por adolescente. En los lugares de trabajo o de formación los omnipotentes son tipos que de repente han logrado cierto éxito, pero son insoportables. Yo lo que quiero para mi hijo es que sea querido. En nuestra sociedad, los omnipotentes puede ser que arrasen, que tengan éxito. Ahora, van a quedarse solitos”.

Educar es ingrato

“Yo no creo que haya trabajo más ingrato que educar de manera adecuada. Estás haciendo un trabajo que nadie te va a agradecer inmediatamente, que es básicamente desagradable, donde siempre le rompés el clima bueno al otro, porque ves a un niño viviendo un momento feliz, jugando con su tablet, y sabés que vas a ser vos el que va a cortar ese momento. Ahí tenés un dilema: ¿qué hago? ¿Lo dejo disfrutar de la vida o lo corto y ahí empieza un lío? Porque si tu hijo es normal, cuando le decís que no, tiene que armar lío. Entonces tenés que estar superconfiado de que ese “no” vale más que el decirle que “sí” y no tener problemas, que puede ser por un tema egoísta tuyo, así podés hacer tus cosas, o porque estás enamorado de su felicidad en ese momento. Eso es pan para hoy y hambre para mañana, porque eso va a ser la infelicidad de él en el futuro. 

Es tal acto de amor educar que no sé cómo seguimos educando, pero por suerte lo seguimos haciendo. Lo malo es que cuando un papá decide que los hijos duerman con él porque no se quieren ir de la cama, o que tengan todas las cosas materiales que quieran, que usen todas las tablets que quieran, más adelante se va a ver el daño. Es como con el cigarrillo: si te doliera cada pitada, no fumarías. Tenés que estar hiperconvencido”. 

La familia-equipo y los niños príncipe

“La familia equipo es una redefinición de familia, porque se han empezado a ver formas de crianza donde los chiquilines son criados como príncipes, y en una familia-equipo no existen príncipes, existen roles. Hay un rol fundamental que es el que marca la cancha, el que dice qué se hace en la casa, y hay otro que es el que hace lo que hay que hacer, no obedeciendo de manera ciega y servil como en mi caso cuando me educaron, sino con protesta o lo que sea, pero se hace finalmente lo que papá y (o) mamá dicen. Hay jugadores y hay capitanes, y las reglas se llaman límites. La mejor manera de entender es qué pasa cuando no pasa esto. Yo atiendo gran cantidad de chiquilines que lo único que tienen es que han sido criados como príncipes, y hay una probabilidad grande de que ese príncipe sea un déspota, y esa es la razón de la consulta, o de que sea una persona totalmente dependiente, que afuera lo llamen tonto, pusilánime, o que lo tomen de punto. No necesariamente el nerd, pero sí una persona que es inhábil socialmente y que además no es atractiva. Cuando criás a tu hijo como un príncipe, afuera la corona se la vuelan rápidamente”.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.