Los simulacros

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Nº2077 - al de 2020
La columna de Fernando Santullo

El otro día veía un capítulo de la serie Patriot Act, que conduce el comediante Hasan Minhaj, sobre la crisis del paradigma informativo en EEUU. Breve, informado y dinámico, como todos los de la serie, este capítulo contaba que quienes hacen de verdad periodismo son menos del 23% del total de periodistas, mientras que sus noticias son el 47% de las noticias circulantes. Quienes hacen esa tarea, la de buscar, descubrir y redactar las noticias, son los periódicos locales. Son ellos los que realmente reportean, los que descubren la corrupción, los que de una forma u otra desafían los abusos que se producen al interior del Estado, pervirtiendo esa noble herramienta. Y también los abusos privados, claro, como el muy sonado caso de Jeffrey Epstein. Fue una reportera del Miami Herald quien armó la investigación y lo hizo de una manera tan contundente que el juez del caso le agradeció explícitamente.

Lo más grave, decía Minhaj en su programa, es que nos diluimos en una maraña de ruido y creemos que eso es información cuando en realidad es chusmerío. No debería ser raro, agrego, ya que después de todo las redes fueron creadas para eso, para chusmear. Y no está mal, siempre que no las usemos para decidir cosas importantes. O que si las vamos a usar para cosas serias, seamos especialmente cuidadosos para entender la clase de tablero que elegimos. Una decisión que tomamos cuando entramos, junto a miles de millones en el conventillo que nos propusieron, y fuimos seducidos. Nos informamos en Twitter, confirmamos la noticia en un grupo de WhatsApp, leemos toda esa charla banal sobre la propia charla banal en la que estamos, y creemos que así sabemos dónde estamos parados.

En su reportaje, Minhaj se centraba en explicar cómo era que los fondos buitre (otra vez presentes, como siempre que se habla de destruir algo) se habían especializado en comprar periódicos locales y luego venderlos. A mí me interesa más comentar cómo es que esa maraña de ruido, ese chusmerío inane, viene sustituyendo la charla real sobre qué es eso que queremos colectivamente. Y señalar que usando las redes es virtualmente imposible que tengamos un lugar de intercambio y construcción: las redes no existen para construir nada salvo la riqueza de quien ofrece “gratis” la plataforma. No parece casual que la forma de operar en redes tenga ese tufo emocional: es la forma de intercambiar entre tribus populistas, esas que venimos construyendo sin pausa y con prisa desde hace ya unos años. Huevo o gallina, en todo caso las redes son perfectamente funcionales a esta forma de pararse en el mundo y viceversa: esa forma de pararse necesita de tanta trivialidad anónima y violenta como sea posible. Navegamos en una ética del clickbait político.

Lo complicado del asunto no es tanto que estemos usando unas plataformas diseñadas para el intercambio de descerebre entre descerebrados, como que las intentemos usar para pensarnos colectivamente. Es verdad, esa charla en su versión mas seria y formal se sigue llevando a cabo en nuestros parlamentos. Pero ya es insoslayable el peso que ese menjunje de gente real y virulentos anónimos tiene en la discusión sobre qué sociedad queremos ser. Lo mencionaba a la pasada en la última columna: para ser real, la charla pública tiene que ser entre ciudadanos con identidad. Cierto, el voto es secreto, pero no lo es la charla sobre las ideas que están detrás del voto.

Decía que el escenario en donde se desarrolla la charla no está diseñado para construir nada con nadie, sino para maximizar la ganancia del proveedor, que utilizará todos los recursos a su alcance para eso. Si ocurre que la violencia de unos comentarios activa el tráfico, adelante con la violencia. Verbal, claro, el mundo real es otra cosa sobre la que ya nadie se interesa en incidir si no es a través de los símbolos que nombran ese mundo real. Intentar construir algo inteligible en Twitter es como querer jugar un partido de fútbol en una piscina: lo que salga de ahí simplemente no puede ser fútbol. Lo que emerja de ese pantano maloliente que llamamos redes, simplemente no puede ser política. En el mejor de los casos será, como decían los británicos de Pitchshifter, “puntos de vista de segunda mano a partir de noticias de segunda mano”. Y odio, que sirve y mucho para aumentar el tráfico.

¿Cómo nos metimos en esto? Porque podíamos, porque estaba bien (para chatear con excompañeros del liceo), porque crece la desconfianza en la representación tradicional y porque no pocas veces los políticos contribuyen a confirmar esa desconfianza. Y porque en ese punto, el de la banalización de la charla común, coinciden la ambición económica de Mark Zuckberg y la agenda de cualquier populista que tema intercambiar argumentos de fondo, porque carece de ellos. Todo sazonado, claro, por unas políticas de la identidad más viejas que el agujero del mate, renovadas en clave tribal progre 2.0 y, en los últimos tiempos, reutilizadas por la nueva derecha. Porque somos, en fin, una especie que hace las cosas porque tecnológicamente puede hacerlas y a la que le cuesta muchísimo más calcular el costo social y colectivo de haberlas hecho.

En su novela Los simulacros, Philip K. Dick imaginaba un mundo en que el poder era ejercido de manera telemática por el poderoso gobierno de los Estados Unidos de Europa y América. La figura del presidente era un fraude, un autómata que se mostraba a la población a través de los medios. Una población que había retrocedido en sus capacidades cognitivas hasta el nivel de los neandertal. Y que tragaba, sin herramientas analíticas a mano, el fraude tal como era vendido desde el poder. Un poder central y al mismo tiempo, múltiple. La excepción a esa degradación colectiva era la élite, aquellos que conocían el fraude y su función política. Salvo porque ese mundo imaginado por Dick era resultado de una Tercera Guerra Mundial, el resto (incluida la existencia de grandes grupos económicos supranacionales que gestionan el poder en todo el globo) parece una idea casi realista para nuestros días.

Quizá ya llevamos un rato viviendo rodeados de simulacros que mantienen viva la ilusión de nuestra vida en sociedad, cuando en realidad nos han sido escamoteadas todas nuestras herramientas, a cambio de la supuesta comodidad en la que vivimos. Lo cierto es que la respuesta a esa interrogante (o a cualquier duda más o menos seria que uno tenga) simplemente no puede venir de los dedos mágicos de los trolls de las redes, esos simulacros de vida que solo sirven para que crezca la cuenta del bueno de Mark. Y quizá ni hagan falta los fondos buitre para dejarnos inermes y desinformados. Quizá ya tomamos esa decisión, sin saberlo, hace demasiado tiempo.

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