Marosa di Giorgio.

La literatura creó figuras castradoras, perturbadoras y bondadosas, desde la Bernarda Alba de Lorca hasta la alcohólica de Lucia Berlin

Madre hay una sola (a veces dos, y otras ninguna)

9min
Nº2019 - al de Mayo de 2019
por Mercedes Estramil

“¡Benditas sus canas! ¡Bendito su amor!”, cierra conmovedor y conmovido el tango Madre hay una sola (1930, letra de José de la Vega y música de Agustín Bardi) que internacionalizó la voz de Carlos Gardel. Hasta determinado momento (mediados del siglo XX) la madre ocupaba un lugar preciado en el tango; después venían las percantas, las milonguitas, papusas, grelas, las que “caían”, las noviecitas, etc. Todas también, eventualmente, madres. ¿Qué se puede decir que no sea repetido sobre esa figura única que vertebra como ninguna otra, por presencia o ausencia, la vida de cada uno de los seres humanos? Pocos escritores escapan al influjo de querer hablar sobre ella. Intentar una lista es absurdo, así que lo mejor es dejar que la memoria vaya hilando un mapa posible de “madres” e “hijos” en el territorio de la ficción. Un territorio que no es idílico, no se sustenta siempre o únicamente en el amor. 

Joan Didion, su marido y su hija en su casa de Los Ángeles en 1968.
Joan Didion, su marido y su hija en su casa de Los Ángeles en 1968.

Como figura, la madre en la literatura es una presencia constante que cubre todo el espectro de lo imaginable. Las hay buenas, malas, protectoras, abnegadas, apáticas, asesinas, sumisas, independientes, abandónicas, derrotadas, biológicas, de adopción, absorbentes, consejeras, inolvidables. Atraviesan todos los géneros y subgéneros, llegan desde la mitología y los cuentos de hadas hasta la ciencia ficción. Pueden ser vírgenes, como la María madre de Jesús en la Biblia, o prostitutas, como aquella cuyo recuerdo se empecina en buscar James Ellroy con la novela noir Mis rincones oscuros (1996), o aquella otra tremenda que creó Abelardo Castillo en el cuento La madre de Ernesto, donde recibe como clientes a los amigos de su hijo, pero en vez de imaginar que están ahí para burlarse o hacerse atender —que es a lo que van— pregunta consternada si le pasó algo a su hijo. 

Por otra parte, hablar de madres y maternidad es también mencionar la ausencia, las que se decantan por el “no” (el aborto, el abandono, el abuso, el filicidio), y las que sostienen una a veces larga y solitaria lucha por tener un hijo. Entre estas últimas, el nombre que viene primero a la mente es la Yerma del drama de García Lorca, pero también más acá la Damaris de La perra (2017), novela de la colombiana Pilar Quintana. En uno de sus personajes más perturbadores y característicos, A.M. Homes creó en el relato Georgica a una mujer dispuesta a todo —incluso a recolectar semen de condones de extraños en una playa— para quedar embarazada sin asistencia emocional o directa. 

LAS DE PAPEL Y LAS DE CARNE. Como personajes literarios dotados de características positivas y negativas, convengamos que hay madres difíciles de olvidar. Entre las “buenas” sin duda destaca Pelagia, la protagonista de La madre, novela que Máximo Gorki publicó en 1906, una mujer sometida que renace cuando transforma su visión del mundo para apoyar a su hijo en su despertar revolucionario (que el tiempo haya cambiado —incluso para el propio Gorki— las estructuras idealistas en que se apoya el texto no invalida su conmoción afectiva). 

Dos casos claros de escritoras que llevaron su propio amor de madres a las páginas son los de Joan Didion e Isabel Allende. La estadounidense publicó Noches azules (2011) años después de la muerte de Quintana Roo, su hija, y logró un documento estremecedor no solo sobre la maternidad (aunque la hija fuera adoptada) sino en general sobre la vida, la muerte y el escaso poder de la literatura para compensar la desgracia. Isabel Allende publicó Paula (1994) tras la muerte de su hija, convaleciente y en coma varios años a consecuencia de una enfermedad y un accidente. 

Richard Ford.
Richard Ford.
Stephen King.
Stephen King.
 
Lucia Berlin.
Lucia Berlin.

Hasta ahí las buenas. Pero las malas y las habitantes de territorios ambiguos son, como siempre en literatura, más interesantes. Algunas cumpliendo apenas la condena o el empuje del destino, como la Yocasta de Edipo Rey de Sófocles que se casa con su hijo, o la Medea de Eurípides, que mata a los suyos. Cercano en el tiempo e inspirado en un caso real y atroz, está la Rosemary West que recreó el inglés Gordon Burn en Felices como asesinos (1998), una asesina serial que junto con su esposo abusó y mató a algunos de sus hijos. Otros modos de matar en vida utiliza la madre por excelencia del drama español, la Bernarda Alba de Lorca, enterrando la juventud de sus cinco hijas en un luto excesivo. Un eco de esa madre terrible rescata Jeffrey Eugenides en la señora Lisbon de Las vírgenes suicidas (1993), donde también hay una progenitora castradora. Stephen King creó otra manipuladora importante en el personaje de Margaret White, madre de Carrie en la novela homónima de 1974. Y Jeanette Winterson se inspiró en su madre adoptiva (una evangelista pentecostal puritanísima que no permitía más libro que la Biblia y que la echó de la casa cuando se enteró de que Jeanette era lesbiana) para su debut en la novela con Fruta prohibida (1985). Años después, ya escritora reconocida, Winterson volvió sobre el asunto desde un lugar más autobiográfico con ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (2011) frase de antología con la que al parecer su madre pretendió convencerla de que no siguiera por el camino de los amores no convencionales. 

En otros casos las facetas negativas de la maternidad llegan a la escritura en un segundo plano. No se puede decir que la Emma Bovary de Gustave Flaubert sea una mala madre porque desee el mal a su hija o le haga daño; simplemente opera la indolencia y el hecho de que Berta, su pequeña hija, nunca es prioridad en su vida, demasiado atormentada por la pasión sexual, los engaños y desengaños monetarios y la frustración social. Algo similar le ocurre a la heroína de Tolstói, Anna Karénina, con el afecto filial reducido a unos pocos compases frente a la magnitud de la ópera amorosa. 

También están las madres que no pueden salir de su propia empecinada juventud, desde la madrastra de Blancanieves, la protagonista de Doña Bárbara (1929) de Rómulo Gallegos, la Daisy Buchanan de El gran Gatsby (1925) de Francis Scott Fitzgerald, que al nacer su hija espera que sea “bonita y tonta”, hasta la madre de El baile (1930) nouvelle de Irène Némirovsky, donde una “nueva rica” destrata y relega a su hija mientras planea una inserción social que no le sale bien. 

Y desde luego, plumas complejas dan madres complejas: cuesta entender cómo la madre de Dimensiones (cuento de la Nobel Alice Munro incluido en Demasiada felicidad) sigue visitando en prisión y sin un solo reproche al esposo que mató a los tres niños de ambos. Y es casi imposible no emocionarse con la madre borracha de Inmanejable (relato de Lucia Berlin incluido en Manual para mujeres de la limpieza), que entre una borrachera y la siguiente se preocupa por lavar y secar la ropa de sus hijos y verlos subir al autobús para ir a la escuela. 

EL AMOR Y LA CULPA. Cuando las madres ya no están físicamente presentes, llegan las elegías, poéticas o no. Entre la inmensidad de libros que podrían citarse está Mi madre, in memoriam (1988) de Richard Ford, que recuerda cómo se despidieron —ella enferma, llorando— y que no la vio morir, seis semanas después y lejos (exactamente como declara querer morir el personaje mayor de J.M. Coetzee, Elizabeth Costello), pero escribió esto: “¿Tiene uno alguna vez una —relación— con su madre? No. Yo creo que no. Lo tópico solo existe en la mente de la gente que no piensa. A nosotros —a mi madre y a mí— nunca nos unió la culpa ni el decoro ni tan siquiera el deber. El amor lo envolvía todo. Esperábamos que nos fuese fiel y lo fue”. Desde otro lugar, el del remordimiento concentrado y profundo, el francés Albert Cohen publicó en 1954 El libro de mi madre, con pasajes memorables: “Hijos de madres aún vivas, no olvidéis que vuestras madres son mortales. No habré escrito en vano si uno de vosotros, tras leer mi canto de muerte, se muestra más dulce con su madre”. La española Soledad Puértolas en Con mi madre (2001) o la francesa Delphine de Vigan en Nada se opone a la noche (2011) también consiguen a partir de sus dolores personales llegar al corazón de los lectores. 

Pero si de tocar fibras íntimas se trata, ahí están los poetas, para definir lo indefinible. Señalando que madre no es solo la que procrea o da a luz, brilla con gran final el poema inmenso de Pablo Neruda a su madrastra, a la que nunca llama así sino “mamadre”, y que finaliza diciendo: “De la que cocinó, planchó, lavó, / sembró, calmó la fiebre, / y cuando todo estuvo hecho, / y ya podía yo sostenerme con los pies seguros, / se fue, cumplida, oscura, / al pequeño ataúd / donde por primera vez estuvo ociosa / bajo la dura lluvia de Temuco”. Otro final majestuoso logra en Si me puedes mirar la argentina Olga Orozco: “Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo, / sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia, / o me ordenas las sombras, / o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día, / o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón”.

Como ejemplo extremo y desacralizador, presentando la muerte materna desde una mezcla de impudor, comicidad y horror está el poemario El velador (1998) del argentino Guillermo Saavedra (contraindicado para regalar a cualquier madre en su día), parodia del sentimentalismo que entra de lleno en lo políticamente incorrecto. Igual así, Saavedra conmueve y desacomoda. Conmovedor sin ironía o cinismo es el poemario de Marosa di Giorgio Diamelas a Clementina Médici (2002) donde la poeta busca a su madre “en las tacitas y el jarrón”, o aquel poema de Amanda Berenguer de La estranguladora (1998) al decir: “Cuando murió mi madre /  y todas las cosas se pusieron boca abajo / en señal de respeto”.

Ya para despedida sin par está el poema XXIII de Trilce (1922), donde el peruano César Vallejo afina el idioma para comenzar allí, en la cocina de la niñez: “Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre”, lo que solo puede terminar en una pregunta dolida y sin respuesta: “¿Di, mamá?”. 

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