Fabián Furtado. Foto: Nicolás Coitino.

Con Fabián Furtado, vocalista de Rey Toro y Chopper

“Me di cuenta de que no quería vivir de la música sino para la música”

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Nº2042 - al de Octubre de 2019
entrevista de Fernando Santullo

El heavy metal es uno de los pocos géneros musicales que no necesita de la crítica musical para sobrevivir. Al contrario de otros géneros ruidosos y agresivos, como el punk, por ejemplo, el metal no surge de la clase media ni necesita ser avalado culturalmente por esa clase media. Eso ayuda a explicar también, claro, por qué la crítica musical suele despreciar al metal, considerándolo infantil, conservador, dogmático y un montón de otras cosas negativas que solo demuestran la distancia que existe entre la crítica y el género. Y es que si algo ha ocurrido con el heavy metal en los últimos 20 o 30 años es que ha demostrado, justamente, su capacidad para transformarse y mezclarse con casi cualquier otra música y producir resultados únicos y diferentes. En Uruguay existe una interesante aunque acotada escena heavy metal, con bandas que representan buena parte de estos subgéneros. Sin embargo, son pocos los grupos que alcanzan una exposición ante el público masivo. Una de esas bandas es Rey Toro, cuyo vocalista, Fabián Furtado, es también cantante de Chopper. Con los 30 años de los segundos como pretexto, hablamos con el Chupete, la voz más reconocible del metal uruguayo.

—¿Cómo entraste en el mundo de la música?

—Gracias a la radio. Como vivía en una zona alta, cerca del Clínicas, además de escuchar radios de acá, como Independencia, escuchaba radios argentinas, como la Rock & Pop. Tenía unos 16 años. Y pasé de escuchar la música de los Cazafantasmas y We Built This City, de Starship, a cosas como AC/DC, Black Sabbath y Led Zeppelin. Cuando escuché, Zeppelin no hubo vuelta atrás: fue “yo quiero hacer esta música”. Yo tenía un amigo, nos echaron juntos del liceo, y su hermana había venido de Los Ángeles con discos de Mötley Crüe y de Judas Priest. Yo siempre me dediqué a pintar toda la vida y en aquel entonces pintaba camisetas. Y esta chica me trajo el Live After Death, de Iron Maiden, que tenía una gráfica increíble, para que le hiciera una camiseta. Vi que abajo, en el disco, venía una cita de Lovecraft y eso lo hizo todavía mejor. Era el año 1986, y ahí armé una banda que se llamaba Los Marrones, hacíamos temas onda los Ramones, que siempre me gustaron pila, los vi como ocho veces. Era una banda tipo AC/DC pero todo tocado rápido onda Ramones. Éramos espantosos. En el (liceo) Dámaso conocí a Daniel Benia (bajista de Peyote Asesino), a Federico Sanguinetti (guitarrista de Chopper) y a Pablo Mariani (de Shock). Yo tenía otra banda en la que tocaba el bajo y un día en la escalinata del liceo me dice Fede: “Te tenés que probar en Chopper. Vos con el bajo no vas a ningún lado, batería nunca vas a aprender ni te vas a comprar una, y con la guitarra no tenés mano. Así que vení a un ensayo de Chopper y te probás de cantante. Tarareá lo que quieras que toquemos a pero no toques nada” (risas). Y salió todo bien. A la semana me dijeron: “Vas a debutar abriendo el show de Iron Maiden en AFE”. Con esa presión entré en esto de la música.

— ¿Cómo era tu vida en ese momento, más allá de la música?

—Bueno, en ese tiempo tenía problemas con el alcohol, era insoportable, y mi madre me echó de casa. Y me encontré viviendo solo, ensayando con una banda de metal, pintando camisetas y vendiendo papel higiénico en una esquina. Y ahí llegó, justo en ese momento, una propuesta de Alfonso Carbone de grabar un disco.

—¿Cómo te llevás con la técnica? Pregunto pensando que el metal es muy exigente con la técnica para poder hacerlo bien.

—Sin técnica no podés, necesitás tiempo, necesitás melodía, precisión. Hay un montón de cosas que si no las clavás en el ángulo, quedás horrible. A mí me pasó que me encontré con un loco como el Peruano (Luis D’Ángelo), un loco de dos metros, con el pelo a lo Harris (Steve, bajista y principal compositor de Iron Maiden), que toca el bajo perfecto y fuertísimo. Era intimidante. Eso me obligó a ponerme a estudiar para poder cantar como tenía que cantar. Igual jamás me quedé con lo más cómodo, me obligué a cantar cosas que me costaban, que me exigían. Si bien siempre supe que era medio carismático, desde chico siempre estaba en el medio, aunque fuera contando chistes. La otra parte, la técnica, me dio laburo.

—¿La música no era algo que te viniera de familia?

—Irónicamente, no. Aunque vengo de una familia de artistas, una mezcolanza medio rara. El hermano de mi abuelo era José Cuneo, pero no querían que yo pintara, y eso que a mí me encantaba. Cuando quise tomar clases, mi madre me dijo: “Ta, yo te lo pago porque no quiero que estés en la calle, pero no quiero que agarres para ahí”. Y es que yo a mi madre en algunos momentos, hace añares, le di vergüenza. Me veía venir con pantalones camuflados, que ahora se los calza cualquiera, todo tatuado, que ahora también se tatúa cualquiera. Ella me veía y cruzaba la vereda. Me habría gustado contar con el esponsoreo de mi familia en los asuntos artísticos pero no fue así.

— Uno supondría que sería distinto viniendo de una familia cercana al arte...

— Sí, y es que no era solo Cuneo; tuve un par de abuelos poetas, un bisabuelo que tomaba mate con Juana de Ibarbourou. A mí me pegó muy guacho la poesía uruguaya. También me pegó Quiroga. No siempre nos damos cuenta, pero el liceo nos deja un acervo cultural tremendo. Recuerdo haber leído a Machado y que se me impregnara de chico. Pero toda la vida me dijeron: “No”. Ojo, nadie me dijo “tenés que ser abogado”, solo me dijeron lo que no debía ser.

 Bueno, es un avance...

— Sí, eso fue lo bueno. Hay una canción de Rey Toro que dice: “Para saber se necesitan años”, y es verdad. Yo a los 30 le echaba mucho en cara a mi vieja todo eso. Y un día ella me estaba mirando en el Centenario, cuando abrimos para Guns N’ Roses, y me mandó un mensaje de texto: “Estoy muy orgullosa”. Eso me cambió la vida, al otro día le di el abrazo que nos faltaba. Y todas las disculpas que yo esperaba que vinieran de ella se las terminé dando yo. Porque la verdad, fui infumable (risas). Infumable de verdad, en vez de buscarle la vuelta y buscar aliados para avanzar por el lado del arte, me puse a la contra. Hacerse viejo es encarar los aprendizajes que te van llegando y sacar algo de ellos.

—Volviendo a Chopper. En el 89 sacan el disco. ¿Qué posibilidades tenían de desarrollar eso?

—Teníamos cercana la experiencia de Alvacast. No diría que seguimos sus pasos, pero sí que miramos cómo se movían ellos. Y decidimos seguir empujando acá, en vez de irnos como hicieron ellos. Veíamos que en Argentina se podía. Lo increíble de todo esto es que pensábamos que íbamos a poder vivir de la música.

—¿Por qué increíble?

— Porque es medio naíf. En el metal es muy complicada la cosa. Yo, por ejemplo, no vivo 100% de la música. En cualquier caso, eso fue algo que me preocupó hasta los 40. Después me di cuenta de que no quería vivir de la música sino para la música. Y eso fue liberador. Después de que tu vieja te manda ese mensaje, de que tenés tu banda, de que no vendiste caramelos, que te hiciste de abajo, que te ganaste uno a uno a los fanáticos, con mucho respeto por todos en el entorno del rock, yo me puedo llamar músico. No te puedo decir si esto es un do o un re, pero puedo hacer una canción y clavarla al ángulo porque me pongo a laburar como loco para eso. Tengo un grupo de gente que labura de verdad. Y lo que puedo decirle a un pibe que quiera hacer metal es que se lo tome en serio, porque esto no es cuestión de un verano, no es mover la patita en un cumpleaños de quince. A mí eso nadie me lo dijo, pero había en mi entorno un montón de músicos superserios de los que aprendí. Estoy hablando de Luz Roja, de Cross, de Zero, que me encantaban, Pero en esa época no podían tocar con los metaleros.

— Los noventa son un momento de auge de Chopper, que de pronto conecta con cosas que estaban ocurriendo de manera más masiva en otros lados.

—Sí, es una cosa que empieza en Estados Unidos, que pasa por España y Barón Rojo, Obús y todas esas bandas de un metal de acá, tipo Hermética y Horcas. Todo eso nos abrió un espacio.

Y Sepultura.

— Y Sepultura, claro, que redefinió el metal en Latinoamérica. Con Sepultura hay un antes y un después. En ese contexto fuimos a Buenos Aires. Armamos un plan, laburando con bandas de allá, a puro pulmón. Y nos encontramos un día abriendo para Barón Rojo en Cemento. Un montón de cosas alucinantes en poco tiempo y ahí grabamos Sangrando y luego para una ensalada de V8, que nos puso en el mapa en Argentina. En ese momento volví a Uruguay, me di cuenta de que no me gustaban los caminos que estábamos siguiendo, que no iban conmigo, y me bajé de Chopper. De inmediato arrancamos a laburar con una banda nueva que luego fue Rey Toro. Yo ya había visto a Norberto (Arriola, guitarrista de Sátrapa) y quería tocar con él. Me encantaba su sonido, su precisión. Después de tener otro bajista, llamamos a Enzo (Broglia) que también era de Sátrapa. Y en un cumpleaños mío en Perdidos, donde tirabas una bomba y matabas a todo el rock nacional, veo a Fernando Alfaro tocando con La Rosa Mosqueta, y era como que les había pasado Nirvana por arriba; era otra Rosa Mosqueta, ¡salado power trío! Y ahí dije “quiero ese batero”. Pepe Canedo me había dicho que no, porque estaba arrancando con La Vela. Y con esa formación seguimos veinte años después, sin vivir de la música pero viviendo para ella.

—¿Cómo recordás ese momento de la escena? Perdidos, La Petrolera, mil boliches chicos.

—Era brutal, era una escena mismo y creo que fue parte de una evolución. Quiero decir, si vos llenabas Perdidos, no era raro que unos años después llenaras una Trastienda. Hubo un crecimiento de público y eso lo logramos los músicos. A Chopper lo veían 300 personas, no más. Creo que toda esa escena, que parece tan chica hoy, fue la clave para que las bandas después crecieran. Para decirlo a lo bruto, sin Perdidos, sin esos lugares, no habría ocurrido que La Trampa hiciera cinco teatros de Verano muchos años después. Por eso digo que lo hicimos nosotros, los músicos orientales, convenciendo a los hinchas uno por uno. Eso no lo ganaron las empresas ni las marcas ni las intendencias. No fue Vidalín, fuimos nosotros.

—Al ser el metal un género no tan masivo, ¿no te da cierta libertad extra a la hora de hacer música?

—Por supuesto. No quiero vender churros; habría puesto una churrería. Entiendo que le quiero llegar a cierto tipo de gente, que no le voy a llegar a gente que quiere algo más depurado o más romántico o mas que sé yo. No me interesa para nada esa vorágine en la que tenés que rendirle cuentas a una docena de tipos por lo que hiciste o dejaste de hacer con tu música.

—Mencionaste la poesía como fuente de tus letras.

—Soy muy peliculero, las películas de terror son una gran fuente inspiración. Y por ende, Poe, y por ende, Lovecraft. Y al mismo tiempo me he perdido en Macondo. Me encanta leer, paso horas leyendo, nutriéndome de ese montón de experiencias que te da la literatura. Para mi generación, los libros fueron nuestra Internet.

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