No se admiten perros

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Nº2021 - al de Mayo de 2019
por Fernando Santullo

En estas columnas he insistido en un aspecto que no me parece menor en nuestra vida democrática: la distancia que puede y suele haber entre las agendas partidarias y las, por llamarlas de alguna manera, agendas ciudadanas. Y es que si bien es cierto que los partidos se constituyen como representantes de las distintas sensibilidades políticas que existen en la ciudadanía, su propia lógica de competición con otros partidos y su necesidad de preservarse, ya sea en el poder, ya sea en la oposición, muchas veces los coloca en una vereda distinta de aquello que la ciudadanía reclama. Esta es, de hecho, parte de la explicación de la alternancia de los partidos en el poder: cuando un partido deja de representar a una parte de su electorado, este migra en busca de opciones políticas que los representen de manera más adecuada.

Esta lógica de competencia y conquista del voto no es algo malo u objetable: es la lógica de las democracias representativas. Y en la medida en que los partidos sigan siendo representantes reales de esas sensibilidades reales, la cosa fluye. Eso sí, los partidos suelen acotar su horizonte al período electoral: como no sé si voy a ser gobierno dentro de 10 años, no me entretengo en proponer o pensar proyectos que sean de arco largo. Y ese es uno de los puntos ciegos en donde se pueden ver los desfajases entre partidos y ciudadanía. Porque el ciudadano sabe que él sí, muy seguramente, va a seguir siendo ciudadano de ese país dentro de 10 o 20 años. Y de la misma forma que él es capaz de (intentar) planear quécosas quiere estar haciendo dentro de 10 años o qué metas se plantea cumplir para entonces, no es muy loco que traslade ese mismo arco de planeamiento a los partidos en según qué asuntos.

Pero a los partidos suele interesarles mucho más la gestión o la promoción de lo inmediato. La gestión de aquello que puede definir su permanencia en el poder o la promoción de ideas que ayuden a su eventual salida de la oposición. Más aún, en muchos casos se interesan por la gestión o por proponer cosas que sin ser necesariamente relevantes para la ciudadanía, pueden generar un alto impacto en la retina del votante. Por poner un ejemplo: ofrecer miles de empleos como quien regala caramelos a la salida de un cumpleaños infantil. Por poner otro: hacer el saneamiento en barrios que no lo tienen, no compite con el impacto que genera la inauguración de una infraestructura que se presenta como la materialización de todos los sueños de la ciudadanía. Incluso cuando la ciudadanía no sabía que tenía esos sueños. Y es que si la demanda no existe, los partidos ya se encargarán de generarla.

El problema es que los países y sus ciudadanos no pueden acotar su expectativa al plazo de unas elecciones. No pueden porque hay procesos que son necesariamente más largos que ese ciclo electoral. No pueden porque las firmezas de un proyecto vital personal o familiar no se construyen casi nunca en cinco años. Y lo mismo puede decirse de las necesidades de un país: no se construye un sistema sanitario en cinco años, no se construye una seguridad social en ese plazo, no se construye una ética colectiva en ningún aspecto de la vida social en tan poco tiempo (y pienso acá en el tema de los desaparecidos y en cómo su instrumentalización por parte de los partidos ha contribuido a que casi 200 familias lleven décadas sin saber qué hizo el Estado con los suyos).

Es verdad, los partidos suelen pedir el voto para poder continuar la obra que comenzaron en un determinado período. Y lo hacen señalando que si los ciudadanos votan a otro, esas obras y esos logros se verán interrumpidos y entonces el votante perderá. Ahí es cuando salen los otros partidos, los que están en la oposición, recordando que ellos no piensan hacer nada de eso y que son quienes están en el poder quienes bla, bla, bla. Pura lógica de competencia electoral, esa que estamos viendo acelerarse en estos últimos tiempos. Una lógica que a medida que se hace más veloz, menos apego por los hechos parece tener.

Dos cosas entonces: el problema de que si votamos al otro, se termina lo que sea que venga ofreciendo el gobierno presente no resulta admisible en temas centrales para el país y el ciudadano. Es decir, la ciudadanía, sus derechos y obligaciones, su confianza en el sistema no pueden estar sujetos a los vaivenes del juego electoral. Es justo por eso, y no se ha insistido en esto lo suficiente, que las democracias consolidadas tienden a establecer pactos de Estado en estos temas clave. Salud, defensa, pensiones, políticas migratorias, etc. necesitan de una estabilidad que se establezca en pro del bienestar general, no de lo que sirva o deje de servir a un partido en una coyuntura. Eso es lo que hace, por ejemplo, Alemania cada vez que puede, generando una estabilidad que sus ciudadanos parecen agradecer. Y no, no es solo cuestión de dinero, es sobre todo tener mentalidad y responsabilidad de Estado.

Segunda cosa: los partidos entran en esa lógica electoral de promesas delirantes cuando eso no les implica un precio en votos. Por lo general, los partidos solo registran que la ciudadanía está en otra pantalla cuando esa ciudadanía les retira el voto. La lógica de competencia y de preservación (de la poltrona) en la que viven inmersos, puede ser más poderosa que su interés por la representación ciudadana. Para que eso ocurra, para que ese desinterés por la representación tenga un costo para los partidos, hace falta una ciudadanía que sea capaz de plantearse metas colectivas que vayan más allá de los próximos quince minutos. Y que sea capaz de estructurarse en torno a esas ideas más allá de los partidos y, desde las organizaciones de la sociedad civil, constituirse como grupos de presión sobre los partidos. Esa presión es difícil que exista cuando esas organizaciones civiles y sus dirigentes son poca cosa más que correa de transmisión entre partidos y sociedad. Gente que parece estar entrenando para cuando les llegue el momento de ser parte de lo que parecen considerar realmente serio: el juego que juegan los partidos.

En resumen, que los partidos nos representan pero no en todo ni todo el tiempo. Que por vivir inmersos en una lógica de competencia (con otros partidos) y de permanencia (en el poder), sus propuestas, sus prioridades en, por ejemplo, el gasto público y la inversión, no necesariamente representan la voluntad de la ciudadanía. O aquello para lo cual fueron votados. Y que los ciudadanos debemos recordar y señalar que estas distancias sean cada vez más visibles, si es que queremos ser verdaderos ciudadanos en una verdadera democracia.

Nuestra vida en común tiene demasiada relevancia como para dejarla, sin más, en manos de los partidos políticos. No les debemos fidelidad alguna a los partidos, son ellos quienes deben rendir cuenta objetiva de lo que han hecho, de lo que piensan hacer y cómo lo piensan hacer. Los partidos deben convencer al ciudadano de que votarlos es lo correcto, no reclamar su fidelidad perruna. Y es que en la idea de ciudadanía, no se admiten perros.

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