Foto: Nicolás Der Agopián

Jorge Añón: artista de máscaras y de personajes de un carnaval mítico

“Se nos está atrofiando el asombro”

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Nº2077 - al de 2020
Silvana Tanzi

 En el mundo de Jorge todo gira, se sacude o se mueve con un sonido de antiguos engranajes. Su altillo del Buceo, que es su taller y también parte de su casa, está repleto de herramientas, moldes de yeso, muñecos, máscaras y objetos que apenas llegan a distinguirse en los estantes más altos. En la penumbra, algunos bultos permanecen misteriosamente tapados con telas. Pero Jorge, que es una especie de mago y maestro de ceremonias, va levantando trapos y encendiendo pequeñas lámparas para mostrar sus creaciones. Mientras lo hace, cuenta anécdotas que deja sin terminar, comienza a hablar de su vida e intercala los recuerdos con citas de autores clásicos, hace bromas sobre sí mismo y muestra su enojo por el presente. “Desde acá encerrado veo un mundo que cada vez me gusta menos. ¿Quiénes son los que están garganteando ahora?”, se pregunta, y mueve sus manos como si fueran bocas que se abren y cierran.

Jorge Añón (Montevideo, 1954) es orfebre y desde muy joven comenzó a investigar distintas técnicas que lo llevaron a experimentar con texturas y formas, y a elaborar máscaras, muñecos, ornamentos e instalaciones de gran tamaño. Ha expuesto sus obras en ferias nacionales y del exterior. Ha hecho maquillajes en fiestas y representaciones teatrales. Trabajó para la Comedia Nacional, para la murga BCG, para obras de Finzi Pasca. Participó en videos de otros (La BCG no engorda, Mamá era punk) e hizo videos propios.

Durante 20 años tuvo una página web y por allí vendía sus máscaras hacia el mundo, y le iba muy bien. Se las compraban particulares, grupos teatrales, comercios. Pero desde hace unos meses, coincidiendo con la pandemia y el distanciamiento social, su página no funciona más. “Necesito alguien que me conecte con el mundo”, dice Jorge, mientras hace girar la pantalla de una lámpara que tiene en su interior caballos pintados. Con el movimiento, da la sensación de que los caballos corren. “Se nos está atrofiando el asombro”, agrega.

Cuando tenía 14 años conoció a alguien que le cambió su forma de ver el mundo y le enseñó sin enseñarle. Se llamaba Fidel, y no hay que esperar apellidos porque en el relato de Jorge es difícil precisar algunos datos. Lo importante es que con Fidel empezó a sentir atracción por las máscaras. “Era un reventado, un alcohólico, un homosexual. Todo lo contrario de lo que un padre querría para su hijo. Pero es como decía Borges, que a uno se le va la vida leyendo libros hasta que un libro lo empieza a leer a uno. Fidel me enseñó mil cosas, sobre todo los mecanismos del humor, con todas sus variables, el escepticismo, el sarcasmo. Como buen maestro, me enseñó a adorar y desear la profesión”.

El relato de Jorge se remonta a sus años de adolescente, a esa misma casa con altillo, en la que su madre turco-libanesa, que era medio brava, a veces le dejaba marcas de alguna paliza. “Con mi hermano el otro día nos estábamos acordando que eso no nos quemaba la cabeza”, dice. También en su recuerdo aparece el padre que tenía un boliche en Rivera y Soca, del que durante un tiempo se encargó. “Tengo la teoría de que Shakespeare tuvo que haber sido bolichero. No sabés lo que aprendés en la noche sobre la miseria humana”.

Cuando piensa en el barrio de su infancia y juventud, menciona una fábrica de envases de hojalata y tapitas de rosca que se llamaba Lostorto, cuya sirena marcaba el ritmo del vecindario. Ahora allí hay un hipermercado que es parte de ese mundo que Jorge analiza y después se distancia.

Un día a los 14 años estaba en la playa Honda al atardecer y se dio cuenta de que quería ser artesano. Desde entonces no paró de crear con sus manos y en forma autodidacta. “En ese momento fue una decisión de vida. Ni siquiera terminé el liceo y tengo enormes lagunas, pero también tengo esta cosa salvaje que me lleva a equivocarme, a putear y a sentirme vivo”.

A los 16 años integró un grupo de teatro en la Asociación Cristiana de Jóvenes, pero no se llevaba bien con los horarios de los ensayos ni con la disciplina del grupo. “Era un tipo muy competitivo. Tengo algo de Prometeo que entiende que no puede ir contra su destino, pero está en su destino ir contra él. Es la esencia de lo trágico”.

De la orfebrería surgieron las máscaras que durante mucho tiempo adornaron y fueron el distintivo de la librería Babilonia de Tristán Narvaja. Al mismo tiempo, traspasaban fronteras. En 1997, el escritor inglés Evan John Jones publicó un libro, Sacred Mask. Sacred Dance, sobre brujería y ocultismo, en el que aparecen muchas de sus máscaras.

Foto: Nicolás Der Agopián

El maquillaje y el desmadre

Con su novia Alina, que estudiaba en Bellas Artes, Jorge convivió en el altillo y mantuvo el taller. Juntos se fueron a buscar un destino como artesanos en España, pero no fue fácil porque tuvieron que competir con las piezas de otros, sobre todo de africanos que hacían trabajos en marfil. Después de vivir en Barcelona, se fueron a Ibiza en 1980. “Aún no había asumido Felipe González, estaban los coletazos del franquismo, pero empezaba el destape español, el desmadre. Yo estaba desbocado, era un potrillo de 22 años”, dice al recordar las turistas que conoció.

“Ahí me separé de Alina y empecé una vida… promiscua”, aclara y se ríe. Ahora mira hacia atrás y piensa en el personaje de Casanova sobre el que está trabajando. “Recién ahora aprendí a querer y respetar a la mujer desde otro punto de vista. Tengo el recuerdo de mujeres que me enseñaron a conectarme con ellas mediante el humor”.

También vivió en las Islas Canarias dentro de unas cuevas. “Eran cuevas, cuevas. Ahí dentro sentía la potencia infernal del océano”. En ese momento, comenzó con el maquillaje de rostros, pero antes estudió los músculos que marcan la gestualidad de la cara. En febrero se iba al carnaval de Santa Cruz de Tenerife a pintar rostros. Era 1982, año del estreno de Blade Runner, un golpe de suerte para Jorge porque se puso en auge el tipo de maquillaje que él hacía.

En 1985, cuando su madre enfermó, regresó al altillo de Buceo. En su periplo, trabajó en Space, la discoteca de Manantiales, también pintando rostros. “Entré con el maquillaje y las máscaras, algo que acá no estaba muy explorado. Era la locura de la locura. Iba el hijo de Menem y corría la merca por todos lados…”, y ahí queda sin terminar el relato.

La edad mítica

Jorge apaga la única lámpara que tiene encendida, y el altillo queda a oscuras. Entonces prende una vela detrás de un teatrito hecho por él y aparecen figuras de El lobo estepario. Las sombras se mueven y se proyectan. Es una función de magia.

Después enciende una reproducción a gran escala del envase del pulidor BAO que empieza a moverse. Entonces gira el conserje, la pelirroja de delantal, el cocinero, el hombre de negro, todos en una ronda que se reproduce una y otra vez. “Es la representación del infinito. Acá está el inconsciente colectivo de un país. El teatro mágico estaba dentro de las casas”, dice Jorge, mientras el envase gigante sigue hipnotizando.

Su mayor trabajo ahora es hacer lo que él llama un contracarnaval. Por eso está creando personajes para un carro alegórico. “El carnaval no puede ser oficial y mucho menos oficialista. Estos que están ahora son unos payasos repugnantes. No tengo problema en decirlo, será por eso que estoy sin trabajo, aunque no me gusta echarles la culpa a los demás. Es lo que pienso, siento y me molesta. Carnavales eran los de antes, pero no eran ni los tuyos ni los míos, sino los de esa edad ideal, mítica, la de la infancia perdida”.

Para Jorge, todos estamos idiotizados por las pantallas que se adueñaron de nuestras vidas, por eso está trabajando la alegoría, para zafar del plasma. “Recuerdo los carros alegóricos de mi infancia, con aquellos muñecos que tenían un lengue, lengue, que temblaban cuando el carro empezaba a rodar. Eran muy siniestros. Estoy trabajando una serie porque estamos en manos de magos hipnotizadores, de prestidigitadores. Las barajas ahora son las tarjetas de crédito que controlan toda la vida, con esto del coronavirus aún peor. Pero hay una sola posibilidad de enfrentar el miedo y el horror, y es con el arte”.

A medida que levanta trapos y telas, aparecen sus personajes míticos, que forman una escenografía atemorizante de la peste negra: una rata con la boca muy abierta a la que coronó con el símbolo del coronavirus, un médico lúgubre con pico de pájaro, un diablo que tiembla, con el lengue, lengue, cuando se mueve la tarima. “Por ahora es un teatro mágico, aún no sé qué haré con todo esto. Tuve la necesidad de volver a lo artesanal, a algo ingenuo. Yo propongo volver a regalarnos la fábula, a ejercer el legítimo derecho de descansar de nosotros mismos”.

En otra parte del altillo hay más sorpresas. Sobre una estantería descansan cantidad de moldes en yeso y parecen calaveras abandonadas en un cementerio. También aparecen personajes de Solari hechos en papel maché. Todos tienen algún movimiento de sus ojos, de su boca, de su cabeza.

Jorge levanta otra tela y muestra un bufón de sonrisa inquietante. “Hay un momento en que la locura empieza a dominar Europa durante la peste negra, que se llevó en tres años a más de la mitad de la población. La muerte bailaba ensoberbecida de poder, mientras Dios dejaba un enorme espacio vacío, y ese vacío lo ocupó la locura”. Jorge nombra obras que surgieron en ese momento, como Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam o La nave de los locos, de Sebastian Brant. “Foucault dice que cuando la muerte va a buscar al loco, lo que encuentra es un despojo. La cabeza se volvió vacía antes de volverse calavera, por eso la sonrisa vacía de este bufón”. Otra mueca macabra tiene un muñeco que sostiene un lingote de oro con ambas manos, en el que se refleja. Es la cara de la codicia que tiene una boca con demasiados dientes.

A Jorge no le gusta que le saquen fotos ni a él ni a sus criaturas. Considera que los fotógrafos son como cazadores, como forenses que llegan a la escena de un crimen comiendo chicle y sacando fotos sin pedir permiso. Por fin, después de un intercambio y un trato, acepta sacarse la foto, pero con una máscara.

“Es cierto que uno puede estar medio tocadito de cierta locura, pero ¿no estaremos enfermando de demasiada cordura?, ¿no estamos demasiado colgados de lo políticamente correcto?”, dice cuando el altillo y su teatro mágico vuelven a quedarse en la penumbra a la espera de la próxima función.

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