Pedro Dalton. Foto: Javier Calvelo/ adhocFotos

Con Pedro Dalton, de Buenos Muchachos, que se presenta jueves y viernes en La Trastienda

“Tengo ganas de estar despierto”

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Nº2012 - al de Marzo de 2019
entrevista de Fernando Santullo

Además de ser el carismático frontman de los Buenos Muchachos, una de las bandas con mayor prestigio artístico de la escena local, Pedro Dalton reparte sus días en un cúmulo de actividades artísticas y de comunicación. A pocos días de dos nuevos conciertos en La Trastienda ―a esta altura son artistas residentes de la sala—, Búsqueda charló con él sobre la creación, las influencias y el proceso de encontrar una voz propia en el dolor, la oscuridad y, cómo no, con el humor.

—Sos conocido por estar al frente de los Buenos Muchachos, pero al mismo tiempo tenés un montón de actividades artísticas. ¿Te definís como algo relacionado con esas actividades o no te interesan las definiciones?

—Yo me defino como un ser humano y nada más. Después, claro, hago cosas. Me gusta mucho dibujar, mi primer amor fue ese. La clásica de guacho de apartamento, era la forma de tener contacto conmigo mismo, más teniendo dos hermanos. Y luego la escritura se decantó cuando comencé a escribir letras. En un principio me interesó mucho la poesía, pero me costaba imaginarme un poema en una canción en español. Escuchaba a Tom Waits y a otros songwriters, y leía sus letras. Las encontraba fascinantes pero no lograba imaginar cómo trasladar eso al español. Entonces empecé a escribir libremente poesía y después empecé a meter eso en la banda.

—¿Qué diferencia hay entre un poema y una letra?

—Cuando hago música siempre está la música primero, siempre compongo sobre la música, que me da pie para meterle una melodía vocal. Y luego adapto las palabras a eso. Cuando escribo poesía, en cambio, escribo lo que se me canta. Encuentro mucha más libertad en la poesía. Pero al mismo tiempo, la clase de inspiración que me da la música para escribir no la tengo en la poesía. Al basarme en la música, las palabras se decantan solas. De eso me di cuenta cuando empecé con Chillan las Bestias, para la que escribía en Buenos Aires. Me sentaba en un bar y escribía. Después me di cuenta de que no necesitaba estar físicamente allá para escribir para Chillan.

—¿Por qué escribir estando en Buenos Aires?

—Bueno, fue algo que pensé, una especie de objetivo que me puse, razonado. Escribo muy desde adentro. Y en aquel momento escribía de afuera hacia adentro. Para escribir necesitaba una mesa, una copa de vino o un vaso de whisky, que fuera de noche, un contexto. Ahora ya no lo preciso. Me fui adaptando. Empecé a tomar café en los bares durante el día. Descubrí un contexto nuevo, que era la mañana. Empecé a trabajar en montones de cosas y ahora escribo en bares tomando café entre una cosa y otra.

—¿Por qué el bar es tan central?

—Y, porque yo era un bicho nocturno. Ahora no tanto. De hecho, ahora duermo poco, aunque no lo sufro. Me alcanza con lo que duermo. Tengo ganas de estar despierto. No sé si me di cuenta de que se viene la bajada, pero quiero estar despierto.

—¿De qué manera ser “guacho de apartamento” te condicionó a escribir lo que escribís?

—Bueno, vivir en un octavo piso en Bulevar España me hizo perderme de todo lo que pasaba en la calle, los amiguitos del barrio, las amiguitas del barrio. Como dice mi amigo Nico Barcia, tenía menos calle que Venecia. Pero al mismo tiempo eso me hizo viajar hacia adentro, necesitaba entretenerme sin la pelota ni la bolita. El contacto con otros guachos era en la escuela. Siempre fui sociable, pero en casa y teniendo dos hermanos, el momento que tenía para mí era cuando estaba dibujando o leyendo. Era muy fanático de la historieta, me tragaba todo lo de DC, que en aquella época era de Editorial Novaro.

—¿De qué año hablamos?

—Año 74 o 73. Yo era chiquito y ya había agarrado el lápiz entonces. Tenía un abuelo que vivía en el sexto piso y cuando mis padres salían, quedaban mis dos hermanos con mi abuela en el octavo y yo iba con mi abuelo al sexto. Era de esos tanos que se pasan cuatro horas haciendo un tuco, supermetódico. Dibujaba muy bien. Le pedía que me dibujara y él me decía que dibujara yo. Siempre tuve un mundo interior de mucha imaginación. Cuando éramos chicos íbamos a una estancia en Flores, me encantaba esa estancia. En el Volkswagen eran como siete horas de viaje. Iba del lado de la ventanilla mirando y mis padres se asombraban de que no hablaba en todo el viaje. Los atardeceres, el naranja de los atardeceres lo descubrí como a los seis años. Miraba bosques y veía ballenas. Me enroscaba en esa y no lo contaba, eran cosas para mí. Y ya entonces también estaba la música. Me gustaba cantar y escuchaba mucho la música que escuchaba la empleada que trabajaba en casa. Cantantes melódicos, Fernando de Maradiaga, Sabú, Leonardo Favio. La música siempre fue algo natural en mi casa.

Hablabas de la introspección y tu obra tiende a la oscuridad. ¿Lo introspectivo está asociado a las oscuridades del alma o no necesariamente?

—Bueno, yo no me pongo una temática para hablar. La música me sugiere cosas. Puede ser poesía abstracta o algo que me ha pasado varias veces en los discos, que es hablar de amigos. Gente que existe. Cuando escribo, trato de ver qué cosas me sugieren esos amigos. Cómo se comportan, qué hacen, qué dicen. Trato de captarles la esencia. Y después imagino cosas que les podría haber pasado y ahí sí, ya aparece una parte más de ficción, que tiene que ver con lo introspectivo. Hay canciones que salen de una sola tirada, por ejemplo, Lengua distorsión. Había caído con un par de ideas que no me servían y le pregunté a una amiga: “¿Para dónde te parece que lo lleve?”. Tenía por un lado una idea de unas cervezas en la rambla y, por otro, la rabia del momento. Mi amiga me dijo que mejor la rabia del momento, que además aún no había escrito de eso y salió de una sola toma. Pero en general corrijo mucho y encuentro después el argumento.

—¿Sos de cajonear ideas y dejarlas fermentar un tiempo?

—Sí, tengo cosas escritas por todos lados. En libretitas, cuadernos, que ni me acuerdo dónde están ni qué había escrito y cuando las encuentro, pienso: “Ah, mirá qué interesante esto”. Cuando la escribiste las conexiones eran otras. Me ha pasado de entender mis propias letras después: “Ah, mirá cómo esto se relaciona con esto otro y no me había dado cuenta”. He never wants to see you (once again) la escribí cuando se fue Álvaro Garrigós, nuestro bajista, miembro fundador de Buenos Muchachos. Fue muy pesado todo eso, y lo que pasó alrededor, entre los amigos. La escribí medio enojado con los que metieron la cuchara, los que vinieron a decirnos lo que teníamos que hacer con él. Esa era la idea. Pero cuatro años después o un poco más, me dejó una mina y dije: “¡Es igual!”. Es gracioso porque es una de las canciones más conocidas de Buenos Muchachos y se supone que habla de una cosa cuando en realidad podría hablar de otra.

Mas allá de que has construido un estilo propio, Waits aparece ahí como una referencia en los textos y en la cantada.

—Para mí, Tom Waits, desde que lo escuché en un programa de Gustavo Rey, unos temas del Rain Dogs allá por el 88, ha sido un referente. Además, soy amigo de Fernán Cisnero, que tenía la discografía completa de Waits en vinilo. Así que le pedí que me los prestara todos. Los escuché y los grabé todos. Yo era muy fanático de Nick Cave en ese momento. Y viste que Cave tiene una cosa muy oscura, muy bíblica, es muy pesado y cerrado con eso. Descubrí que Waits tenía una profundidad parecida, pero con un sentido del humor que Cave no tenía. En ese sentido, me pareció más uruguayo Waits que Cave.

En la música de Buenos Muchachos hay una cosa oscuramente humorística que no siempre es percibida…

(Risas) Sí, eso es verdad, nos pasa.

—¿Eso es resultado de influencias como la de Waits o es algo que la banda quiere poner en juego?

—Son resultados. Me pasó con Tom Waits que me prestaron un cancionero traducido y me sentí por un lado muy identificado y a la vez muy influenciado. Yo carecía de ese humor. Siempre fui no un tipo depresivo pero sí, muy sensible. No le encontraba humor al dolor. Siempre fui muy serio, eso para mí no era un juego. Hasta que conocí a Waits y me di cuenta de que está bueno reírse un poco de uno mismo. Un tipo que dice “el diablo no existe, es solo Dios cuando está borracho” es capaz de definir un montón de cosas y lo hace perfecto. Está jugando, no insulta a nadie. Me encantan esas frases increíbles como: “Te contaré todos mis secretos pero te mentiré sobre mi pasado”. Y a la vez me había enganchado con Bukowski, de quien había leído relatos pero no su poesía. Y su poesía me encantó. Hay un libro que para mí es fundamental para entender a Bukowski: Peleando a la contra. Son relatos y poesía autobiográficos increíbles. Uno que recuerda las inundaciones en Los Ángeles, cuando era niño, es de una sensibilidad suprema. Y yo lo había tenido siempre más bien por un borracho cabrón.

—¿En qué se distingue el Pedro Dalton de la música y el del dibujo?

—A diferencia de la música, dibujo estudié. Estuve siete años en el taller de Clever Lara. Siempre me interesó la figura humana. Y los dos últimos años en el taller se incorporó dibujar con modelo. Era una modelo femenina que iba los viernes. Y eso era lo que yo quería, dibujar el cuerpo humano para después hacer lo que se me ocurriera. Y en ocho meses avancé mucho más que en todos los años previos. Porque el modelo te permitía pasar el plano al volumen. No es lo mismo dibujar una persona que una foto de esa persona. Eso fue una marca muy grande. Con Lara descubrí el impacto del Renacimiento, empecé a apreciar esa pintura compleja, totalmente naturalista. Y cómo mechar eso con lo moderno, porque Clever nos mostraba también muchos artistas modernos. Fueron siete años muy intensos que me cambiaron la perspectiva por completo.

Para hacer arte, ¿es indispensable dominar una técnica?

—Yo creo que la técnica siempre ayuda. El cuerpo te lo pide. Me pasó cuando estábamos grabando Amanecer búho. (Los guitarristas) Marcelo (Fernández, su hermano) y el Topo (Gustavo Antuña), que estaban totalmente contaminados entre sí por lo que hacían en Ojos del Cielo, estaban pasando a un lugar en donde yo no estaba llegando. Estaban alcanzando una sofisticación armónica que me obligaba a, por ejemplo, cantar afinado. Tenía que meter una melodía entre dos arpegios complementarios y no sabía qué elegir. Y ahí me metí a trabajar con Fernando Ulivi los temas de ese disco. Y él me tiró piques como que en la cantada la actuación es tan importante como lo que estás diciendo. Es un gran loco que además escucha mucha música distinta. Me acuerdo de llegar a la casa y que estuviera escuchando System of a Down al palo y me decía: “Mirá cómo canta este hijo de puta”. Muy rápido llegamos a un lugar común. Fue lo que me pidió el cuerpo. En ese momento lo que precisaba era eso. Al haber desarrollado una personalidad previa, no tenía miedo de arruinarme y ser un cantante que es técnica y nada más. Sabía que eso ya no me iba a pasar.

—¿Y sentís que a partir de eso cambió algo en vos como cantante?

—Sí, yo además tenía el tema de que me excedía mucho con la bebida y me costaban un montón los shows. Tomaba para aguantar la toma y que entonces todas las cagadas que me mandaba estuvieran más o menos justificadas por estar en pedo. Muy de personaje. Le había dado más importancia al personaje que a la cantada y cuando corté con eso, hace dos años y medio, descubrí otro mundo. En eso ando.

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