Pepe Vázquez es Rudolph Meyer. Foto: Martín Pratto Burgos

Jorge Denevi dirige Solsticio de invierno

Todo duerme en derredor

4min
Nº2021 - al de Mayo de 2019
Javier Alfonso

Bettina (Valeria Ferreira) y Albert (Gustavo Antúnez), los dueños de casa, son intelectuales, universitarios, progresistas de izquierda. Ella es cineasta y él filósofo y escritor. Para celebrar la cena de Navidad, ella ha traído a su madre, Corinna (Ileana López), y esta a su vez ha invitado a un extraño personaje llamado Rudolf Meyer, que conoció en el tren que la llevó hasta ahí. Pepe Vázquez compone a este anciano agradable, simpático, culto, de suaves modales, de traje y corbata, que al principio desliza meras banalidades, de a poco suelta puntos de vista más controvertidos hasta que muestra, relucientes y bien afiladas, las garras del águila.

A sus 51 años, Roland Schimmelpfennig es uno de los autores y directores teatrales más reconocidos de Alemania, donde esta obra fue un éxito de público, así como también en Londres, París, Madrid y decenas de ciudades de Europa Y Estados Unidos. Aquí lo conocimos en 2008 cuando Gabriel Calderón y Martín Inthamoussú adaptaron en el teatro Stella la multitudinaria Antes/Después, un ejercicio teatral para 40 actores que interpretaban varios personajes cada uno. Escribió Solsticio de invierno en 2014 movilizado por el ascenso de la ultraderecha en Europa y construyó un personaje protagónico con una adecuada dosis de misterio y ambigüedad.

Sin dudas que cuando habla de su vida en Paraguay el viejo remite a criminales de guerra nazis que huyeron a Sudamérica como Josef Mengele. La referencia al nazismo se refuerza cuando atribuye deficiencias genéticas y raciales a enfermos y minusválidos, y ni que hablar cuando le brillan los ojitos ante la palabra “lucha”, y retruca: “¿Mi lucha?”. La situación se vuelve cada vez más insoportable para el dueño de casa, envuelto en una crisis de pánico que intenta mitigar mediante ansiolíticos. Pero los toma con vino, lo que complica las cosas y lo lleva a un estado de delirio. Cuanto más alterado y paralizado por el miedo está Albert, más radical se vuelve el discurso del viejo Rudolph, convertido escena tras escena en todo un abanderado del neofascismo y profeta de una nueva era de hegemonía germánica. De hecho, la pieza lleva el nombre de la fiesta pagana que se celebraba en Europa previo a la Navidad cristiana, que la doctrina nazi quería recuperar.

Sin embargo, el resto parece no apreciar la verdadera dimensión de lo que sucede: le celebran los chistes y no reaccionan ante los disparates que lo harían someterse a un tribunal de ser expresados en público. Incluso, un pintor amigo de la familia (Emilio Pigot), que llega avanzada la velada, también se convierte en adulador del dinosaurio. ¿Cómo es posible que aparezca un nazi tan descarado y que todos lo adulen y lo apoyen?, se pregunta el autor. Solo el trastornado ve lo que los demás no. ¿Se lo está inventando? ¿Es todo un delirio, producto de su intoxicación química? La confusión se instala en la escena para que el espectador no la tenga tan fácil y resuelva como pueda.

Schimmelpfennig exhibe las grietas que producen en la sociedad este tipo de irrupciones en el siglo XXI. Lo que para algunos es el mismísimo demonio en pantalón y camisa, para otros es un salvador que viene a poner orden en la anarquía y el libertinaje. Y además, la intelectualidad no sale nada bien parada de esta pieza, que ataca esa actitud del progresista promedio condescendiente con los discursos antitotalitarios pero que cuando las papas queman prefiere mirar para otro lado, evadirse o simplemente guardar silencio y aplaudir.

El texto se remite al tema estrictamente alemán y existe una fuerte tendencia allí donde la obra ha sido estrenada a limitar su implicancia al ascenso de la ultraderecha. Sin embargo, no es descabellado traducir esta escena de lobos con piel de cordero a varios continentes en los que totalitarismos de todo el espectro ideológico —no solo de derecha— se presentan en clave demócrata o populista y una vez al mando comienzan a mostrar los dientes.

La obra evidencia la influencia de Bertolt Brecht —remite a Arturo Ui— y pone en práctica su famoso distanciamiento al enmarcar la historia como un guion cinematográfico —bien podría ser la película que de todo esto hizo Bettina—, leído en escena por un narrador ajeno a la acción. Una interpretación sobria y convincente del veterano Till Silva, un actor de esporádicas apariciones en la escena actual (se lo vio hace poco como el enigmático pescador en la serie televisiva Todos detrás de Momo), pero que siempre está bien. En el rubro actoral sobresale Pepe Vázquez con una genial composición de este ser camaleónico que esconde demasiado detrás de esa sonrisita típica de político ante cámaras.

Jorge Denevi asegura que decidió hacer esta obra antes del ascenso de Bolsonaro en Brasil, pero que la obra habla también de la intelectualidad latinoamericana. Consultado por Búsqueda, respondió: “Es una interpelación directa a nuestra capacidad de reacción frente al nazismo, fascismo y otros ismos. ¿Sabremos reconocerlo? O nosotros, artistas ‘progresistas’ como los de la obra también seremos seducidos. Mejor dicho, lo somos. ¡Hoy!”

Solsticio de invierno, de Roland Schimmelpfenig. Dirección: Jorge Denevi. Teatro del Anglo, Sala William Shakespeare (San José 1426). Sábados, 21.30 h; domingos, 19.30. $ 450.

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