Lance Armstrong

ESPN estrenó Lance, un documental de cuatro horas sobre el ascenso y la caída del ciclista estadounidense Lance Armstrong tras su escándalo de dopaje y destierro del deporte

Un palo en la rueda de la verdad

5min
Nº2077 - al de 2020
Pablo Staricco

Los saltos impresionantes, las hundidas espectaculares y los tiros salvadores están ausentes en Lance. No es esa clase de documental. Tampoco hay un talento legendario, un compañero inspirador. Sí hay un protagonista de un carisma irrefutable y una confianza desmedida. Extraños efectos colaterales para un ídolo caído y al frente de una historia de competitividad, superación, victorias, mentiras y arrepentimiento. Son los capítulos de una vida resumida mediante herramientas narrativas familiares aunque efectivas.

Lance, sobre el ciclista estadounidense Lance Armstrong, fue concebido por ESPN como parte de 30 for 30, un ciclo de producciones documentales que popularizó al nicho deportivo del género. Uno de sus éxitos más celebrado fue la miniserie O.J.: Made in America, enfocada en el jugador de fútbol americano O. J. Simpson. Lance, una de las entregas más recientes de la serie, fue emitida en dos partes el 17 y 24 de junio en ESPN. En Uruguay ya se puede ver bajo demanda en la aplicación ESPN Play.

No es la primera vez que Armstrong, quien fue despojado de sus siete títulos como campeón del Tour de France y vetado de por vida del deporte, emprende un viaje público de introspección. El director Alex Gibney retrató su caída como deportista idolatrado en The Armstrong Lie y también se encuentra el documental, de tinte más biográfico, Stop at Nothing: The Lance Armstrong Story, así como la película de ficción The Program, de Stephen Frears. Más célebre que esos títulos es la entrevista exclusiva que Armstrong le dio a Oprah Winfrey en 2013.

En lugar de Winfrey, la encargada en 2020 de conversar y cuestionar a Armstrong y su entorno es la documentalista Marina Zenovich, quien ha dedicado parte de su carrera al retrato de hombres problemáticos. Dirigió dos documentales sobre la carrera y los escándalos del cineasta Roman Polanski, uno sobre el humorista Richard Pryor y otro sobre la vida y obra del comediante Robin Williams. A diferencia de esas investigaciones, Zenovich supo que en Lance tendría a disposición algo que no había obtenido hasta el momento: un protagonista dispuesto a responder cara a cara.

Zenovich y Armstrong mantuvieron ocho entrevistas entre marzo de 2018 y agosto de 2019. Según la directora, la película se concentraría originalmente en la demanda que el ciclista enfrentaba por parte del Servicio Postal de Estados Unidos, patrocinador de Armstrong y su equipo a partir del fin de la década de 1990. La demanda fue resuelta con una multa de US$ 5 millones, según se informa rápidamente en la película, pero otras preguntas que la directora tenía se mantuvieron: ¿Por qué se dopó?, ¿por qué mintió? ¿por qué hostigó a otros?

Las respuestas de Armstrong toman formas variadas a lo largo de Lance. Hay respuestas emotivas, resentidas, desviadas y hasta confesiones, como el hecho de que se dopó por primera vez a los 21 o su creencia en que el mismo dopaje pudo haberle causado el cáncer testicular por el que fue tratado con éxito en 1996. Y aunque el producto lleve su nombre y Armstrong domine en gran parte del relato, la narración también se enfoca en la mentalidad de grupo que involucra a la decena de invitados —excompañeros, periodistas, personal médico— que conforman el resto de los testimonios, en definitiva una historia que deja entrever los problemas de toda una organización.

Zenovich, quien se permite dejar su voz para hacer los cuestionamientos más directos dentro de las conversaciones con Armstrong, comienza por el tema esperado: el dopaje. Si bien la directora busca llamar la atención de primera al presentar su relato bajo una impronta más ligada al suspenso, no demora demasiado en abandonar la idea y seguir una ruta segura: la biografía de una estrella.

La vida de Armstrong puede dividirse en períodos claros que el documental sigue cronológicamente. Se ve al joven quinceañero de Texas que destacaba como participante profesional de triatlones. Le sigue la conversión con un ciclista empedernido, premiado y celebrado, no solo por su nivel de compromiso con el deporte, sino por su famosa lucha contra el cáncer, que lo convirtió en un fenómeno mundial. Por último se encuentran los momentos de la vida de Armstrong tras el escándalo, una vez que las acusaciones en su contra se hicieron más fuerte, y la situación actual, donde el ciclista se presta frecuentemente para la cámara y charlas motivacionales.

La directora parece intuir que puede adentrarse más en la vida personal del entrevistado en pos de entender mejor su visión como atleta profesional. Así es que se reconstruye una infancia con una madre adolescente y un padre adoptivo inclinado al maltrato físico. Se establece en el protagonista una búsqueda constante por la victoria, como la de un guerrero ansioso por nuevas batallas. Armstrong empieza a pedalear y el mundo pedalea detrás de él.

Con un material de entrevistas suficiente para convertir a Lance en otra miniserie, la directora se acomoda en el ritmo de una aventura de ficción con una premisa interesante, un medio problemático y una resolución a lo grande. Zenavich administra con gracia el tiempo y energía que le dedica al escándalo del dopaje. Es la clase de decisión que le permite a la película trascender su cometido. Gracias al trabajo de periodistas junto a exciclistas y compañeros de Armstrong, no solo se habla de los errores de los deportistas sino de las fallas fundacionales que hay en las organizaciones vinculadas al ciclismo, tanto de Europa como de Estados Unidos.

Mientras tanto, Armstrong no vacila frente a la cámara, como tampoco lo hace Michael Jordan en la serie El último baile. Se muestra confiado y hasta insulta y se ríe. Su fama como ciclista le permitió cosechar algún que otro fruto de la vida hollywoodense, y parece mostrar su versión más auténtica en los momentos cotidianos junto a su hijo adolescente, Luke.

Luke se anima a hablar frente a la cámara por primera vez. Explica, superficialmente, lo que significa ser el hijo de un campeón mundial. Luke Armstrong juega al fútbol americano y vive bajo un conflicto interior constante que desea deshacerse por completo. Se lo ve distraído, sin un rumbo claro más que el de sobrevivir a la secundaria y a un padre con mala fama, capaz de equivocarse al nombrar el número de camiseta de su hija en una charla motivacional con su equipo.

Por su parte, el ciclista Floyd Landis —uno de los primeros en hablar en contra de sus colegas y reconocer su uso del dopaje— permite que la película se adentre en los aspectos más oscuros de la fama internacional de Armstrong como deportista, una de la que Uruguay fue testigo cuando las pulseras concebidas por Nike aparecieron en los brazos de los jóvenes. Es que el atleta remodeló la forma de comunicar sobre el cáncer a través de su experiencia y su trabajo de filantropía. En el documental este legado es presentado como una faceta bondadosa del protagonista, capaz de contrarrestar sus infracciones. La enfermedad posicionó al deportista no solo como ejemplo de esperanza y perseverancia; también gracias a su regreso exitoso a las pistas como una megaestrella. Una que cayó y duro.

Mientras El último baile narraba la búsqueda de un campeonato capaz de asentar a una leyenda de una vez por todas, Lance muestra el costo que el anhelo por un destino similar tuvo en un hombre que no cambiaría sus decisiones, según él mismo lo dijo.

Lo seguro es que Armstrong no es ningún M.J. Su soberbia produce aquí un efecto diferente, como cuando la bicicleta pasa de la vereda a la calle. Afirmando que hoy duerme tranquilo, Armstrong se encuentra en pleno recorrido hacia una expiación cada vez mayor de la relación entre los ciclistas y el dopaje. En El último baile, el equipo por el que había que hinchar estaba claro: los Bulls de Chicago. Con Lance, el aliento va dirigido hacia un solo competidor, y controversial. Y eso, a veces, puede significar que todo se haga un poco más cuesta arriba. Incluso aunque la meta valga la pena.

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