Una invasión de langostas

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Nº2032 - al de Agosto de 2019
por Pau Delgado Iglesias

“Yo te devolveré los años que los enjambres de langostas devoraron, las rastreras langostas, las insaciables langostas”, rezaba de ojos cerrados un grupo de parlamentarios brasileros el 17 de abril de 2016, momentos antes de la votación del impeachment de Dilma Rousseff en la Cámara de Diputados. Las imágenes se pueden ver en el documental Al filo de la Democracia, de la directora Petra Costa, que se presenta este jueves 8 en Montevideo, en la Semana del Documental. Durante la votación, se ve a los parlamentarios argumentar a favor del juicio político contra Dilma en nombre de sus “hijos y esposa”, “de la tía Eurides que me crió cuando era niño”, del “pueblo de Dios”, de “los evangélicos de Brasil” y, en general, en nombre de sus familias, esas familias “auténticas” que “estos ladrones” intentan destruir “al proponer que los niños puedan cambiar de sexo y aprender de sexo en la escuela a los seis años”.

Cuesta creer que un juicio político contra la presidenta de un país se decida basado en este tipo de argumentos. De hecho, resultaría impensable que algo así funcione como argumento político si no fuera ya sabido que desde hace algunos años las bancadas religiosas conservadoras de la región vienen usando estas estrategias en la arena política. Opuestas a cualquier avance relacionado a derechos de salud sexual y reproductiva (como el derecho al aborto, al matrimonio igualitario o a la identidad de género) ganan terreno esparciendo el miedo a la destrucción de las familias y a la “homosexualización” de los niños.

“Son una pequeña minoría y los vamos a pisar como langostas, como langostas, amén, como langostas, porque no son nada”, dice una señora en el documental Género bajo ataque, durante una movilización organizada en Perú por el grupo Con mis Hijos no te Metas, en contra de la educación sexual en las escuelas. La tergiversación de información y los discursos de odio están siempre presentes en la base de estos movimientos como estrategia clave para captar adeptos.

Mientras tanto, Uruguay parece mantenerse a salvo de la embestida conservadora global: el domingo pasado la ciudadanía demostró una vez más que “los derechos humanos no se plebiscitan”. Tan solo 9,9% de las personas habilitadas para votar se presentó en el prerreferéndum contra la Ley Integral para Personas Trans, una cifra apenas mayor a la que se obtuvo en 2013 en el prerreferéndum contra la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (en aquel momento fue 8,9%). En ambas ocasiones, la consulta fue promovida por un sector del Partido Nacional; en esta oportunidad, por el exprecandidato Carlos Iafigliola, de religión católica, y el diputado y pastor evangelista Álvaro Dastugue.

Probablemente, el hecho de estar en año electoral, sumado al fracaso rotundo de la instancia anterior, hizo que esta vez la mayoría de los políticos no se manifestara a favor de la votación –a diferencia del prerreferéndum de 2013 en el que los principales políticos votaron, desde Luis Lacalle Pou hasta Tabaré Vázquez, siendo Julio María Sanguinetti el único expresidente que no apoyaba la convocatoria. El debilitamiento que aquella instancia significó para quienes apoyaron la consulta popular fue notorio, y esta es quizás una de las razones por las que el cardenal de la Iglesia Católica Daniel Sturla prefirió en esta oportunidad no votar y declarar que le parecía mejor “buscar otros caminos para cambiar los artículos de la ley”.

Aunque se trata sin dudas de un porcentaje bajo, no está de más dimensionar a ese 9,9% que acudió el domingo a los circuitos de votación: 266.503 personas no es una cantidad despreciable, más aún si se considera que en su mayoría no votaron siguiendo la postura de sus líderes políticos (si se tiene en cuenta que a Iafigliola lo votaron 1.705 personas en las internas de junio, a Manini Ríos 49.485 y a la lista que integra Dastugue 1.508, hay más de 200.000 votos que parecen no pertenecer a priori a ningún sector político). En un análisis por departamento, se observa que aquellos que obtuvieron porcentajes más altos de apoyo fueron Rivera y Salto. Según el diputado Gerardo Amarilla (primer evangélico en llegar al Parlamento), en Rivera la cantidad de fieles evangélicos “duplica al promedio nacional”, mientras que en Salto “la influencia es más católica”.

Estos datos parecerían sugerir que existen sectores crecientes de la población en los que la religión ha comenzado a ocupar el espacio que antes ocupaba la política partidaria y los movimientos sociales; así es como lentamente las “langostas” empiezan a aparecer en la retórica política. Cuando el conservadurismo religioso se vuelve más fuerte que las iniciativas partidarias, se corre el riesgo de que suceda lo que sucedió en Brasil, un proceso en el que cada vez más gente desea el regreso de los militares al gobierno. Es verdad que Uruguay no es Brasil (ni Perú, ni Estados Unidos), pero no está de más recordar la importancia de trabajar sin descanso por mantener una democracia sana y un sistema partidario con la capacidad de llegar a la gente con argumentos sólidos y sin mentiras.

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