Columna: Nobleza obliga

Una pirámide en la tormenta

3min
Nº2023 - al de Junio de 2019
por Claudia Amengual

La pirámide del Louvre festeja su trigésimo aniversario y encuentra al museo en momentos de turbulencia. Su creador, el arquitecto chino Ieoh Ming Pei ―nacionalizado estadounidense― acaba de fallecer. Fueron ciento dos años de vida provechosa cuyo legado incluye, entre otros, el Museo y Biblioteca Presidencial John F. Kennedy en Boston, el Museo de Arte Islámico de Doha, el Museo Miho de Kioto y un edificio que los uruguayos conocemos bien, la Embajada de Estados Unidos en Montevideo. 

Con sus veinte metros de altura, sus treinta y cinco de lado y una superficie confeccionada con paneles de vidrio y perfiles de acero, la pirámide es un exquisito modelo de funcionalidad, ornamentación y líneas puras, no exento de audacia estética. Cuando Ieoh Ming Pei presentó su proyecto, levantó una oleada de controversia. Los más osados aprobaban el eclecticismo del arquitecto que se animaba a implantar la fragilidad acristalada de una estructura moderna en medio de un patio circundado por muros antiguos de indudable contundencia. Los detractores fundamentaban sus argumentos en el mismo aspecto que los defensores, pero concluían con una crítica feroz que consideraba la pirámide no solo un mamarracho, sino una profanación del patrimonio arquitectónico francés. 

A pesar de la oposición, el proyecto prosperó. El 29 de marzo de 1989 ―año del  bicentenario de la Revolución francesa― el presidente François Mitterrand inauguró la pirámide y así dio inicio a una nueva etapa del museo. Como un diamante incrustado en el patio Napoleón, su transparencia parece una invitación a mirar hacia dentro. Bajo sus cristales se encuentra el vestíbulo, un espacio bañado por luz natural que se ha convertido en mucho más que un lugar de paso y en cuya belleza se anticipa la inefable aventura de visitar el museo. La pirámide mayor, núcleo de un conjunto de construcciones más pequeñas, podrá gustar más o menos, pero no admite la indiferencia. 

Amanecimos el lunes de la pasada semana con la noticia de que el museo cerraría por un día sus puertas como medida de protesta ante la falta de personal, lo que vuelve imposible atender la masiva concurrencia. Según informa El País de Madrid, el museo superó los diez millones de visitantes en 2018, un veinticinco por ciento más que el año anterior. Bajo el título El Louvre se asfixia, los funcionarios han redactado un comunicado en el que expresan su malestar y su impotencia. Reclaman un aumento en la contratación de vigilantes y denuncian “un deterioro sin precedentes de las condiciones de visita y de trabajo”. El artículo también da cuenta de que se llevan invertidos sesenta millones de euros en los últimos cinco años. La cifra impacta por lo enorme, pero aun así, parece ser insuficiente. 

Además de las disculpas, el museo ofrece devolver el dinero a quienes hubieran comprado su entrada con antelación. Un gesto correcto, aunque ineficaz para aplacar la frustración del turista que solo contaba con un día para la visita y debe abandonar París sin haber ingresado a uno de sus más significativos monumentos. Quien haya entrado a la página oficial del museo el pasado 27 de mayo, habrá recibido la advertencia de que, debido a una asamblea general del equipo de Recepción y Seguridad, el museo no abriría sus puertas hasta el miércoles siguiente y que se recomendaba tener la precaución de comprar la entrada en línea para evitar aglomeraciones en la taquilla. 

A tanta distancia es difícil juzgar el asunto y, aunque sea doloroso imaginar cerrado el museo, las reivindicaciones parecen razonables. Si, como dicen los funcionarios, el flujo de visitantes es tal que todos los esfuerzos resultan exiguos, habrá que tomar medidas no solo para mejorar las condiciones laborales, sino para asegurar que la experiencia del visitante sea plena. 

En cualquier caso, se me ocurre que es buena señal que estas contrariedades sucedan. Al fin de cuentas, el reclamo de los funcionarios nace de un hecho positivo, es decir, una afluencia de público creciente. Esta avidez por acercarse al arte parece ir a contracorriente del ritmo vertiginoso y del utilitarismo materialista de estos tiempos. Es cierto que algunos pasan por el Louvre por puro esnobismo y el Louvre no pasa por ellos, pero incluso desde la frivolidad o la aparente inercia, el espíritu se enriquece y algo queda. Hay esperanza si las personas nos resistimos al embrutecimiento y buscamos un espacio de belleza. 

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.